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miércoles, 1 de octubre de 2014

El colegio de Leo




Los comienzos

Mi hijo ha comenzado este septiembre segundo de infantil. El año pasado le costó mucho adaptarse. Es un niño tímido, no demasiado sociable, al menos aún, y cuando empezó el colegio no tenía los tres años cumplidos. Se empezaba a interesar por otros niños de su edad, pero muy de refilón, y ni de lejos jugaba con ellos sin que yo interviniera. Aún así duraba un par de minutos.

El colegio fue una bomba para él. Nunca había estado escolarizado, además es un niño muy apegado a nosotros y con muchos miedos. Nunca se negó a ir, creo que en el fondo tenía ganas, quería querer. Le habíamos hablado del cole de forma muy positiva y él ya decía en verano "el tole de Leo" cuando pasábamos por allí. Nunca se negó a ir pero en el momento de entrar rompía a llorar llamándome. Y yo me tenía que ir. El pobre no se resistía, entraba obediente mientras otros niños se agarraban a las piernas de sus padres con todas sus fuerzas. Le agradeceré siempre que él no hiciera eso. Pero una vez dentro, rompía a llorar. Y llorando se iba a colgar su abrigo. Cuando le recogía, a veces se alegraba mucho de verme y alguna otra vez me lo encontraba llorando de nuevo. Me consta que ha llorado dentro de clase a lo largo de la mañana, sobretodo las primeras semanas. Y aunque después dejara de llorar, estaba tenso, retraído, sin ni siquiera mirar a su profesora, sin aceptar su ayuda, diciendo todo el rato “mamá, mamá”. Sé que lo pasó muy mal. Su profe no nos lo ocultaba.

Por las tardes era un niño muy rebelde. Siempre lo ha sido, no fue una gran sorpresa, pero estaba claro que soltaba el estrés que en el colegio había acumulado. Además empezó a tener muchos terrores nocturnos, que no sabemos si tuvieron que ver con la escolarización, tenemos otras teorías, pero no sería raro que al menos en parte sí.

Poco a poco se fue soltando dentro de clase, empezó a coger confianza con su profesora, a aceptar y pedir ayuda. A relajarse. A participar en juegos con otros niños, eso sí, siempre en pequeños grupos, en cuanto se juntaban muchos niños él se alejaba o dejaba de participar. Lo que más le gustaba era la asamblea. Creo que la asamblea ayudó mucho a que se adaptara. Era lo primero que hacían y le servía para dejar de llorar. Se sentaba en la colchoneta y según su profe disfrutaba muchísimo con las canciones. ¡Acabó disfrutando incluso de ser el encargado!

A final de curso se desenvolvía muy bien en clase. Iba contento y allí estaba contento. Tampoco es que haya dado saltos de alegría por ir al cole, en cambio sí se alegraba bastante cuando llegaba el finde. Esto me parece lo más normal, la verdad. Le gustaba decir que tenía muchos amiguitos (en clase se llaman todos amigos), se sabía los nombres de todos... Incluso disfrutó en las excursiones (aparentemente, claro, por lo que nos contaba su profe y por cómo le veíamos a él a la vuelta). Yo participé dos o tres veces en actividades de clase y la impresión fue buena. Asumió muy bien las rutinas y normas, era y es un niño “bueno” en clase.

Me sorprendió gratamente ver que al final se había adaptado aceptablemente bien, a pesar de lo que le costó, y ver también que él estaba incluso orgulloso de lo que hacía en el cole.

Leo nunca cuenta cosas del cole. Nada de nada. No sé por qué, pero todo lo que sabemos es por su profesora o por otros padres o niños de su clase. Este año pensé que igual empezaba a contar algo, pero no, tampoco.


El patio

El patio siempre fue su punto débil. A algunos niños les cuesta mucho desenvolverse en el patio. Allí no hay normas, todo es más caótico, más salvaje... Tienen miedo y se sienten inseguros, vulnerables. Eso le pasa a Leo aún a día de hoy. A finales del curso pasado empezó a soltarse más, a pasear, a moverse... Ahora está empezando a hacerlo otra vez. Pero el otro día me decía que no le gustaba, que él prefería estar en clase “porque se está más agustito”. Me lo dice sin ningún atibo de drama, eso sí. Como si me dijera la hora que es.

Lo que definitivamente no hace es jugar con otros niños. En clase por lo visto sí habla y participa de los juegos, como ya he dicho siempre en grupitos pequeños, pero en el patio no. El juego libre para él es básicamente solitario. Incluso en el parque con sus “amigos de toda la vida”, los hijos de mis amigas, es así. A veces a fuerza de inistir y quizá con mi participación algo hace; se columpia con uno, corre con otro, juega un poco a la pelota... Pero aún le falta iniciativa y no sé si interés. Bueno, aún hay tiempo. A veces hasta los 5-6 años parece que no empiezan a tener amigos y jugar con ellos.


El ahora

Este año parece que todo va fluyendo. Desde el primer día sin problemas. Empieza hoy a ir al colegio también por la tarde. El año pasado no iba. Sólo estaba allí de 9:30 a 13 h. En su clase todos dormían siesta y por las tardes no se hacía apenas nada, así que nos quedábamos en casa (y no éramos los únicos). Eso también ayudó a que se adaptara mejor, a que no se “sobrecargara”, creo. Este año ya sí irá, de 9 a 12:30 y de 14:30 a 16 h. Ya no son tan flexibles con eso en segundo de infantil, ya por las tardes sí hacen cosas (y para mí tampoco tendría sentido no llevarle este año, yo he decidido escolarizarle). Come en casa y luego tiene que volver. No me gusta nada el horario partido.


Mi visión

Yo lo pasé también mal el año pasado. Sé la educación que me gustaría que recibiera Leo y no es la que está recibiendo. Me gusta que vaya a un colegio público, me gusta que esté al lado de casa, me gusta en general cómo trabajan, pero es un colegio tradicional. Hay deberes en primaria (y en infantil un poco...), hay libros de texto, hay jerarquía, hay castigos... Hay ideas equivocadas (en mi opinión, claro) sobre lo que es importante y necesario para los niños, hay muchas cosas que no me gustan y en parte son las cosas que yo he vivido como alumna, y yo guardo un recuerdo muy bueno de mi colegio. Pero como madre me gustaría otra cosa para mi hijo, y como ciudadana me gustaría otra cosa para todos los niños y niñas.

En el colegio de Leo se trabaja por proyectos en infantil. Eso significa que las profesoras no se guían por ningún libro de texto. Con lo cual los padres no tenemos que comprarlos. El dinero del material se eleva un poco, eso sí, pero sigue siendo más económico en general, y por supuesto mucho más enriquecedor para los niños. Hay fichas, no es una pedagogía muy innovadora, hay fichas y normas y los niños tienen que estar sentados y en general se les va coartando su libertad y creatividad poquito a poco. Eso es lo que menos me gusta de la escuela “tradicional”. Ahora que soy madre veo lo importante y positivo que es para un niño ser libre, jugar libre, correr libre y desarrollarse libre. No hay más que ver a la sociedad actual, no tenemos más que vernos a nosotros mismos, llenos de prejuicios absurdos, emocionalmente enfermos, cojos, cohibidos, siguiendo el caminito que nos marcan, con miedo a salirnos de él igual que los niños acaban teniendo miedo a salirse de la raya cuando tienen que colorear un dibujo.

Sé que hay otra forma de hacer las cosas. Sé que hay colegios que lo hacen, colegios públicos, “normales”. No es tan difícil ni por supuesto es caro cambiar esto. Sólo hay que querer. Sólo hay que tratar a cada persona (cada niño) como necesita, respetando su individualidad. Y no tener miedo.

En el cole de Leo, en infantil, ya desde tres años, se castiga a los niños a irse a otra clase si en la suya se portan mal. En 3 años te vas a la clase de al lado, ya en 4 años supongo que usarán el consabido “te vas a la clase de los bebés” (aún no lo he comprobado, ójala me equivoque). Los bebés son los de 3 años. Increíble. Increíble que unas profesoras que me consta que tienen sensibilidad, que son buenas personas y buenas profesionales, humillen así a los niños de 4 años, y por ende a los de 3 llamándoles bebés. Pero son cosas que están tan grabadas a fuego que supongo que se hacen sin pensar. ¿Sabéis una canción que cantan los niños para reirse de otros, que dice: “niño bebé, chupete y a la cuna”? Pues eso lo creamos los adultos. Qué prisa por que crezcan, qué prisa por ensalzar a “los mayores”, por menospreciar a los pequeños. Al menos no hay “sillita de pensar”... ¡creo!

En el cole de Leo hay 25 niños en clase. En otros coles hay 26 o incluso 27. Lógicamente hay que tener muchas normas para llevar a una clase de 25 niños de 3 o 4 años. Pero a veces sólo habría que cambiar el chip y no pretender que todos sean iguales, que todos coman lo mismo, que todos hagan lo mismo... Entiendo que son demasiados niños, que eso lo complica todo.

Sé qué colegio he elegido para mis hijos. Sé cuáles son sus limitaciones y cuál es su filosofía. Sabía que había que entrar sin pañal (sí, supongo que si te pones burra y bla bla bla... Pero no, para mí no es ese el camino porque entonces le hubiera metido en otro tipo de colegio). Sabía que yo no podría estar en la adaptación. Sabía que habría deberes y normas que no me iban a gustar (como los malditos desayunos saludables, que muy saludables no son: ¿por qué narices no puede llevar Leo fruta todos los días, por ejemplo? ¿Eso no es saludable? No, es más saludable que los lunes por cojones tenga que llevar un lácteo. ¿Un lácteo? ¿Un batido industrial que es sólo azúcar? ¿Y si no le gustan los yogures, ni el queso? ¿Le llevo un vaso de leche fresca en una neverita? Y los viernes día libre. Puedes llevar un donut de chocolate si quieres. Qué saludable. ¿No sería mejor dar diferentes opciones saludables de verdad y que cada niño o familia elija cada día? ¿Qué problema hay en que no coman todos lo mismo cada día?). Sabía que habría menos libertad para los niños de la que me gustaría, menos creatividad, menos respeto por los ritmos individuales... Sé dónde me (les) he metido. Pero también sé que no voy a pasar por todos los aros. Sé por ejemplo que no voy a permitir que mi hijo no pueda jugar por tener que hacer deberes. Sé que voy a intentar luchar por cambiar lo que esté en mi mano. Vigilo a mi hijo de cerca. Quiero que esté bien. Que se sienta bien. Que le traten bien. Por encima de todo lo demás. Sólo tiene 4 años y su prioridad es jugar, disfrutar. Ser libre.


Su profe y su clase

La profesora de Leo es una buena profesora. Es cariñosa, les abraza, les besa. Es consciente de que son pequeños. Es consciente de que cada uno tiene su ritmo. Pero tiene que imponerles las mismas normas y obligaciones a todos. Y tampoco se sale del caminito. Y las hay peores, ella por ejemplo nunca puso ninguna pega a que Leo no fuera por las tardes al colegio (casi lo propuso ella), y de todas formas decía que eran muy peques para trabajar de verdad en esa hora y media de por la tarde. Que si no dormían, sólo jugaban tranquilos. Y su objetivo para todo el curso pasado era que los niños se adaptaran y se conocieran y se hicieran amigos. Hacía ejercicios vocales con ellos porque muchos aún hablaban mal, a veces sólo se sentaban en la asamblea a charlar si les veía alterados o cansados... Estas cosas dicen mucho de ella, no está obsesionada por que aprendan todos a leer ya... Creo que hemos tenido mucha suerte con ella, y me da la impresión de que en general en todo el ciclo de infantil son así. Están bastante unidas todas y eso hace que el trabajo sea mejor.

Por suerte estoy contenta con el día a día de su clase. Me gusta lo que hacen. Dentro de lo “tradicional”, innovan. Es un colegio muy participativo e incluyente. Las familias hacen talleres, participan en excursiones, colaboran mucho. Los niños salen bastante del aula, manipulan, experimentan... Este curso trabajarán los ecosistemas, los planetas y la comunidad de Madrid. También a Miró durante todo el año. Tienen un sistema de préstamo de cuentos que a Leo le chifla, cada viernes sale emocionado con un cuento nuevo para leer en casa. Y así muchas cositas. Veo que avanza, que se integra, y veo sobretodo que su profesora es una persona con la que se puede hablar y que tiene empatía. La frase que más nos repitió el año pasado cuando la preguntábamos por Leo era: "bueno... poco a poco". Ella hace lo que puede.

Primaria sé que será otro cantar... ¡Pero nos quedan 2 años enteros para ir cambiando cosas!

Os dejo este enlace a un articulito sobre los duros septiembres de los pequeños. Del blog Musicoterapia y maternidad.  Dice las verdades muy claritas: Septiembre huele a humedad: la vuelta al cole.


sábado, 12 de abril de 2014

Día 1



Comenzamos el viernes a las 8 de la mañana. Bueno, comienza el papi que es el que se levanta con Leo. Mamá y Nora duermen hasta las 10:30, ¡yuju! Por lo visto papi se ha tenido que morder la lengua en varias ocasiones pero ha aguantado como un campeón. Yo me levanto y sí, constatado: Leo está puñetero. A las 12:30 hemos quedado en el centro comercial con varias mamás del cole para comer. Papá se libera y yo me voy para allá.

Las mamás del cole, o en general “las otras mamás” se merecen post aparte; sólo diré que desde las 12:30 hasta las casi 16:30 que estoy allí, me tensan más ellas que mis dos hijos. ¿Cómo puede ser que ellas regañen a sus hijos por todas las cosas por las que yo no regañaría al mío, y viceversa? Nos sentamos a comer en una mesa larguísima (somos 6 adultas, 6 niños y 4 bebés) y soy la única que se sienta al lado de su hijo. Las demás les mandan al otro extremo de la mesa. Conclusión: estoy rodeada de niños, no me llega la comida y no me entero de las conversaciones. Bueno, no importa. Prefiero poder ayudar a mi hijo a bajarse de la silla si lo necesita, o poder hablar con él si me pregunta algo sin tener que dar gritos. Y lo más impontante: sé que él prefiere que yo esté cerca y se va a sentir más seguro así.

Me doy cuenta una vez más de que mi hijo es diferente en muchos aspectos (¿o a lo mejor es nuestra forma de relacionarnos entre nosotros la distinta?), que me reclama más, que es “más niño”, menos espabilado o como quiera decirlo la gente. Más inocente, más tímido, también más dependiente de mí... Y no me importa en absoluto, le veo divertirse, le veo contento. A veces tengo que animarle a jugar con los demás, le doy las pautas iniciales, pero enseguida coge el tranquillo. Bien.

Juegan, suben en las atracciones, se pelean, comen un helado, nos vamos fuera, corren y saltan... Mientras, yo oigo a qué meses aplicaron el método Estivill las otras madres a sus hijas. Bueno, qué se le va a hacer. Es lo que hay y son las mamás de los compañeros de clase de Leo, no voy a meterme en batallas perdidas de antemano. Son majas, unas más que otras, son las mamás del cole, tampoco es necesario que sean mis almas gemelas. Y sé que a mi hijo le viene bien juntarse con otros niños, aprender cada vez mejor a jugar y a relacionarse, y sé que le podemos ayudar estando con él y con sus amiguitos. Me compensa.

La cuestión es que para mí hay cosas que son propias de los niños, de ser niños, y ni merece la pena ni es justo para ellos empeñarnos en que no las hagan o en que se comporten de forma diferente. No digo que no puedas quejarte, no digo que tengan que gustarte. Ni siquiera pienso que no haya que regañarles a veces. Puedes intentar que no las hagan en un determinado momento, puedes intentar que empaticen contigo y por un extraño milagro acepten tus condiciones, puedes ir soltanto tu chapa de adulta, poco a poco se les irán quedando todas las convenciones y normas sociales y también lo que está “bien” y lo que está “menos bien”, pero yo asumo que esas “cosas de niños” son normales y ni hay que poner el grito en el cielo ni hay que luchar a muerte contra ellas. No pedir perdón, pegarle un manotazo a un amiguito o quitarle un juguete en medio de un juego, no aguantar en la silla sentado más de 10 minutos seguidos, pillarse un berrinche... Quizá hay que ir intentando que se controlen poco a poco pero desde luego ni imponerlo ni actuar como si tu hijo le hubiera dado una patada en la boca a otro.

A la vez, hay una extraña obsesión por que “se apañen solos” y por menospreciar lo que sienten; cuando uno llora pidiendo su juguete y el otro no se lo da no hay que intervenir, “que espabile”. Cuando se queja de que sus amiguitos no le dejan jugar es un chivato... Aparte de que parece que todo se basa en las apariencias, porque en más de una ocasión he visto a un niño hacerle de rabiar a otro una y otra vez, y la madre tan tranquila en el banco del parque. Eso sí, si le pega ya sí, ya entonces le cae un broncón (que no digo que pegar no tenga importancia, pero hay algunas otras cosas que también).

No sé, sé lo dificil que es ser coherente pero a veces pienso que vivo en el mundo al revés.

Bueno, que me despisto. Nora se porta muy bien, se divierte, Leo se porta muy bien y se divierte también. A las 16:30 les llevo con los abuelos a pasar la tarde y Nora por fin cae rendida en el coche. Ahora me toca descansar y tomarme un pedazo de café en casita. Relax, quedarme casi traspuesta en el sofá mientras trasteo en internet (mientras no hago nada, en resumen. Qué placer) y luego salir a tomar algo con mi chico. A las 20:30 llegan los niños, Leo es un terremoto y tiene que liarla un poco para liberar adrenalina, pero se solventa sin problemas. Hoy no hay ducha así que un conflicto menos. A las 21:30 está sopa. Nora un poco más tarde, a las 22:15.

El balance es positivo, primer día superado sin (casi) gritos y sin chungueríos. 

¡Buenas noches!

lunes, 9 de septiembre de 2013

Y llegó el día

Hoy ya es lunes. Desde hace 5 minutos. Hoy Leo empieza el colegio. Por primera vez en su vida, se separará de nosotros varias horas para estar con personas desconocidas. Bueno, concretamente mañana (digo, hoy) no, porque estará sólo 45 minutos. "Sólo"... Espero que para él la sensación sea realmente de que sólo va a estar 45 minutos, y no sea de que va a estar solo. En fin, dejémonos de juegos de palabras. La verdad es que mañana (¡digo, hoy!) voy a llevar a Leo al colegio y estoy un poquito acojonada... 

El jueves pasado tuvimos reunión con su profesora. Me cayó bien. Creo que será cariñosa y paciente. Espero. Nos preocupa un poco la cantidad de cosas que tendrá que hacer él solito. Sigue sin controlar esfínteres... aunque realmente lo que le sucede es que no quiere ir al water, prefiere hacérselo encima. Pero sabe cuándo tiene ganas de hacer pis, se aguanta y sabe como "echarlo fuera". Al menos eso creemos su padre y yo. La caca no, la caca tiene que ser en el pañal, pero también sabe aguantarse y no hay problemas de estreñimiento, así que por ese lado tranquilos. Bueno, según se acerca el momento de tranquila nada. ¡Si ni siquiera sabe quitarse la chaqueta él solo! Menos mal que aún no hace frío, y que mañana no entra temprano. En manga corta y listos.

Otra de las cosas que me dan miedo es cómo se las apañará para relacionarse con los otros niños. Le cuesta mucho, aunque desde hace unos meses también le atrae bastante, algo que antes no sucedía. Pero yo le veo torpe aún en ese aspecto, con pocos recursos, tímido y sin controlar demasiado los "códigos" sociales.

Le hemos ido hablando del colegio, de lo que va a hacer allí, de cómo será, le hemos explicado que nosotros no estaremos, que su profe le ayudará en todo... y de momento se lo toma bien, le hace un poco de ilusión, aunque no creo que sea muy consciente de lo que le espera.

Sólo pido que el camino hasta allí sea relajado. Está a unos 5-6 minutos a paso de adulto, vamos a ir andando y sin silla de paseo, ¡todo un reto! A ver si al menos para ir al cole consigo que deje la silla... 

Es crucial que llegue de buen humor hasta allí, y con Leo nunca se sabe qué puede hacerle saltar... Y su padre y yo (sobretodo yo) tendremos que tragarnos los nervios, que el listillo los caza al vuelo siempre. 

Ójala le guste. ¡Deseadle suerte!




miércoles, 21 de agosto de 2013

Del pañal y otros demonios

Hoy le hemos quitado el pañal a Leo sin estar para nada preparado. Así de claro lo digo. Llevamos desde julio más o menos con el rollo el water, el orinal, hacerlo así y asá, sentarse aquí o acá, y que mayor eres y bla bla bla. Nada. Los tres primeros días le hizo un poco de gracia y alguna caca y algún pis hizo en el water, luego decidió que eso no iba con él. Jamás le ha molestado llevar pañal ni ha mostrado ningún interés especial por hacerlo “como papá y mamá”.

Nosotros le preguntábamos cada día si quería sentarse, pero no quería. Intentamos establecer rutinas, al menos una o dos veces al día a horas fijas. Que no. Mi hijo es muy cabezón y si es que no es que no. Y le da igual todo, él chillará y llorará y le dará igual todo lo que le digas y todas las pegatinas con las que le premies y chorradas similares.

Así que hemos llegado al día de hoy, 20 de agosto, y en vista de que el colegio empieza el 9 de septiembre, hemos decidido quitárselo a las bravas, a sus dos años y casi diez meses. Y a ver qué pasa.

Lo que ha pasado han sido 10 calzoncillos en apenas 6 horas. Y por supuesto no ha querido sentarse ni una vez en el water, excepto una que aún no acabo de encajar en esta historia.

Y me da rabia, me da rabia tener que estar liados con este tema cuando tenemos otros a mi parecer mucho más importantes, como por ejemplo cómo gestionar sus rabietas, sus crisis histéricas, su cabezonería extrema, lo de no querer ir andando a ningún sitio (sólo en la silla o en brazos), lo de pegar, lo de insultar, los celos, su timidez...

Su padre y yo nos desvivimos cada día para que Leo sea un niño feliz, para que siga desarrollándose de forma sana. Cada día es una lucha contra sus “terribles dos” ¡y coño, que estamos muy liados para estar fregando pises! ¿Qué más da esperar unos meses más que menos?

Pues no, parece que el cole sabe mucho más de mi hijo que yo, y manda mucho más en mi hijo que yo.

Estoy convencida de que Leo empeará el colegio sin controlar esfínteres. A ver qué nos dicen, a ver si nos ayudan. Eso espero. No quiero que tenga que ir sin pañal y que esté mojado todo el día, aunque le cambien.

Me preocupa mucho también que sus compañeros se rían de él por llevar pañal o por hacérselo encima. Por desgracia esto es muy normal, les hemos metido a nuestros hijos en la cabeza que hacerse pis es de “bebés” y que a esa edad ya eres mayor y es motivo de burla no controlarlo. Y no quiero que se sienta diferente, peor que los demás. Parece mentira que hablemos de niños de tres años.

Es muy triste que los débiles siempre sean los perjudicados por el sistema, cuando debería ser al revés.