miércoles, 11 de febrero de 2015

La otra historia o El nacimiento de Leo (y IV)

Leo estuvo encima de mí apenas unos minutos, quizá 5 o 10. Estaba tranquilo, despierto, aún no mamaba. La pediatra volvió y le auscultó por segunda vez. Entonces se lo llevó, seguía oyendo ruido en su respiración y había que vigilarle porque había echado el meconio dentro de mí. -¿Es necesario?, pregunté. Tenía la esperanza de que al volver ella ya no oyera nada. No sé qué me respondió, algo así como con suficiencia, y me miró con cara de “¿eres tonta?” Ahí empezó mi historia de amor con esa tipa.

O. se fue con Leo y yo me quedé allí con la ginecóloga. Me cosió la episiotomía; yo le pregunté cuántos puntos me había dado. También expulsé la placenta, con mucha facilidad, y pedí que me la enseñaran. ¡Era grandísima! Estaba contenta, no sé si por efecto de las hormonas. Muchas veces he pensado si sería oxitocina lo que me pusieron por vía en el último momento, cuando usaron la ventosa, y si ese “extra” hizo que me quedara tan feliz, felizmente drogada... Pero quizá fue simplemente suero y el subidón era el propio del parto natural. El caso es que yo estaba bien, recuerdo que O. me subió de la cafetería una porción de tarta de chocolate que yo le pedí y que me supo a gloria (¿y cuándo narices me la subió? Supongo que después de salir con Leo, no sé).

Allí me quedé, sola, con mi tarta, medio a oscuras porque las persianas seguían bajadas... Esos momentos los recuerdo como extraños, me encontraba tan bien... Creo que yo misma estaba sorprendida de lo bien que estaba. Llegaron dos enfermeras y me dijeron que me bajaban a planta ya. Una de ellas me empezó a subir el respaldo de la cama y como estaban hablando no se dio cuanta de que eso avanzaba y no paraba... ¡y yo me estaba doblando! Fue un poco surrealista, yo no sabía qué hacer, no sé por qué no dije nada, y de repente ella se dio cuenta y lo paró y nos echamos a reir las tres... Todo muy raro.

Al bajar a planta ya vi a padres y suegros. Le pedí a mi padre un bocata de jamón de la cafetería, antes de que la cerraran porque era ya tarde. Y al poco rato llegó O.

Leo estaba bien, lo del ruido al respirar estaba ya controlado. Pero no me lo podían traer porque tenían que controlar el quiste.

“El quiste” es un quiste que le vieron a Leo en la ecografía de la semana 38, ecografía que entra dentro del protocolo de la diabetes gestacional. En aquel momento nos dijeron que no sabían exactamente dónde estaba, si más hacia el abdomen, en el hígado... Pero que habría que esperar a que naciera y que no nos preocupáramos. Y así ignorantes y felices nos quedamos, sin imaginarnos que esa mierda de quiste iba a provocar una separación tan larga.

Aún intento entender por qué y no lo consigo. Sé que antes o después pediré el historial de mi parto y de todo lo que pasó después para tener más datos, porque quiero saber. Lo curioso es que fuimos nosotros los que le dijimos a la pediatra, justo después de nacer, cuando le estaban examinando en la habitación, que Leo tenía un quiste visto en ecografía y que nos habían dicho que después del parto se lo mirarían. Quizá si nos hubiéramos quedado calladitos ni se hubieran dado cuenta, pero claro, ¿cómo no íbamos a decirlo? Si yo hubiera sabido lo que iba a pasar después...

A O. le dijeron en neonatos que yo no podía dar el pecho a mi hijo, que no se podía alimentar por vía oral hasta que no vieran dónde estaba ese quiste. Le pusieron una sonda nasogástrica. No sé con qué le alimentaron pero a mí no me dijeron nada, ni se me ocurrió preguntar, qué cosas... No sé si le darián leche de fórmula por vía, no sé si eso se puede hacer, y de verdad os digo que prefiero no saberlo de momento porque si la respuesta es que sí, me van a dar ganas de quemar el hospital. ¿Pero qué comió entonces durante todas esas horas? No sé qué prefiero pensar, mejor no pienso nada...

Era ya de noche así que mi hijo iba a pasar su primera noche de vida en neonatos. Cojonudo. Cuando O. me lo dijo me eché a llorar. Yo sólo quería ir a verle. Después de un buen rato esperando una silla de ruedas que no llegaba decidí ir aunque fuera a rastras.

Y allí estaba, con esa sonda tan fea... en una cunita, solo. Por supuesto empecé a llorar según le vi. Una enfermera me preguntó si quería cogerle. ¡Claro! Me lo dio y el pobre empezó a llorar, buscando la teta... Con tanto cable no podía sostenerlo bien... Se le desenganchó la pinza del pie... Se liaba con la sonda... Suavemente la enfermera me sugirió dejarle en la cuna de nuevo. Y le dejé. Y me fui.

Y supongo que debería haberme quedado a su lado, toda la noche. O que debería haber preguntado qué le estaban metiendo por vía. O algo. Pero yo estaba destrozada y sólo lloraba. Nos acostamos y comenzó la noche más horrible de mi vida. Ni siquiera la recuerdo bien. No sé si dormí, sé que lloraba y lloraba cada rato, no sé, fue una pesadilla, yo sólo quería estar con mi niño, me sentía rota.

Se supone que en ese hospital la unidad de neonatos es abierta 24 horas para los padres. Y ciertamente nadie me prohibió el paso. Pero tampoco nadie me invitó a entrar, nadie me explicó que podía entrar en cualquier momento aunque fueran las 4 de la madrugada, nadie me dijo: intenta cogerle de nuevo más tarde, quizá se quede dormidito en tus brazos.

Nadie me ayudó ni me hizo sentir mejor de lo que estaba. Nadie en ese hospital se preocupó por lo que estaba viviendo yo en ese momento.

Sé que debería haber actuado de otra manera. No me culpo, pero sé que podría haber estado más tiempo con él, a su lado. Pero mi hijo pasó su primera noche, una noche entera, muchas horas, solo en una cuna, llorando. Porque lloró, eso le dijeron las enfermeras a O. Que tenía buenos pulmones, o algo así. Pobrecito. Y yo llorando en la habitación. El uno llorando por el otro separados por la ignorancia y los protocolos. Qué absurdo todo.

A la mañana siguiente estaba deseando verle. Le pedí a O. que se adelantara mientras yo desayunaba, no sé si le pedí que me trajera algo de la cafetería, no recuerdo. El caso es que al volver me dijo que se lo llevaban a otro hospital. ¿¿Qué?? Sí, se lo llevaban para hacerle... ¡Una ecografía! Esta es otra de las cosas que nunca entenderé, por lo visto la pediatra (que ahora tengo claro que era un poco acojonada) llamó al Gregorio Marañón (uno de los mejores hospitales de Madrid en cuanto a cuidados intensivos neonatales, uno de “los grandes”, vaya) y desde allí un cirujano pediátrico, creo, le dijo que quería ver al niño. Supongo que la ecografía podrían habérsela hecho en mi hospital de referencia pero le trasladaron para que le evaluaran allí. Una vez más, quiero pensar que lo hicieron todo por razones de peso y no por el capricho de unos pocos médicos, porque trasladar a un recién nacido tiene sus riesgos.

Fui corriendo a verle (y a firmar el consentimiento) y al entrar... La nave espacial estaba allí dentro ya (la supermegacuna en la que le acoplaron para meterle después en la UVI móvil). ¡Qué impresión! Parecía que se lo llevaban al espacio... Otra vez empecé a llorar (¿había parado en algún momento?) y una de las chicas de la ambulancia me empezó a explicar todas las precauciones que tomaban, lo seguro que iba a estar... Yo vi un chupete en su cuna: -no le déis chupete, por favor, es que prefiero que no lleve. -Bueno... no es tan fácil, dijo ella, y torció el gesto. Me sentó como un tiro. Ahora pensándolo, veo que mi niño no tenía su teta y entiendo que ellas quisieran calmarle con chupete. Ahora agradezco que se lo dieran, supongo. Mejor eso que dejar que llorara. Ahora que sé que la lactancia fue bien. Pero en aquél momento mi mayor miedo era que el chupete nos lo pusiera todo más difícil aún. Da igual, supongo que durante la noche en neonatos también se lo ofrecieron. (Después nosotros no se lo volvimos a ofrecer, hasta los 4 meses que decidimos probar porque empezó a quejarse más por todo. Cosas de la edad, algo totalmente normal. Nunca lo quiso).

Y se fue, y le vi irse, alejarse por el pasillo, sin saber cuándo volvería. Me habían dicho que lo antes posible. O. se fue en el coche a la vez que la ambulancia, con su padre y con el mío. Y yo me quedé con mi madre y con mi suegra, en la habitación, deseando estar sola, sintiéndome como una mierda, absolutamente destrozada, incompleta, echando muchísimos de menos también a mi pareja.

Por supuesto les dije a todos mis amigos lo que había pasado, no quería visitas. Mi madre se encargó de la familia.

En algún momento pedí un sacaleches. Nadie me hizo caso y al final, harta, me estimulé un poco a mano. Gotas de calostro iban cayendo en un pañuelo de papel. Desperdiciadas.

Recibí una llamada. Era el padre de O. Lloraba y me decía que lo había visto y que era precioso (era la primera vez, claro, hasta entonces sólo el padre y yo le conocíamos). Yo no quería hablar con él, no quería oírle llorar, era como si sólo yo tuviera derecho a llorar, no me conmovía, me sentía incomprendida, pensaba: ¿y para eso me llamas? Le pasé el teléfono a mi suegra y luego yo hablé con O. Leo estaba en neonatos y habían pasado a verle los abuelos. Creo que O. vivió su aventura particular en el Marañón recorriendo pasillos detrás de Leo. Para él fue todo un caos, todo iba muy rápido, se pasó 24 horas detrás de las personas que se llevaban a su hijo de un lado a otro intentando entender qué pasaba, atendiendo a las explicaciones supongo que nada aclaratorias para él, también herido por supuesto. Sólo que él no tenía tiempo de llorar.

Leo estuvo unas 4 horas fuera. Por suerte todo fue muy rápido y a la hora de comer estaba de vuelta. Cuando se fue cayó una buena tormenta, situación ideal para trasladar en ambulancia a un recién nacido por la autopista... Y os prometo que cuando recibí un mensaje de O. diciendo que ya volvían, cesó la tormenta y salió el sol. Fue mágico.

Le llevaron directamente a neonatos de nuevo, ya en el hospital donde estaba yo, y O. fue con él. Me trajo el parte: tenía que ir yo a darle el pecho allí, y luego esperar un poco. Si no le sentaba mal, me lo podía llevar. Órdenes de la pediatra “meacojonoportodo”. Allí me fui sin dudarlo, le cogí, me senté en una silla, me lo puse lo pecho... y mamó.

Y ya. Tan fácil, tan sencillo, tan natural. Mamó y luego se durmió en mis brazos. Y allí me quedé esperando órdenes, sin prisa, hasta que una enfermera casi que me echó de allí. Perfecto.

Serían casi las 18 horas del 31 de octubre. Mi hijo había nacido a las 19:30 horas del día 30. Había que recuperar un día entero, su primer día, el más importante... Y Leo se aplicó. Desde entonces la teta, los brazos y el fular eran su refugio. Siempre pegado a mamá. Despierto y dormido. Por suerte para los dos.

El puto quiste resultó ser un quiste hepático que se reabsorbió solito. A los dos años no quedaba ni rastro de él. Por lo visto podría haber sido un quiste en otro sitio más chungo que habría que haber operado, pero con una resonancia se terminó de aclarar todo.

Esta historia está llena de “y sis”. Si yo no hubiera tenido que hacerme una eco en la semana 38, lo más seguro es que el quiste hubiera pasado desapercibido. Nunca jamás nos habríamos enterado de su existencia. La diabetes gestacional me hizo la puñeta.

Si la pediatra de mi hospital no hubiera sido tan acojonada, si hubieran pensado un poquito en mí y en el bebé y en lo importante que era no separarnos... Si hubieran accedido a hacer una ecografía en mi hospital... Si ese médico del Marañón se hubiera metido la lengua en el culo... Que digo yo que una ecografía se puede enviar por e-mail, ¿no? ¡O por mensajero si hace falta!

Sé que mi hijo sufrió mucho, sé que lloró, se que debió experimentar mucho estrés, solo una noche entera, su primera noche fuera del útero, sin apenas haber “catado” a su madre... Solo en un ambulancia, solo entre médicos que le hacían pruebas y le tocaban sin amor...

Mi único consuelo es que antes de que todo esto pasara tuvimos tiempo de abrazarnos y sobretodo de establecer contacto visual, un contacto visual arrollador, brutal, intenso, que no olvidaré jamás. Antes de que nos separaran, como dije en el relato de mi parto, tuvimos tiempo de enamorarnos.

Y así seguimos. :-)

Feliz maternidad.


(Nacimiento de Leo I, II y III pinchando en los números correspondientes).

8 comentarios:

  1. Vaya historia,me ha entrado una angustia leyendolo y pensar en estar tanto tiempo separado de tu bebe,uff,no quiero ni imaginar como te sentirías en aquellos momentos,que poco tacto tienen en los hospitales...no piensan para nada en la madre y mucho menos en el bebe que esos momentos nos necesitan mas que nunca,todo tan protocolario y cero sentimientos ainss
    Me alegro que todo fuera bien después y que Leo no tuviese nada.
    Besos

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    1. Gracias Sonia! Quizá poco a poco vayan cambiando las cosas... Está en nuestra mano también intentarlo, cada una como pueda... Hay muy poca humanidad, sensibilidad, empatía... Un asco.
      Un beso!

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  2. Qué horror, cielo. Yo me hubiera matado con ellos. Haces bien en contar la historia.

    Un beso enorme

    40+3

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    1. En esos momentos estaba como... anestesiada, no sé. Muy vulnerable y sensible. Creo que es algo muy típico del inmediato postparto y precisamente por eso nos deberían tratar mucho mejor, con mucha más delicadeza... Que no es lo mismo que tratarnos como si fuéramos retrasadas mentales, por cierto.

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  3. Que historia tan triste tuvisteis que vivir los tres. Siento mucho que tuvieras que pasar por eso. Ninguna madre debería ser separada de su hijo. Eso es inhumano.
    Un beso enorme

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    1. Es horrible, sí. Los primeros días fueron raros... luego todo volvió a su ser. :-)

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  4. Me emociono hasta las lagrimas tu historia. Que dolor, que injusto. Pero Leo es un afortunado de tenerte, se sabe cuidado. En esos momentos hacemos lo mejor que podemos!
    Besos y abrazos!

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    1. Muchísimas gracias Micaela. :-) Un saludo!

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