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jueves, 7 de enero de 2016

Vuelta

 

 Cuatro meses y casi dos semanas. Parece más tiempo.

Reviso las entradas de 2015. Y sí, puedo verlo.

No sé si este blog continuará, se transformará o se cerrará para siempre. No sé ni lo que voy a escribir mientras escribo estas líneas.

Leo tiene ya 5 años. Nora cumple 3 en una semana. 

Él ya es mayor, un niño pequeño mayor. Ya está almacenando sus primeros recuerdos, los que perdurarán en su cerebro toda su vida y adornarán la visión de su infancia. Da miedo. Ya recuerda, ya lee, ya entiende... Ya todo. Sus emociones se siguen agolpando dentro de él luchando por salir violentas y veloces, y nos llenan de gritos y de ira y de llantos y de caos. Aprender a aislar lo que eso nos provoca a nosotros como padres no es fácil. Mantener la calma y no dejarnos llevar, reconocernos delante del terremoto de cada día es duro. 

Ha habido momentos de duda y de miedo que hemos solventado de momento. Creo que sé lo que mi hijo necesita. Nuestro tiempo, nuestra atención, sentirse importante, felicidad a su alrededor, libertad y poder. Mucha atención, mucha libertad y mucho poder. Mucho espacio para soltar ese vendaval emocional que lleva consigo. Es un niño movido, sí. Movido e introvertido, nervioso e inseguro. Necesita correr y tiene todo el rato miedo de caerse. Supongo que no es fácil ser Leo. 

Está aprendiendo a frustrarse, poco a poco, poco a poco... Algunos tardan toda una vida. Él tiene tiempo aún de coger carrerilla y ponerse el primero. Y de dejar esas rabietas que nos vuelven locos a todos. Hay tiempo. 

Nora es Nora sin Leo y Nora con Leo. A su lado es otro terremoto, pelea, lucha por ser como él. Sin él juega con sus clics y sus muñecas durante largos ratos de tranquilidad. Nora chilla y quiere imponer su voluntad a cada momento, sus rabietas desesperan y siente la misma adicción por mamá que su hermano. Ella es bastante más sociable y calmada, aunque aún existe muy en base a Leo. Ella habla y se ríe con más... cómo decirlo... espontaneidad, ella es más clara, más sencilla, más transparente. Tiene menos sombras y matices.

Y entre luces y sombras (muchas, muchas sombras) hemos llegado al final del 2015, mi sexto año como madre, el más difícil. Creo que desde el 2010 cada año ha ido siendo más convulso, precipitado, complejo. 

Y no, no es por ellos. No. Es sobretodo por nosotros, por la senda que hemos escogido, por nuestra incapacidad de avanzar. Por resistirnos a disfrutar del paisaje. Por la culpa, la puta culpa y las falsas expectativas.

El 2016 no pinta bien. Es lo que hay.

Yo guardo la fé, tú encuentra el milagro. 


miércoles, 20 de mayo de 2015

La espada de la discordia (o La espada es lo de menos)



(Hace unas tres semanas, después del cole)

Tarde en el parque. A la sombra, en un banco, fuera del vallado donde están los columpios. Estoy con una madre de la clase de Leo, su hija y él corretean cerca, meriendan, remeriendan, se aburren un rato, se entretienen otro... Mientras, Nora muy cerquita de mamá, casi no pide ni columpios. Le da por comerse un poco de tierra, juega un poco con Leo, merienda (más bien picotea...).

Leo viene desde los columpios: -Mamá, quiero una espada.

Yo pienso: “¿una espada? A saber a qué viene esto ahora”. Se vuelve a los columpios y al poco rato Nora me pide ir al tobogán. Allí está Leo y su nuevo objeto de deseo: una espada de juguete que lleva un niño de su edad.

-Mamá, ¿me compras una espada?
-No, hijo, no puede ser.
-Jooooo mamá, ¿por qué?
-Porque no podemos comprar juguetes todo el rato.

Empieza el berrinche, el llanto, los gritos. El drama. El niño portador de la espada se acerca y le dice: “no te la voy a dejar. Cuando sea tu cumpleaños te pides una”.

En ese momento se oye un grito: “¿¿cómo?? ¡Muy mal, muy mal! ¡No le digas eso, encima de que no le dejas la espada!”.

Y aquí empieza el acoso y derribo hacia esa madre por parte de mi hijo, y esa madre se alía con mi hijo y contra el suyo propio, llegando incluso a quitarle la espada por la fuerza provocando una rabieta del pequeño, que lleno de furia ante tanta injusticia se la quita ipso facto de las manos a su madre. Leo lo observa todo impertérrito, él va a lo suyo, a su objetivo: la espada. Alucinada observo cómo esa madre y mi hijo se pasean por todo el parque detrás de ese niño, cómo hablan, confabulan, se hacen cómplices... No me meto, ellos sabrán. Pero la mujer empieza a discutir con un hombre con el que está y Leo está allí pegado a ella, apoyado en su bolso, y yo le llamo. No quiero que esté tan cerca en ese momento.

-Nos vamos a ir.
-¡No!
-Sí, Leo, es tarde ya y me quiero ir a casa. En cuanto Nora baje del tobogán.
-Yo quiero la espada.
-Leo, no te la va a dejar
-¡¿Por qué?!
-Porque no quiere, y nosotros nos vamos.
-Vaaale.

Para nada me creo ese vale. En todo este rato me ha soltado varios gritos, cada vez que yo le negaba la compra de una espada o le decía que nos íbamos a ir. 

Respiro. -Nora, nos vamos a ir. 
-¡No!

Llevo desde las 4 en el parque con ellos, son las 7 casi y veo que empieza la “happy hour” por partida doble. Que me pille en casa, al menos. Después de varios avisos a Nora le digo a Leo (que sigue con la señora esa) que nos vamos ya y cojo a Nora del tobogán. Ella llora (muy fuerte) mientras Leo llora también porque nos vamos (muy fuerte). Una gran salida, por la puerta grande. A nosotros nos gusta así.

De camino a casa le convenzo para hacer una espada con cartón y palos de polo de madera. Aún tiene dos o tres mini berrinches porque cuando está así todo le parece mal y todo se le hace un mundo, pero le gusta la idea. Voy pensando cómo la vamos a hacer por el camino. Cuando llegamos la hacemos mientras Nora me ronda. Le doy a ella unas tijeras para que corte papel y se entretiene en su trona, hasta que veo que se está comiendo el papel. La bajo. Minutos después la subo para darle colores para que dibuje. De vez en cuando se va al estudio donde el papá la entretiene con los instrumentos musicales intentando que no los rompa. La espada está casi.

A Leo le encanta. Se pone a jugar con ella y a tocar con papá y Nora. Yo recojo.

Llega el baño. A regañadientes acceden, porque les dejamos jugar un poco con los cubitos. El momento de lavar el pelo es el peor. Nora está ya en las últimas. Según sale del baño en brazos de papá me empieza a llamar medio llorosa. Lleva así todo el día (¿o toda su vida?). La cojo. Se pone a jugar desnuda en mi regazo. Llega el momento. Hay que ponerle el pañal y el pijama. Da igual cómo lo hagamos, acaba cada noche en berrinche. Y así es hoy también. Llora desesperada, la visto a la fuerza, me cuesta, y ella hipa, diciendo “pishama no, quita el pishama”. Me duelen los oídos. Llora muy fuerte, berrea. Chilla. Está congestionada, alteradísima. Yo también, y el papá. Cansa convivir con una pequeña de dos años que llora y llora y además demanda 800 cosas diferentes en un intervalo de 15 minutos.

Llega la cena. Nora apenas come. Muchas veces es así. Bueno, no lo lucho, eso me da bastante igual. La bajo de la trona. A lavarse los dientes. Leo también. Y otra vez a llorar. Los dos. No quieren. Leo siempre se resiste, llora, protesta, hace huelga. Nora empieza con su “mamá, mamá” llorando y pidiendo brazos, sólo porque me he alejado dos pasos de ella. Yo me enfado, no puedo más, “¡¿pero qué pasa aquí?!, digo. ¡¡Basta ya de llorar!! Voy hacia el baño, el papá se cabrea porque Nora empieza a llamarme como si me hubiera volatilizado de repente, ya no puede con tanto mamá mamá y la coge, la lleva al baño también y empieza él a lavarle los dientes, mientras ella llora y llora reclamándome. Quiere que lo haga yo. Leo ha venido llorando también, se los lavo yo a él. Qué caos y qué dolor de oídos.

El papá dice que no hay cuento, que a la cama ya mismo. Me llevo a Nora a la cama llorando, Leo se va a la suya llorando, no hay besos, no hay buenas noches, no hay nada. Llantos. Los dos se duermen rapidísimo.

De todas formas es habitual que haya llantos al despedirnos de noche. Leo siempre quiere abrazarse con Nora y besarse para darse las buenas noches y ella siempre se niega, sólo le dice adiós y le tira un beso desde la puerta. Leo no lo soporta. Siempre llora.

Madre mía, y ni siquiera ha sido una mala tarde, ha habido ratos en los que han estado entretenidos, sobretodo Leo, que cada vez juega más a su bola y es más sociable.

Pero es que es llorar, y llorar, y llorar...y pedir, y pedir, y pedir... y reclamar a mamá, todo el rato... Y no, no todos los niños son iguales. PARA NADA. Y te pilla un día malo (que tú ni sabías que era malo) con una doble rabieta al cuadrado multiplicada por dos, y...

Que no, que yo no me creo que la gente tenga el tercer hijo después de tener dos como los míos. No me lo trago.

Feliz maternidad... ¿no? ;-)

PD.: Dos días después la espada no le interesaba lo más mínimo, es más, se niega a jugar con ella, dice que ya no le gusta. Esto le pasa muchísimo últimamente, se encapricha con algo hasta la extenuación y en cuanto lo consigue pierde todo su interés. Le estoy empezando a explicar que esto es así; cuando veo que sólo le interesa obtener algo y no ese algo se lo digo. Pero no creáis que se deja convencer... Supongo que aún es difícil de entender para él.

jueves, 30 de abril de 2015

Sin tregua


Leo ha cumplido 4 años y medio y a veces me parece que tiene 15. Puede que esto lo haya dicho en algún otro post. A las rabietas estoy acostumbrada (lo que no significa que las lleve bien), pero los insultos, malas contestaciones, muestras de desprecio, chulería... son algo relativamente nuevo (relativamente, tampoco os creáis...).

Hace unos días fui a bucarle al colegio. Él salió y se puso a jugar en el patio. Le llamé porque tenía que entrar a hablar con unas profesoras y mi hijo se hacía el sueco descaradamente, miraba impasible cómo su profe y yo le llamábamos: ¡LEEEEOO, VEEEN!

Miré a su profe y dije: “estamos en un plan... buf”. Su respuesta fue: “¿me lo dices o me lo cuentas? ¡Aquí también! Hace lo que quiere, cuando quiere...”

Leo siempre ha sido el niño perfecto en el cole. Bueno, tranquilo, obediente. Que no cambie, me decía su profe. Que menuda panda tengo.

Pues sí. Ha cambiado. En casa el cambio no es tan drástico, él siempre ha sido cañero. En el cole, su profe debe estar flipando. Al menos se lo toma bien. “En algún momento tenía que madurar”, dice. Sí, por desgracia madurar parece que es aprender a decir: “no quiero” con voz desafiante, aprender a pegar, querer ganar en todo, ser el más fuerte, enfadarse por todo, gruñir como un perro encerrado, negar por sistema, hacer de rabiar a su hermana constantemente... Qué bonito es crecer.

Y cuando la empatía aún está en pañales, ¿qué hacemos? Porque yo le digo una y mil veces que no hay que hacer daño a los demás, que hay que respetar a las personas, que me molesta que me conteste así, que si su hermana no quiere un abrazo en ese momento no hay que darlo a la fuerza...

Y creo que no hago nada más que sea productivo. Porque gritar y enfadarse creo que no vale... ¿no?

Se me ocurre también trabajar las emociones, con los cuentos por ejemplo, y con actividades a partir de ellos. Tengo ganas de leerle El monstruo de colores. Ha hecho un taller en el cole sobre ese cuento, lo conoce y trajo a casa la rueda de colores con las emociones escritas. Nuestro reto es verlo todo de color verde. ;-) Pero algunas veces él evita los cuentos donde se habla de rabia y enfado... El otro día en la biblioteca no quiso coger uno que se llama Cuando estoy enfadado y en cambio aceptó Cuando tengo miedo, de la misma colección.

Descrubrí un post de Madre primeriza que se llama ¿Quieres que tu hijo sea un cabrón? Es muy bueno y en los comentarios hay ideas, aunque como siempre, cada niño es un mundo y lo que hace mi hijo no es exactamente lo mismo que lo que hace la hija de Gessamí. Leo lo que hace es hablarnos de forma muy borde, con desprecio, con gritos, y además nos reta mucho. No me lavo los dientes, no recojo, si me dices que no tire más esto yo lo tiro mientras te miro y me río... Me apunto, eso sí, lo de las ideas de bombero y el libro de Cómo hablar para que los niños escuchen. Y cómo escuchar para que los niños hablen.

Una vez más, paciencia. A veces creo que podría no escribir nada más en el blog. Entrada 28: paciencia. Entrada 213: paciencia. Entrada 8.217: paciencia. 


Porque drogas no tenéis, ¿no? :-D

Pues eso, paciencia. ¡Feliz maternidad!

viernes, 27 de marzo de 2015

Autocorrección y reseteo



Resulta que llevo unos días currando. Por eso no escribo. Pero ya. Ya voy. Me queda una hora y media por delante antes de recoger a los niños, que están con los abuelos.

El tema estrella siguen siendo las rabietas. Para mí es evidente que Leo está en una racha mala. Llevamos semanas de rabietas muy fuertes, de mucho cansancio, de no saber qué hacer ante situaciones que nos superan a todos. Hemos caído en las amenazas, los castigos y los gritos, pa que no falte de na, y no, no funcionan, y hay que pararlo. Hay que parar y respirar.

Ayer sentí realmente ansiedad y un agujero en el estómago cuando Leo se puso a chillar y llorar en medio de una tienda. Y luego en la calle, cuando me lo llevé en volandas. Y luego en el coche. Pero al menos no le grité. Sólo le expliqué (al principio) por qué no podía permitir que hiciera lo que él quería hacer.

Antes de ayer tampoco grité, aunque sí lloré, de puritita impotencia al ver que tooooda esa paciencia que había puesto en práctica durante un buen rato no había servido de nada y Leo había acabado desobedeciéndome a mis espaldas, para venir a regodearse luego. Menos mal que salimos a la calle y se me pasó, y él hizo un rato de niño bueno para darme el gusto. ¡Y se lo agradecí, vaya si se lo agradecí! Y tan orgulloso que estaba él.

Así que tenemos:

-gritar no.
-amenazar no.
-castigar no (en nuestro caso al menos no sirve de nada a no ser que sean consecuencias muy muy lógicas y “facilitas”... y muchas veces ni con esas).

-mantener la calma sí.
-relativizar sí.
-no tomarse como algo personal sus malas contestaciones.
-dejar las normas claras desde el principio (anticiparse al conflicto).
-ceder a veces y no exigir tanto (creo que a veces se nos pira la pinza un poquito. Hay que repetir: “tiene sólo 4 años tiene sólo 4 años tiene sólo 4 años”).
-no entrar al trapo en las discusiones y no soltar “chapas”. Frases cortas, claras y amables.
-ser neutro. Estar calmado. No dejarse llevar emocionalmente.

Leo es duro, es de los muy duros... Y Nora... tiene dos años y el record mundial de “mamás” y “yo solita” dichos por hora. Además de un carácter y un genio dignos de su hermano (y no sé si de alguien más... ejem).

Y mi punto débil es pensar que esto no se le va a pasar, que seguirá así a los 15 años y será el típico niñato... gilipollas, para qué andarnos con rodeos. Mi mente vuela y convierto a mi hijo en un adolescente egoísta, nada empático, violento... Y me da miedo. Veo tanta ira en él, tanto que soltar... Al menos lo suelta, pero lleva ya tanto soltado y sigue teniendo tanto... Y es a la vez tan cariñoso, tan feliz...

A veces creo que no le damos suficiente poder, toma de decisiones, independencia.

Tiene sólo 4 años tiene sólo cuatro años tiene sólo 4 años.

¡Nosotros podemos!

¡Feliz maternidad!

miércoles, 4 de marzo de 2015

... y rabietas de mamá



Últimamente tengo muy poca paciencia en casa y bastante (¡no digo mucha porque nunca es suficiente!) fuera de ella. Leo y Nora se relajan en la calle, casi siempre... y sobretodo yo me relajo muchísimo. Pasamos dos horas fuera sin ningún problema y cinco minutos después de cruzar la puerta ya estamos todos gritando o llorando o regañando. 

Últimamente huyo al estudio... o al baño. Cualquier lugar es bueno. Necesito silencio, de repente los gritos y llantos de mis hijos me hacen mucho daño, daño físico en los oídos.

Leo está especialmente cruel (o yo especialmente sensible...). Se hace mayor, controla más el lenguaje, los registros, las frases hechas... Y ahora hay que enseñarle por qué no debe mostrar desprecio o humillarnos. Bueno, más bien enseñarle que algunas cosas son humillantes, porque su intención nunca es mala, habla su enfado, su rabieta, yo lo sé... pero a veces me afecta mucho y no sé mantener la calma (eso taaan difícil que es una de las claves para las rabietas).  ¡Me lo tomo como algo personal y subo de 0 a 100 en 2 segundos!

Ahora dice mucho eso de: ¡no voy a estar contigo nunca más! La verdad es que eso no me afecta, me parece casi tierno. Pero a veces es mucho más cañero. Hoy le he dicho que se quitara las playeras con cuidado, porque suponía que tenía arena. Pues se las ha quitado a lo loco y la arena ha volado por el salón. 

-Leo, jo, te he dicho que lo hicieras con cuidado...
-¡Pues así trabajas más!

Creo que es lo más fuerte que le he oído decir nunca. No sé de dónde viene, cómo se le ha ocurrido... En fin, supongo que él sabe que barremos la arena del suelo y que eso es trabajar, y ya. No hay más segundas intenciones en su frase, ¡pero vaya frase!

Le cuesta mucho obedecernos, está muy vago. Hoy le ha costado la vida lavarse las manos antes de comer. Al final lo ha hecho, después de llorar y llorar en el sofá diciendo que no quería, que cuánto trabajo. Al levantarse decía: ¡me voy a lavar las manos muy enfadado! Con cara de ogro y brazos cruzados... Me tengo que reir.

Pero debería hacerlo más. Yo, lo de reir. No puedo seguir así. A ver si escribirlo aquí me ayuda. Me cuesta mantener el buen humor, quizá él lo nota. Bueno, seguro que lo nota. Leo es muy sensible en esto. Como muchos niños. Es increíble cómo hacen suyos nuestros malos humos. ¡Y los multiplican por mil! Cuanto peor estás tú, peor "se portan" ellos.

Sé que no es excusa, pero es que dos niños con rabietas a la vez... ¡Uf! Cuando no es uno es el otro. Al final me pongo yo de mala leche, además los adultos lo vamos acumulando todo, hacemos bola, no como ellos que a los 10 minutos ya son plenamente felices otra vez.

Así que sí, tengo que aprender a controlar mis propias rabietas, las provocadas por mis terribles dos... ¡Mis terribles dos niños con rabietas! ;-)

Menos mal que hay buenos momentos, muchos, buenísmos, cada día. Y mamá también tiene sus ratos felices, de reir, de mirarles, de amarles. Menos mal que Leo a la salida del cole, de camino a casa me dice: mamá, ¿me cuentas por qué el sol sólo sale por el día? ¿Y por qué a veces se ve la luna aunque no sea de noche? ¿Y sabes que en el espacio flotamos? Es porque no hay gravedad (sí, el proyecto de este trimestre es sobre el espacio). Y menos mal que Nora es payasa como ella sola y baila y canta canciones, y habla con lengua de trapo y dice: ¡qué rico el Dorito! :-D 

Feliz maternidad.

sábado, 28 de febrero de 2015

Rabietas


Ya he contado en más de una ocasión que durante la primera rabieta de Leo acabé llorando. Estaba tan desconcertada, asustada, preocupada al ver a mi hijo en ese estado... Me sentía absolutamente impotente por no poder ayudarle. Estuvo llorando mucho rato; muy fuerte, muy desesperado. Para mí estaba claro que sufría, y mucho. No quería que le habláramos, ni que le cogiéramos, pero tampoco que nos fuéramos. Al final conseguí calmarle con la teta.

El origen de la rabieta fue que se despertó de la siesta llorando, como casi siempre, y quiso que le volviéramos a dormir, paseándole en el carrito (siempre se echaba la siesta en el carro, igual que ahora su hermana). Al ver que no, que le cogíamos y le sacábamos de allí, se desencadenó todo. ¡Leo siempre ha tenido muy mala leche al despertar de la siesta!

Dicen que las rabietas van más o menos de los 2 a los 4 años. Si esto es verdad, con Leo nos queda poco ya. Tiene 4 años y 4 meses y sigue teniendo algunas, aunque ni tan fuertes ni tan largas como antes. Él empezó antes de los dos años. Revisando entradas antiguas he encontrado esto (aquí el enlace):

El domingo tuvo una fortísima de unos 40 minutos. Qué mal lo pasa él y qué mal nosotros. Pierde totalmente el control, entra en bucle, no sabe ni lo que quiere, te mira y te llama como pidiendo ayuda pero no soporta que le toques... Grita, tose, se ahoga, es como quisiera expulsar algo que tuviera muy dentro y muy pegado en el interior de su cuerpo... El desencadenante es lo de menos, a los 10 minutos ya ni se acuerda; pide algo, tú se lo das pero él reacciona como si le quemaran vivo... Y así una y otra vez... Hasta que de repente pide otra cosa (brazos, teta, que le pongas dibujos...). Lo haces, y... milagro, la rabieta termina de repente tal como empezó.

Quiero escribir un post sobre ellas porque realmente creo que vivirlas es muy duro, al menos lo está siendo para mí. Y creo que hay algo de confusión entre rabietas y "simples" berrinches. Leo es cabezón como él solo, y berrinches, enfados, o como lo llame cada una, tiene mil y más cada día... Pero las rabietas son otra cosa. De lo que yo hablo es de algo que desde luego no tiene nada que ver con llorar para conseguir algo que quiere.

Efectivamente, en el caso de Leo las rabietas son una auténtica pérdida de control, una especie de crisis de histeria o ansiedad. Hoy en día, cuando tiene una, incluso te dice: ¡¡¡es que no puedo, mamá, no puedo calmarme, no puedo dejar de llorar!!! Y da saltos y agita los brazos mientras dice (sin dejar de llorar): ¡¡¡ayyyy ayayayay...ay!!!, con la cara desencajada.

Hace mucho encontré un articulito en un blog que guardé como un tesoro. Es éste, leed porque merece la pena. Cita a Aletha Soler para diferenciar tipos de rabietas:

1. El niño tiene una necesidad básica (hambre, sueño...).

2. El niño tiene información insuficiente o equivocada de la situación en la que nos encontramos: no entiende que tenemos que ir al médico y quiere jugar más en el parque, para él eso es lo importante (los niños son egocéntricos por naturaleza hasta los 3-4 años al menos, es una fase normal), no comprende por qué cogemos una caja de cereales en vez de otra...

3. El niño necesita descargar tensiones, miedos o frustraciones presentes o pasadas.

La autora del artículo dice que no encuentra situaciones recriminables en ninguno de los tres casos. Yo estoy de acuerdo. De hecho de cada una de las situaciones se puede aprender mucho.

Cuando Leo tenía dos años sus rabietas eran casi siempre del tipo 1 y algunas veces del tipo 2. Dos años después, las rabietas del tipo 1 y 2 han disminuído (que no desaparecido) y las del 3 han aumentado.

Leo podía estar una hora llorando porque no podía coger 5 cuentos a la vez para trasladarlos a otro sitio. No entendía por qué no podía. Sólo sabía que quería hacer eso. Era imposible explicárselo, esa explicación estaba fuera de su alcance, de su comprensión. Además sólo gritaba y gritaba, con lo cual no te podía oir.

Cuando empezó el colegio, descargaba tensiones por la tarde de mil maneras distintas, ¡se inventaba los berrinches y las rabietas, los sacaba de la nada! Siempre había una razón para liarla... Esto es más normal de lo que parece, muchos niños son "muy buenos” en el cole y por las tardes los padres alucinan recordando lo que les cuenta la profesora mientras ven cómo su hijo se tira al suelo poseído por el demonio.

Este artículo de Rosa Jové, Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite, es muy bueno también. Al principio todo este tema puede provocarte frustración, porque lees que realmente no hay nada que hacer para que tu hijo no tenga rabietas, lo único que puedes hacer es trabajar contigo misma para comprenderle a él y tomártelas tú de la mejor manera posible. Las rabietas son sanas, son expresiones de emociones, y si permitimos que un niño pequeño exprese sus emociones y no las perciba como algo negativo, aprenderá a ser empático, a ser asertivo, a ser sincero, a ser comunicativo. Podemos pensar que no es bueno ni sano expresar de esta forma las emociones, con gritos, pataletas, con rabia y llantos... pero esto lo sabemos los adultos, y lo sabemos simplemente porque hemos aprendido que hay otras formas de expresarse. Poco a poco los niños también iran aprendiendo a expresar las cosas de otra forma, pero es que en las primeras rabietas a veces no saben ni hablar, tenemos que tener paciencia. Con todo y con eso, muchos adultos parece que no han superado la etapa de las rabietas, habría que ver si les dejaron de pequeños expresarse con libertad y sin coacciones. ¡Sería interesantísimo poder hacer un estudio así!

Naomi Aldor habla también de esto en su libro Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos, ed. Medici. Un libro que te hace pensar mucho, altamente recomendable. Utiliza el concepto de validar las emociones. ¿Y qué es validar? Pues es magia. Sí, magia.

Validar es lo contrario a negar o minimizar los sentimientos del niño. Validar es decir “¿te has hecho daño, por eso lloras?” en vez de “no ha pasado nada, ¿a que no?”, cuando un niño se cae. La validación es escuchar al niño, ayudarle a verbalizar sus sentimientos aunque sea a través de tu voz. Permitir que se exprese y hacerle notar que le comprendes y que no está mal que se sienta como se siente.

Cuando Leo lloraba porque quería algo, o cuando llora Nora ahora, es increíble cómo se rompe la dinámica de la rabieta al decir “tú quieres ir al salón, ¿verdad? No quieres dormir y quieres ir a jugar al salón. Ya.” (por poneros en situación, 2 de la mañana, tercer despertar.... por ejemplo). Y esa frase la dices de verdad, con calma y mirando a tu hijo a los ojos. Sin dramas, sin elevar la voz.

Y el niño para de llorar. Abre mucho los ojos, te mira... y asiente. En su idioma te está diciendo: "¡¡¡Sí!!! ¡Me comprendes! ¡Me siento comprendido, sabes lo que me pasa!". Es la caña, de verdad, probadlo. No os saltéis ese paso, no vayáis directamente al “no podemos quedarnos aquí porque tenemos que...”. Decid primero “tú quieres quedarte aquí, ¿verdad? Ya, es que te lo estás pasando bien y te pone triste irte. Yo también quisiera quedarme”.

Una frase de Naomi Aldor sobre la validación es “cuando los niños perciben que pueden mostrarse como son, que pueden sentir lo que sienten y cuando se dan cuenta de que nos importa su punto de vista, suelen crear la solución a su propio problema, o hacer las paces con la realidad”.

La cuestión es que lo que importa es lo que siente el niño, no cómo lo expresa. 



Ahora sí, no esperéis milagros. A mí, después de validar, me salía el: “...pero nos tenemos que ir porque...” ¡Y ese “pero” lo jodía todo, jajaja! Pero como dice Naomi, la validación es su propio resultado. No es un método para controlar el comportamiento del niño. El resultado es que el niño se siente seguro sintiendo y expresando plenamente sus sentimientos. Y esto es, en todo caso, una inversión a futuro.

Al final, los truquitos son lo único a lo que podemos agarrarnos para pasar esta etapa sin perder toda nuestra dignidad. Algunos que a nosotros nos han servido (o que pienso que son acciones muy positivas) son:

-Evitar la rabieta. Éste lo dice mucho Rosa Jové, y es el más efectivo... Y el más difícil. La maniobra de distracción suele funcionar cuando son pequeños. No llevarles a sitios que les estresan o les excitan, no pasar por delante de una tienda de chuches si sabemos que van a pedir y que no les vamos a dar. En fin, este recurso yo creo que lo utilizamos todos a veces. Yo personalmente intento explotarlo al máximo, aunque hay que ser previsora y a mí no se me da muy bien.

-Darle poder y libertad en su vida. Sí, aunque sea un bebé. No mantenerle “atado” con normas y normas y normas... no imponer prohibiciones absurdas, dejarle elegir todo lo elegible. Puede parecer que así favorecemos las rabietas y no al contrario, pero si un niño se siente libre, se siente con poder... ¿para qué va a montar rabietas para conseguir las cosas? No tendrá necesidad de expresarse así. Esto no quiere decir que si crias así a tu hijo no tenga rabietas. Para mí la personalidad del niño es lo que más influye. Pero creo que criar hijos reprimidos no nos lleva a nada bueno, y en la medida de lo posible yo intento que no lo estén demasiado, teniendo en cuenta que tienen que cumplir a lo largo del día infinidad de normas.

-Permanecer a su lado sin agobiarle y respetar en la medida de lo posible sus necesidades. Algunos niños reclamarán brazos, pero en muchas ocasiones no quieren ni que les toques. Leo concretamente no quería que le tocáramos ni que le habláramos, pero sí que le miráramos, que le prestáramos atención. Él solía mirarnos fijamente mientras lloraba, como pidiéndonos ayuda o como si fuéramos su tabla de salvación en el océano, y si apartábamos la vista se ponía más histérico aún. Habrá gente que diga que hay que retirarles la atención, hacer como si no estuvieras fijándote... Bueno, yo pienso que hay que hacer lo que al niño le ayude, y no veo ningún problema en eso. Cuando Leo se ha hecho más mayor sí he probado a veces lo de “mira, Leo, yo estoy aquí, cuando dejes de llorar y gritar te ayudo, así no puedo hacer nada”, y me siento a leer una revista y ya. Pero es que de verdad que no puedo hacer nada más, no es teatro. Y él ya entiende lo que le digo, estoy hablando de los 3 años para adelante. En cualquier caso, si él reclama que yo esté a su lado, que le hable, yo lo intento, y digo intento porque a veces no se le entiende nada o con cada cosa que digo se cabrea más y tengo que retirarme un poco aunque le moleste. Como véis, depende mucho también de la situación concreta.

-Validar emociones. Como he explicado antes, es pura magia.

-No hablar demasiado. No es el momento de soltarle una chapa, y menos con tono enfadado. En todo caso después, aunque cuando son muy pequeños, dos añitos, por mi experiencia tampoco sirve de mucho pero bueno, no está de más hacerlo. Eso sí, no esperes que te haga caso. Parece una tontería pero no, no puedes pretender eso, quizá cuando lleves 800 millones de veces repitiendo lo mismo, lo asimilará, coincidiendo con el momento exacto en el que se supone que lo asimilan todos, para dejarte con la duda de por vida de si gastaste toda esa saliva en vano. Cuando ya son más mayores, como Leo ahora, pues ya sí se pueden explicar más cosas, claro. E incluso yo “me meto” en medio de la rabieta para intentar cortarla, hablándole, pidiéndole que se calme...

-Ofrecerle alternativas si es posible. Aquí de nuevo habrá mucha gente que diga que eso es malcriar, dejar que él gane... Pero cuando te liberas de toda esa carga heredada te das cuenta de que aquí no hay ganadores y perdedores, y de que el miedo no nos lleva a ningún sitio. No veo peligro en decirle a mi hijo que no se preocupe o que no se enfade porque no podemos sacar las témperas ahora, que si quiere podemos hacer otra cosa que yo sepa que le gusta y que es más factible en ese momento. Aunque él esté berreando y chillando. Si no penalizamos automáticamente esta expresión de sentimientos, veremos que como padres podemos hacer muchas más cosas por nuestros hijos y que podemos ser un poco más felices todos. Eso no quita para que poco a poco le vayamos inculcando que también nos podemos expresar sin gritos y llantos, incluso aunque estemos enfadados. Y digo también, no “en vez de”. A veces no es malo gritar, y mucho menos llorar. Yo suelo decir que me molestan los gritos, que me hacen pupa en los oidos y que por eso todos tenemos que intentar no gritar, para no hacernos daño los unos a los otros.

-Cuentos sobre emociones y hablar sobre emociones. Si un niño sabe lo que es estar enfadado, triste, nervioso, con miedo... aprenderá a reconocer esas emociones, las comprenderá y tendrá más recursos ante sus propias frustraciones y enfados. Además, cuando controle el lenguaje podrá decir cómo se siente.

-Relativizar. Desde que soy madre, este verbo es un mantra. Sobre todo desde que soy madre de dos. Nada es tan grave, no hay consecuencias fatales, todo pasa.

-Sentarse y no hacer nada mientras no pierdes la calma. ¡Éste es el mejor, jajaja! El estado zen es el objetivo final. ;-) No perder tú la calma, no explotar porque, con perdón, entonces la has cagado (yo la cago continuamente, ejem...). Además los niños perciben nuestras tensiones y las reproducen en sus propias acciones. En otras palabras, cuando peor estás tú, más cabrón estará él! ;-) Hay que hacer borrón y cuenta nueva, poner el contador a cero, y vuelta a empezar.


En definitiva, de todo se aprende, y de las rabietas también, y mucho. Para mí la clave somos nosotros, los padres; cómo nos las tomemos. Sin miedos, sin sentimientos de culpa, sin rechazar la expresión de sentimientos de nuestro hijo y con infinita paciencia. Intentando cada día comprenderle mejor y ayudándole en su aprendizaje emocional. Ese aprendizaje emocional es uno de nuestros mayores retos ahora con Leo, creo que entramos en una nueva etapa que durará mucho... ¡y que promete ser apasionante! :-D

¡Feliz maternidad!

martes, 21 de octubre de 2014

Entre gritos y llantos



Así vivimos. Así padezco día tras día. Así me voy cabreando desde la mañana hasta la noche.

Leo está simplemente insoportable. No sé si será una crsis de celos o qué, pero yo no puedo más ya con sus berrinches. Grita como si fuera un cerdo desangrándose, patalea en el suelo y su mal humor llega a límites insospechados. No se le puede ni mirar a veces. Todo te lo dice enfadado y por todo llora y monta un drama.

Se frustra cada vez más fácilmente. Porque no le sale bien el número tres, porque Nora se acerca a su fila de coches, porque cuando me pide... qué se yo, cualquier cosa, le digo que no... No hay tiempo para explicaciones, automaticamente empieza a gritar: ¡¡pero mamá es que yo quiero...!! Por supuesto en cuanto le decimos (con una voz dulcísima) que no grite por favor, empieza la ya clásica performance de apretar puños, poner morritos, cara de ogro, gruñir como si la garganta se estuviera despellejando, ponerse rojo... y luego saltar, tirarse al suelo, darse la vuelta y empezar a correr gritando “NOOO”... Hay diferentes variantes, a cada cual más impactante.

La hora de la ducha y de lavarse los dientes es directamente para que algún vecino llame a la policía. Yo no puedo ni escucharle de lejos, lo hace todo su padre porque me pongo de tan mala ostia que se me ocurren cosas muy chungas.

Los retos son cada minuto. Me mira mientras tira la servilleta al suelo y pone cara de orgullo, por ejemplo. Por supuesto hace mucho ya que no recoge ni medio juguete sin bronca de por medio.

Ayer no recuerdo ya qué quería, pero acabó llorando histérico mientras nos suplicaba que le hiciéramos caso. Yo le digo que cuando deje de chillar y llorar le hago caso, que si no no le entiendo. ¡No puedo mamá, es que no puedo!, me responde chillando aún más. Al final se calmó y ya no volvió a insistir, cambió de tema como si nada. Pero el ejercicio de paciencia que hay que hacer mientras le dura la rabieta a mí me pasa factura, el no saltar, el mantener la calma, el no acabar gritándole tú también a él... Y encima en muchas ocasiones no lo consigo, qué desastre. De ésta me sale una úlcera, en serio, llevo días con dolor de estómago y creo que son nervios y tensión.

Me siento a construir con él, con las piezas de Lego (porque me lo pide) y le da por decir que no le sale... una casita, por ejemplo. Si le digo que no pasa nada, drama. Si le digo que vaya rollo, drama. Si no le digo nada, drama. Es inevitable. Siempre habrá algo que no le saldrá bien y entonces chillará y llorará y tirará las piezas, o romperá el papel en mil trozos si está pintando... Creo que hay que hacer algo con esa ira, creo que debería ayudarle, pero ¿cómo? No se deja. Incluso está empezando a pegarnos a veces, manotazos inofensivos, pero esa no es la cuestión sino el acto de pegar, claro ( cosa que ha empezado a hacer también Nora, por cierto).

Sé que estoy entrando en un círculo vicioso que no nos lleva a ningún sitio (bueno). Necesito romperlo. Con un buen descanso (esto es difícil de conseguir), haciendo algo diferente, poniendo el contador a cero... Respirando muy hondo.

Y como siempre, para añadir más estrés, la sombra de si estaremos pasando algo por alto, de si realmente hay algún problema que no sabemos detectar, esa corazonada mala que no me abandona del todo... Saber que Leo es tan sensible, tan “rígido” a veces, que le cuesta tanto ceder... me da miedo.

Además, se junta Nora, que está haciendo sus pinitos también con las rabietas. Es increíble pero nos va a pasar, nos vamos a juntar con los dos niños en época de rabietas. ¿¿Cómo nos lo montamos tan mal?? Nora además sólo llora y llora, es más pequeña, es más difícil hacerla entender... Y ahí está otra vez el miedo que me impide relajarme. Sé que las rabietas son sólo una fase, pero ella ve a Leo, siempre expresándose a gritos o con llantos, y no quiero que piense que eso es lo que hay que hacer, que es una forma válida de expresarse (¿o es que quizá sí lo es?). Por eso quizá soy más dura de lo que debería, o pierdo antes la paciencia, o me desespero más... Nora grita mucho también, y llora por todo, todo lo pide llorando, y yo ya no sé si es normal o es porque imita a Leo. Y tampoco sé si deberíamos “coartarla” tanto, si no deberíamos dejar que se expresara sin penalizar tanto su forma de hacerlo... Pero el problema es que estamos saturados ya de gritos y berrinches, llevamos dos años así y ahora son por partida doble.

El problema somos nosotros, no ellos. Qué complicado.

La mamitis de Nora crece y crece y a veces yo sólo quiero desaparecer. La de Leo está más controlada, pero está también especialmente mimoso. Hace unas pocas noches me pidió que le durmiera yo, se puso a llorar desconsolado porque quería que me quedara con él toda la noche (él duerme con papá y Nora conmigo). Probamos un par de veces a que el papá durmiera a Nora y yo así poder dormir a Leo, pero Nora lloraba llamándome... No podía ser. Leo se conformó pero ahora todas las noches voy y me tumbo con él un poquito y le cuento una historia. Me abraza mucho y me da muchos besos en esos momentos, casi con ansia.

Nora quiere teta a todas horas, tengo el mamá taladrado en el cerebro y me provoca hasta ansiedad, no hay manera de que esté tranquila con papá ¡e incluso con los abuelos me llama cada dos por tres! Lleva muchos meses yendo con ellos casi a diario, unas horitas por la mañana, y aún sigue llamándome de vez en cuando y hay que entretenerla corriendo. Sigue siendo una lapita y sé que seguirá siendo así mucho tiempo, yo ya no me hago ilusiones.

No tengo tiempo de pararme a pensar, ni tiempo ni fuerzas. Cuando sólo estaba Leo su padre y yo hablábamos sobre sus rabietas, sobre cómo enfrentarnos a ellas. Intentábamos entenderle, nos poníamos en su lugar. Yo leía libros, reflexionaba... Ahora siento que no hacemos nada, sólo sobrevivir a ellas, sólo somos autómatas esperando nuestro descanso y diciendo siempre las mismas frases... No me gusta. Pero los dos demandan y demandan y demandan a la vez... Es una locura.

Sólo espero que el nivel baje un poquito. Creía que habíamos pasado lo peor de ser padres de dos, pero Nora me tiene descolocadísima. Llevo fatal sus ya cercanos dos años... 

Ni imaginarlo quiero.

¡Feliz maternidad! ;-)


domingo, 7 de abril de 2013

Sobreviviendo al día a día

A ver cómo resumo.

Creo que hemos mejorado. Ha habido cambios en las últimas dos semanas. Hemos decidido que Leo se vaya con los abuelos lunes, miércoles y viernes de 10:30 a 14 h. Por las tardes, los martes y jueves, los otros abuelos le llevan a una pequeteca (él va desde hace mucho, pero antes le llevaba yo, hasta que mi embarazo me impidió tirarme por el suelo con él) y vienen a recogerlo antes para estar con él. En total de 17 a 20 h.

Esto nos da fuerzas, aire, podemos tomar carrerilla. Además yo puedo estar dedicándome a Nora con más calma.

Eso sí, a pesar de este nuevo horario... ¡no tengo tiempo de nada! Nora me reclama, reclama mis brazos, mi teta... y a mí me encanta, pero no puedo escribir en el blog. Eso es algo para lo que necesito tiempo y las dos manos.

Paralelamente a esto, he empezado a reducir tomas de teta (a Leo, se entiende). No podía más, no puedo negarme a mí misma que la agitación del amamantamiento que sentía en mi embarazo no ha desaparecido del todo. Además, Leo aumentó su demanda tanto que yo empezaba a estar muy agobiada. Y no es momento para esto. Así que la teta se ha reducido a después de la siesta, antes de irse a la cama por la noche, y en los despertares. Sorprendentemente no lo lleva demasiado mal, o eso quiero creer. Hubo unos pocos berrinches pero enseguida lo asumió. Aunque creo que se está cobrando esas tomas por las noches; se despiera más y pide mucha teta. Nuestras noches se merecen un post aparte, pero eso de “en mi cama somos 4” no se cumple... Más bien sería un “en mi cama me acuesto con unos y me despierto con otros”.

Ya veremos si realmente Leo lo está llevando bien. Claramente las noches tienen que evolucionar, porque útimamente acabamos enfadados él y yo a las tantas de la madrugada. Además noto que me afectan mucho los despertares, algo que nunca me había pasado (y llevo casi dos años y medio de despertares nocturnos). Me cabreo y creo que es porque ya no me apetece tanto darle teta a Leo, siento que es el momento de Nora aunque sé que es posible darles a los dos (de hecho es lo que hago). Mi niño debe estar notando esto, bastante bien se lo toma.

Por otro lado, y aunque sigue con sus increíbles rabietas (otro post pendiente), no le veo mal. Está rebelde, está “gamberro” y un poco malote, pero también se ríe, se divierte, es el de siempre. Además yo puedo dedicarme bastante a él, a veces el padre se queda un rato con Nora y yo me voy con Leo a la calle, o jugamos en casa... Nora lo pone fácil porque es muy tranquila y aguanta ratitos en la hamaca.

Cuando nosotros estamos bien él está bien. Si estamos mal, cansados, hastiados... él empeora y nos lo pone más difícil.

Y yo... yo soy feliz de ver a mi pequeña tan sonriente, haciendo tantos gorgoritos, tan plácida ella y tan bonita. Y soy feliz de ver a Leo reir, con su risa y con sus ojos. De verle con ganas de jugar con nosotros, de oírle hablar y descubrir a los otros niños.

Pero también estoy pasando un momento muy duro. Para nosotros, como padres, está siendo difícil, cada uno está pasando su puerperio particular, supongo. En mi caso, me siento bastante sola, sola en mis ideas sobre la crianza; empiezo a tener dudas sobre cosas que antes ni me planteaba. Siento decepción, nostalgia de un tiempo mejor. Siento lejanía, siento que estoy rodeada de un muro. Supongo que son sentimientos comunes, aunque no compartidos. Estamos tan centrados en lo que nos está pasando, en Leo y en resolver nuestro día a día, que no podemos ser nada más, no podemos hacer nada más... No hay nada más, excepto desencuentros, que es peor.

Esto nos hará más fuertes, lo sé. Y también nos cambiará. Yo siento más que nunca desde que nació Leo que he cambiado, que sigo cambiando.

Nunca imaginé que esta etapa sería tan dura, estos “terribles dos” de Leo nos están dejando sin nervios, sin paciencia y sin ideas. Sé que mi niño es muy especial y quiero creer que lo que le pasa es normal, aunque no muy habitual, pero a veces las fuerzas flaquean. Y hay temas como la teta y la guardería, por ejemplo, que empiezan a retumbar en mi cabeza como nunca antes, y hoy por hoy no tengo ningún cómplice, mi cómplice particular está intentando también sobrevivir al día a día sin caer en el hoyo y quizá está llegando a conclusiones diferentes a las mías.

Pero a pesar de todo le adoro, a mi cómplice, a mi amor. Porque me hace ver las cosas de otro modo, y porque simplemente estoy loca por él... aunque ahora no tenga tiempo de demostrárselo. Pero ya viviremos nuestra segunda adolescencia. ;-)

Hoy quiero poneros una foto de mi niño en la calle, feliz. He pasado un rato estupendo con él, y como ese rato hay muchos, muchísimos, y eso lo compensa todo.

Otro día una de Nora. :-)

Feliz maternidad. 


martes, 19 de marzo de 2013

Muy mal

Hoy Leo ha tenido una super rabieta. Llevaba dos horas y media durmiendo la siesta (no es lo habitual en él) y he decidido despertarle, porque por las noches le cuesta mucho dormirse. Normalmente ya no se echa siesta a no ser que madrugue más de la cuenta o esté malito... Hoy se daban las dos circunstancias. Ya está casi bien, sin fiebre, pero sigue con muchos mocos y lleva mucho tute de gripe a rastras.

Se ha pillado una buena. Quería que le durmiéramos otra vez. Se ha puesto histérico, gritando mucho, tanto que tose y se ahoga. Se le salen los ojos, pierde la mirada. Tensa las manos abriéndolas mucho mientras estira los brazos a la vez que grita, ese gesto es horrible, es como si dijera: ¡¡¡no puedo maaaaaaás!!!

No es la primera, ni la segunda... ni la décima rabieta. Es la enésima. Más o menos sabemos cómo reaccionar. Nada de tocarle sin su permiso, no hablarle demasiado ni darle muchas explicaciones, a veces directamente no hacer nada, sólo esperar... y si baja la intensidad intentar colarnos por ahí.

El papi ha conseguido que Leo aceptara que le cogiera en brazos. Aún así seguía chillando fuera de control, como si tuviera que echar mucha mierda fuera. Es muy duro verle así, tan desesperado.

Al final me ha pedido teta, así se ha calmado. 

Y yo he reaccionado fatal. He perdido los nervios y me he desahogado delante de él diciendo que yo quería un niño normal, que él no era normal (yo le hablaba al padre, pero estábamos los tres en el solón) y que no podía más, que a veces sólo tenía ganas de darle dos tortas, que quería que me lo cambiaran, que por qué a mí...

Más o menos eso. 

No lo escribo para fustigarme, no lo necesito. No voy de víctima. Pero necesito controlarme y esto me ayuda. Llevo una época muy mala, Leo es un niño complicado, especial, difícil... y el 2013 ha llegado lleno de retos a superar. Estoy en ello. Hoy me ha salido fatal, desde luego. 

Estamos todos peor de lo habitual, Leo ha estado malo, encerrado en casa, y está más rebelde que de costumbre. Yo necesito calle, sol, es urgente. Y creo que él también, necesita dejar de ver dibujos ya. 

Mi niño, a los pocos minutos ya era el de siempre y me sonreía y me hablaba como si nada.

Lo siento muchísimo. Soy humana y esto es muy dificil. Y hoy la he cagado. Qué mala racha llevo. Mañana será otro día. Mejor, seguro. Y lo vamos a conseguir. Saldremos del bache y del invierno en cualquier momento. Pronto. 

Te lo prometo.

martes, 23 de octubre de 2012

Llegando a las 27 semanas

Concretamente estoy de 26+5 (aunque quizá cuando publique sean ya 26+6). Tenía que terminar la historia de mis desgracias en cadena del post anterior, y allá voy:

El lunes de la semana pasada repetí la curva de tres horas, esta vez sin vomitar. Aguanté bastante bien. El jueves en la consulta del ginecólogo me llevé la agradable sorpresa de que estaba todo correcto... ¡¡No tengo diabetes gestacional!! Además, me dijo que en el tercer trimestre ya no tenía que hacerme la curva, simplemente me sacarán sangre para la analítica normal. ¡Estupendo! 

Para ser sinceras, me quedé un poco extrañada, porque la enfermera que me supervisó la curva en el hospital, a la que conozco bien porque me llevó mi DG con Leo (es enfermera de endocrinología), se despidío de mí diciéndome que ójala nos viéramos allí mismo en el tercer trimestre para la última curva, en vez de en la consulta de la endocrina. Me da a mí que el ginecólogo metió la pata, no sé... Peeero... ¡¡AAAAAH... se siente!!

Además, he terminado ya con los antibióticos para la infección de orina y me encuentro realmente mejor. Creo que estaba arrastrando una pedazo de infección desde hacía tiempo que era lo que me tenía tan cansadísima. Ahora me encuentro mucho mejor en ese aspecto. 

Y así, de repente, me planto con mis útimas citas del seguimiento de embarazo. Ya tengo pedidas la analítica del tercer trimestre y la visita posterior con el gine que incluye la última eco. Después, exudado, y después... ¡monitores en la 41! Eso me encanta, con Leo tuve ecografía "extra" más monitores en la semana 38, por culpa de la DG, y me citaron después para los segundos en la 40 (a los que no llegué, menos mal). No me gusta nada eso de los monitores, es incomodísimo, siempre tienes que esperar un montón, tanto antes de entrar como luego allí tumbada, y sinceramente, no creo que sirvan de mucho. Me parece estupendo no tenerlos hasta la semana 41.

Aparte de esto aún me quedan un par de visitas a la matrona, al menos, pero esas visitas me molestan menos.

De todas formas voy a pedir el traslado a otro hospital de mi Comunidad, del que he oído maravillas. En breve iré a una visita organizada por las matronas de allí y os contaré. Es el hopital público de Torrejón. 

Lo que no ha cambiado son las rabietas de Leo. El domingo tuvo una fortísima de unos 40 minutos. Qué mal lo pasa él y qué mal nosotros. Pierde totalmente el control, entra en bucle, no sabe ni lo que quiere, te mira y te llama como pidiendo ayuda pero no soporta que le toques... Grita, tose, se ahoga, es como quisiera expulsar algo que tuviera muy dentro y muy pegado en el interior de su cuerpo... El desencadenante es lo de menos, a los 10 minutos ya ni se acuerda; pide algo, tú se lo das pero él reacciona como si le quemaran vivo... Y así una y otra vez... Hasta que de repente pide otra cosa (brazos, teta, que le pongas dibujos...). Lo haces, y... milagro, la rabieta termina de repente tal como empezó.

Quiero escribir un post sobre ellas porque realmente creo que vivirlas es muy duro, al menos lo está siendo para mí. Y creo que hay algo de confusión entre rabietas y "simples" berrinches. Leo es cabezón como él solo, y berrinches, enfados, o como lo llame cada una, tiene mil y más cada día... Pero las rabietas son otra cosa. De lo que yo hablo es de algo que desde luego no tiene nada que ver con llorar para conseguir algo que quiere.

Al menos nuestras noches están siendo tranquilas, algo es algo.

Por cierto, el ginecólogo me mandó hierro y me lo he empezado a tomar. No soy muy partidaria de tomar suplementos vitamínicos en el embarazo así sin más, de hecho sólo estaba tomando yodo (el ácido fólico lo dejé al finalizar el primer trimestre), pero informándome un poquillo parece que realmente estoy en el límite de hemoglobina y también bajita de hematocrito, contando con que estoy embarazada, claro. Así que estoy con 80 mg. al día y si en el tercer trimestre veo que han subido los niveles lo dejaré, que parece que no es del todo inocuo tomarlo si no es realmente necesario.

Aquí lo dejo; mi querida niña sin nombre y yo os deseamos una buena semana. ;-)

viernes, 12 de octubre de 2012

Las desgracias nunca vienen solas

O eso dicen, ¿no? Ahora puedo sacar algo positivo de todo lo que me ha sucedido en las últimas 48 horas... aunque puedo sacar bastantes más cosas negativas.

El jueves a las 8 de la mañanba estaba en el hospital preparada para la tercera sobregarga de glucosa de mi vida. Pedí una vía, me la pusieron, me sacaron los 4 ó 5 botes de sangre correspondientes a la analítica del segundo trimestre, me bebí el brebaje dichoso y a esperar. La primera hora la pasé dignamente; un poco sobada, un poco molesta, pero bien. Me llamaron para sacarme sangre por segunda vez, esta vez "sólo" dos botes (¡dos botes para medir la glucosa en sangre! No lo entenderé nunca). Me volví a sentar y a los pocos minutos me empecé a encontrar mal. Le pedí a un chico que estaba a mi lado que avisara a las enfermeras y las vi acercarse mientras yo me mareaba y todo temblaba a mi alrededor. De repente desperté y vi que estaban a mi lado y me decían: "ya está, ya pasó". Había perdido el conocimiento (supongo que no más de un segundo o dos, pero soñé y todo, ya me ha pasado más veces) y había vomitado. En silla de ruedas me llevaron dentro de la sala de extracciones, me tomaron la tensión, me recostaron en un sillón y allí estuve un rato, con la ropa toda manchada y sintiéndome una auténtica mierda. Impotente, sola, enfadada... Hablé con la enfermera y le dije que quería esperar a mi vista con el ginecólogo para ver si podía comprobar mi azúcar de otra manera, pero ella me dijo que no, que las normas eran que había que intentarlo dos veces; si la segunda vez vomitaba también, entonces ya me derivaban al endocrino directamente. Genial. Me dijo que volviera el lunes. 

Llegué a casa derrotada, con mal cuerpo, triste, cansada... Mi padre se quedó con Leo mientras yo me daba una ducha. No pude comer nada. El resto de la mañana la pasé con Leo en el sofá viendo vídeos infantiles en el ordenador, hasta que mi chico salió de trabajar (¡pronto, menos mal!) y siguió ocupándose de él. Pude comer, con ganas, pero estaba cada vez peor, con dolor de cabeza, de barriga, me picaban los ojos... Hacía rato que me había puesto a tiritar de frío, me abrigué, me tapé con una manta y a las 15:30 me puse el termómetro. 39 de fiebre. Me asusté. Mientras tanto Leo se despertó de su siesta y no hubo manera de volver a dormirle, aunque él no paraba de llorar pidiendo que le durmiéramos. De locos.

Acabé en urgencias, me sacaron sangre (¡otra vez!) y me hicieron un cultivo de orina que salió positivo. ¡¡El médico de guardia me quería dejar ingresada!! Decía que era el protocolo en caso de infecciones de orina (¿os he dicho alguna vez hasta dónde estoy de los protocolos?), pero que como parecía que era leve, me mandaba antibióticos y a casa. Si no me llega a dejar irme creo que me hubiera puesto a llorar allí mismo.

La fiebre me había bajado (me tomé un paracetamol), pero estaba derrotada. Además en casa las cosas estaban mal. Leo y sus dos años nos superan por momentos y estamos en una mala racha. Mi chico no puede con todo, bastante tiene con cuidarme y ocuparse casi de todo en la casa y asumir sus propios problemas, que no son pocos, y yo precisamente ahora estoy más sensible que nunca... Mezclas explosivas, dañinas, que hacen muy difícil el día a día. Mucho estrés. Demasiado. Muchos llantos y gritos. También demasiados. Hicimos una pausa en todo y descansé el resto de la tarde. Leo estuvo con la abuela un rato. 

La noche acabó con una rabieta de mi hijo de las grandes. Supongo que él acusó también el día entero, también fue duro para él. Se despertó cuando yo me fui y no se volvió a dormir, y sólo hizo 40 minutos de siesta. Cuando salimos de la habitación, después de casi una hora de llantos, hicimos un poco de terapia de pareja que nos vino de perlas, pero eso también cansa... 

Mi querido compañero me dejó dormir hoy 12 horas como 12 soles. Me he levantado como nueva, pero él lo ha pagado con una gastroenteritis de caballo que le ha tenido en la cama desde que yo me he levantado (en la cama y en el baño). El pobre está fatal. Así que mañana todo es una sorpresa, yo me temo que volveré a mi estado habitual de cansancio (dependerá un poco de la noche que pase Leo), y ya veremos cómo amanece el papi. 

Sigo con mis dolores de regla, estoy mosqueada, pero ya le consultaré al gine la semana que viene. Mi nena sigue moviéndose contínuamente, no para. Tengo la tripa dura cada dos por tres. La espalda y el coxis fatal. Y el lunes... prefiero no pensar en el lunes porque me entran los siete males. Sé que voy a ir y me voy a someter a la prueba de nuevo (y uso la palabra "someter" de forma muy consciente), y sé que voy a ir jodida y muy descontenta conmigo misma por hacerlo. Pero es lo que hay, no tengo fuerzas para más luchas. Ya os contaré.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

22 semanas. Ambivalencia

Estar embarazada y tener un pequeño de 23 meses está siendo agotador para mí. Sobretodo teniendo en cuenta cómo es Leo. Leo es especial (como todos los niños, ¿verdad?), es muy sensible, es encantador y le adoro. Tiene la piel suave y estaría acariciándole y besándole todo el día (si se dejara). Corre, se ríe, le chifla jugar a la pelota, es inteligente, te escucha y te entiende (cuando quiere) y poquito a poco está dejando de ser un bebé. Es dulce y precioso. 

Y también, creo, muy muy demandante, cabezota como él solo, inconformista (por no decir un poco caprichoso) e incansable. 

Seguimos con las rabietas. Sigue tirando la comida al suelo continuamente. No acepta un no por respuesta nunca. Llora y llora, se queja, no se rinde, por todo, cada vez más fuerte... No es fácil distraerle, no es fácil calmarle. Muerde, araña, pega, y te dice que quiere hacerlo, sin estar enfadado necesariamente. 

Y a mí se me acaba la paciencia más a menudo que antes. Supongo que no es sólo el embarazo, supongo que es la etapa que nos toca vivir. Y me paso el día de mal humor, de buen humor; de mal humor, de buen humor. Y pienso que mi hijo es maravilloso y que además es comprensivo, y que realmente nos pone las cosas fáciles muchas veces, y pienso también que es insoportable y un coñazo y que no es normal lo que hace. 

Sé que sí lo es, sé que es normal, pero también sé (intuyo, al menos) que es de los "dificilillos". Tiene carácter, mal genio, es un niño introvertido, muy apegado a sus referentes más cercanos, no es el típico "bebé explorador", no habla mucho... y supongo que todo lo que lleva dentro tiene que salir de alguna forma fuera.

Yo cambio de ánimo 20 veces al día, y al final voy improvisando mientras mi pequeñaja se mueve dentro de mí y me recuerda que ella también existe. Y es como si no pudiera pensar en ella sin pensar también en su hermano. No puedo dedicarle mis pensamientos en exclusiva porque siempre pienso en ella en relación a Leo: cómo reaccionará cuando la vea, cómo llevará los celos, cómo me apañaré con los dos, qué hará él cuando me vea darle teta... Mi niña va a venir al mundo de la mano de su hermano mayor y siento que ni siquiera es una personita independiente, existe en relación a Leo.

Sé que esto cambiará cuando la vea, cuando por fin la tenga en mis brazos. Pero ahora es así como me siento. Es un embarazo tan diferente al primero que aún ni lo asimilo, me da la sensación de que se me escapa de entre mis manos sin haberlo tenido nunca. Es otra la que está embaraza, yo voy a tener una niña.

Me ayudaría que tuviera nombre ya. Estamos en ello. 

Luego están las hormonas, que definitivamente se han instalado del todo. Estoy sensible hasta la médula y supongo que en gran parte son ellas las que escriben esto. En fin. Soy inmensamente feliz cuando pienso en mis dos hijos y me dan ganas de llorar en cuanto asoman los "terribles dos" a la hora de la cena, del parque o de irse a dormir. 

Tampoco ayuda que sigo sintiéndome muy cansada. Mi niño me reclama todo el rato, no juega solo aún y tampoco se entretiene con cualquier cosa aunque esté yo con él. ¡Y no puedo seguir su ritmo! Para esto sí me siento embarazada... Mierda.

Y así vamos desde hace unas semanas. El padre haciendo lo que puede también, y animándonos y apoyándonos mutuamente.

Eso sí, cuando veo a mi pequeño reirse, sonreir, venir corriendo a abrazarme, divertirse, asombrarse, parlotear... En esos momentos me lo comería y sé que no cambiaría nada, nada de lo que nos está pasando desde hace más de dos años ya.

Seguiremos informando. ;-)

Por cierto, la hermanita está perfecta, la eco de las 20 semanas correcta y sin nada que destacar. Allí terminaron de confirmarnos que era una niña.

domingo, 26 de agosto de 2012

18 semanas y rabietas

Escribo sin saber aún qué voy a escribir. No estoy de muy buen humor ahora mismo. Estoy en la semana 18 de embarazo, concretamente en la 18+4. Ya noto a mi niña todas las noches cuando me acuesto en la cama, mi tripa sigue creciendo y mis molestias también. Tengo dolor de espalda, en las lumbares. También algo de ciática, o quizá sea dolor pélvico, no sé, me duele en los glúteos pero no en las piernas. Me duelen los muslos cuando me tumbo de lado y me duele la cadera por el lado izquirdo, lo noto de repente, como si se desencajara algo...

Los pinchazos en los glúteos creo que es lo peor, a veces me hace cojear o andar a cámara lenta. Son como latigazos. Con Leo me pasó, pero sólo en el tercer trimestre.

Para colmo, tengo algo en la rodilla derecha que me está matando. No tengo ni idea de qué es ni de si tiene que ver con el embarazo, pero me duele mucho, sobretodo cuando llevo sin articular la rodilla un ratito. Es un dolor bastante jodido justo debajo del hueso de la rodilla. Voy a llamar al médico porque son ya muchos días y me mosquea, hoy iba cojeando y no puedo subier escaleras con esa pierna, porque me duele mucho al cargar peso con ella. Imagináos el bien que me hace coger a Leo en brazos, pero es que lo reclama muchísimo y no acepta un no por respuesta.

Eso sin contar con los dolores de cabeza. Llevo unos días pasables, pero hasta hace poco, a diario me dolía y me retumbaba si me levantaba o agachaba.

Sigo sintiéndome "pesada", oxidada, como si fuera una viejecilla. Sé que tengo que moverme más y hacer ejercicio, pero este maldito calor me aplasta. A ver si en septiempre empiezo a tomármelo en serio, tengo muchas ganas de ir a nadar, sé que me va a hacer mucho bien.

Por otro lado Leo está con una rabieta detrás de otra. Digo rabieta, pero me temo que ni siquiera llega a eso, son "simples" berrinches (bueno, simples simples.... ¡¡Uf!!). Pero puede haber 20 en un día. Llora, grita, corre desesperado... por cualquier cosa. Si su padre le coge y le hace el avión 80 veces y él se descojona de risa, cuando su padre para, ya sin sentir los brazos... Rabieta. Si ve el móvil y pide ver vídeos por enésima vez y le digo que no... Rabieta. Si le digo que deje de tocar la tele 20 veces y al final le aparto para que no la tire al suelo... Rabieta. Rabieta cuando su padre le baña, de repente no lo soporta; rabieta por todo. ¡Por todo! Ah, y también nos pega. Nos pega, nos muerde, nos pellizca, nos tira del pelo...

Y eso nos agota a su padre y a mí. No podemos mantener la calma en tooodas esas ocasiones. Y al final siempre cae algún grito, alguna mala contestación que sobra, alguna discusión entre él y yo. Y vamos tirando, pero joder... Creo que no para aguantar durante meses así. Y esto es sólo el principio, supongo.

Yo estoy harta de reñir a Leo, de estar enfadada, de no poder disfrutar de él ni de mi pareja.

Esoy deseando que acabe el verano y el calor. Por primera vez en mi vida. A ver si el otoño nos trae cambios.