
La
noche del 15 al 16 de enero de 2013 Nora estaba muy activa,
moviéndose mucho, y yo tuve unas cuantas contracciones. Eso no era
raro, llevaba con ellas desde hacía mucho ya, esporádicas, casi
siempre nocturnas, cuando me relajaba por fin en el sofá después de
que Leo se acostara. Luego O. me diría que en ese momento sospechó
que me pondría de parto. Yo estaba tranquila, por la mañana tenía
matrona, la cita de las 39 semanas, y en mi cabeza me había marcado
ese día como el típico "a partir de aquí que salga cuando
quiera".
Bueno, casi me hace caso. Jeje.
Esa
noche tuve algo de imsomnio, nada nuevo, y dormí fatal, nada nuevo
tampoco. A la mañana siguiente, miércoles, O. se levantó con Leo
sobre las 8. Hacia las 8:45 me despertó una contracción... Uf. A
los pocos minutos otra... Eran como las que había tenido
anteriormente, ya dolorosas, pero nada demasiado horrible. Aunque
recuerdo que pensé algo así como “joder, cómo duele; va, déjame
tranquila un poco más...”. De repente, cuando acabó la segunda
contracción... rompí la bolsa. A saco. Estaba tumbada en la cama y
noté el líquido muy caliente. ¡¡Ha empezado!! Me levanté y vi
que aquello era transparente como el agua. Bien. Llegué hasta el
salón y le dije a O.: he roto la bolsa. Él estaba tumbado en el
sofá intentando dormitar mientras Leo jugaba (o le daba el coñazo,
que diría él). Se levantó corriendo y dijo: ¿¿llamo a tus
padres?? -No, espera, me voy a dar una ducha.
Hasta entonces
no tenía apenas contracciones, de hecho se me pasó por la cabeza
que romper la bolsa así era una putada, porque ¿¿dónde están mis
contracciones?? A ver si ahora el parto no iba a empezar y yo con la
bolsa rota, con lo que eso supone en los protocolos hospitalarios...
Pero no, mis contracciones estaban ahí, cogiendo carrerilla toooodas
juntas!!
En la ducha empezaron. Genial, pensé. Esto ha
comenzado de verdad. Qué nervios. Empezaron, empezaron... y cada vez
más fuertes. El agua caliente en los riñones me aliviaba. Cuando
salí el tema estaba ya chungo. Me medio vestí y enseguida me tiré
a la cama, a cuatro patas, a encajar las contracciones. Oscar empezó
a hacer la bolsa mientras Leo empezaba a flipar con su madre.
-De
verdad creo que deberías llamar a tus padres, R.
-Vale.
Llamé, toda digna yo. Venid ya, pero con calma, no hay prisa
pero id viniendo (mis padres viven a menos de 10 minutos en coche y
cuando llamé estaban aún acostados). Y un huevo. A los pocos
minutos estaba gritando: ¡AAAAAAAAH!
con cada contracción como si me estuvieran matando. Leo a mi
lado, mirándome. No pasa nada cariño, es que Nora va a salir. O. se
lo llevó al salón. Yo pegaba manotazos en el colchón. ¡¡Tenemos
que irnos YAAAAAAAAAAAAAAA!! Ahí me empecé a acojonar del todo.
Mientras tanto, en un arranque de serenidad, aplomo o inconsciencia,
aún no lo tengo claro, O. decidió que iba a desayunar algo y
después se fumó un cigarro mientras escribía a unos amigos con los
que había quedado para una cosa de curro. No sé quién tuvo más
huevos, si él o yo, jajaja!! Leo quería desayunar también, pero le
dijo que tendría que esperar a los abuelos.
Mientras tanto yo
me metí de nuevo en la ducha. No soportaba el dolor y pensé que el
agua me aliviaría algo. Estaba fatal ya. Oscar me tuvo que ayudar a
vestirme después.
Mis padres llegaron. Desesperación. ¿Cómo
voy a llegar hasta el coche? Tenía que cruzar toda mi urbanización
hasta llegar a la calle. Sólo llegar al ascensor de pie me parecía
imposible. Lo recuerdo ahora y vuelvo a sufrirlo, era una distancia
insalvable para mí. O. me agarraba, cuando me venía una contracción
yo le apretaba la mano con todas mis fuerzas. Caminaba encorvada. Mi
padre se adelantó para poner el coche en marcha. No nos cruzamos con
nadie, y es raro, porque vivo en una urbanización muy grande.
Hubieran alucinado. Me dolía tanto, tanto... TANTÍSIMO.
Cuando
llegué al coche pensé que no iba a poder, no iba a poder entrar
ahí, era una tortura demasiado grande, era imposible. Quería
llorar. Me arrodillé en el suelo de los asientos traseros y apoyé
la cabeza en ellos. Con una mano agarraba la sillita de Leo, que
estaba puesta allí. Con la otra la de Oscar, que iba de copiloto al
lado de mi padre porque a mi lado estaba la silla. Y arrancamos.
No
sé cómo pude tener tanto autocontrol, a la vez que estaba tan
descontrolada. Sólo gritaba, gritaba mucho y me aguantaba las ganas
de empujar muriéndome de dolor y de una especie de pánico. Quería
llorar pero no podía, era como si supiera que entonces estaría
perdida, que entonces ya abandonaría y pariría en el coche, a Nora,
de nalgas, y la pondría en peligro de muerte y además daría todo
igual porque yo moriría antes de dolor. Me costaba tanto mantenerme
entera... Me dijeron 3 ó 4 veces que ya faltaba muy poco. El cabrón
de mi padre se pasó la salida de la autovía, no me lo dijeron,
claro, pero fueron unos 8 ó 9 minutos más de agonía. O. me contó
que cuando mi padre se lo murmuró no supo ni qué decir.
En
el viaje pensé de todo, pero principalmente que necesitaba,
NECESITABA la epidural. Incluso llegué a pensar que ójala me
hicieran una cesárea, para no sentir nada, para dejar de sentir ese
dolor tan sobrehumano. Solo podía gritar y contenía los pujos no sé
cómo.
Debimos
llegar al hospital sobre las 10 y pico... Nora nació a las 10:55. Mi
padre entró corriendo a avisar.
-La tarjeta sanitaria?
-Qué
tarjeta! Que alguien vaya a por ella ya!!!
Yo vi llegar una
silla de ruedas conducida por... ¡un segurata! -Vamos, sube. Él y
otro compañero suyo empezaron a llevarme por los pasillos hasta que
les relevó un celador. O. se retrasó unos segundos pero enseguida
me alcanzó. No sé si fue el segurata o el celador quien avisó a
paritorios, supongo, diciendo: tenemos aquí a una chica de parto,
está muy apurada.
¿¿Apurada?? Me hubiera reído si no
estuviera sufriendo el dolor más intenso de mi vida. Creo que jamás
olvidaré ese adjetivo.
Le iba diciendo a todo el mundo que la
niña estaba de nalgas; en algún momento alguien me soltó: ya lo
sé. Ya estaba en paritorios. Una matrona me llevó a una habitación.
“Aquí mismo”, creo que oí. Yo estaba en otro planeta. Empecé a
suplicar por la epidural. Llegaron dos ginecólogas, me colocaron en
el potro, en la clásica postura con las piernas para
arriba. Me hicieron un tacto; lo que me costó ponerme boca
arriba, madre mía... “Estás en completa”.
Vale, ahí
empecé a entender un poco la situación. Claro que estaba en
completa, qué tonta, a pesar de que me moría de ganas de empujar,
no lo había pensado. Quizá no había querido hacerlo, quizá si lo
hubiera hecho me hubiera puesto a empujar sin remedio en el coche.
-Necesito la epidural.
-¿Qué epidural, R.? No hay
tiempo, está ya aquí. Empuja.
Empuja. Me lo tuvo que
repetir un par de veces, pero fue la palabra mágica. -¿Entonces
puedo parir? -Claro que puedes parir (creo que me hicieron una eco en
algún momento, pero no estoy segura). -¿Pero tú sabes atender
partos de nalgas? (creo que era la jefa de Servicio, que estaba
supervisando a la otra que estaba por allí). -Entonces tienes
experiencia, ¿no? preguntó O. La tía debió de pensar que vaya par
de listillos, casi le hacemos sacar su título de médica.
Entonces
ocurrió. Empecé a empujar. Vas a tener el parto que querías,
cariño, decía O. Yo le escuchaba, le veía sonriéndome, y no me lo
creía, no me creía que aquello estuviera a punto de acabar, y que
fuera tan fácil. Después de todo lo que había pasado. Después de
todo mi embarazo. Aquellas dos ginecólogas me infundieron una
confianza brutal al decirme que claro que podía parir, como si
estuviera preguntando una tontería, sonriéndome amables. Y empujé,
y empujé... a mí me pareció que durante mucho tiempo, pero por lo
visto fueron unos pocos minutos. Y creía que no iba a poder, me
imaginaba una pelota gigante intentando salir de mi vagina... y O. me
decía: ¡ya está R., está saliendo! ¡Ya está, un poco más! Y yo
pensaba: me está mintiendo, ¿cómo va a estar saliendo si yo noto
algo muy grande ahí, atascado? ¿¿Qué narices hay ahí abajo??
(Podría haber mirado, pero todas mis fuerzas las empleaba en
empujar, y tenía los ojos cerrados, estaba muy concentrada. Igual
que en el parto de Leo).
Y de repente... ¡Ya está! Alivio,
y una hermosa recién nacida apareció ante mis ojos. Yo no lo vi,
pero O. sí: primero el culo, luego las piernas, el tronco y los
brazos... y la cabeza. Muy fácil y muy rápido, parece ser. 3 kilos
y 47,5 cm.
Y allí estaba. Yo la parí. En un parto que
apenas duró 2 horas en total. Debí ponerme en completa en poco más
de una hora. La gine que me dio el alta me dijo que cuando los partos
son así de rápidos, cuando se dilata en tan poco tiempo, las
contracciones son así de dolorosas. Por cierto que era la misma gine
que me hizo la versión cefálica externa. Ya había hablado con sus
compañeras, las que me atendieron en el parto, y me dijo también
que Nora nació con un cordón muy corto.
Y lo primero que
hizo al asomar el culo, antes de salir del todo, fue cagarse.
De
regalo me llevé 5 puntos de episiotomía. La ginecóloga me dijo que
había tenido que hacerlo, que me había visto muy justa, y que al
ser de nalgas... Vamos, que ella también se acojonó un poquito. Al
menos me lo dijo como pidiéndome disculpas por haberlo hecho. No me
he librado de la episiotomía en ninguno de mis dos partos. El
primero con ventosa y el segundo de nalgas, a ver quién es la
valiente que no me raja... En fin.
No me separaron de ella en
ningún momento, se enganchó a la teta enseguida, tan despierta...
Más tarde se durmió encima de mí. Estuvimos más de dos horas los
tres solitos. Me dieron de comer antes de llevarnos a planta. La
placenta salió sin problemas, ahora no recuerdo si me pusieron
oxitocina para expulsarla. La vía la tenía puesta.
El
nacimiento de Nora fue hermoso, salvaje. Fue intenso, doloroso pero
lleno de fuerza, de sentido, tenía que ser así después de ese
embarazo, de esa angustia por intentar que naciera de forma
respetada. Fue luminoso, lleno de luz blanca y potente, de la
claridad del agua, de la luz del paritorio, de la piel de las manos
de Nora. Tuve la inmensa suerte de encontrar un hospital que
atendiera partos de nalgas y que tratara a las mujeres como lo que
son: las protagonistas de su parto, personas que están viviendo uno
de los momentos más emocionantes e importantes de sus vidas. Por fin
experimenté lo que es estar con tu recién nacido, sin traumas, sin
penas, sin separaciones. Y lo viví como algo muy normal y natural.
Feliz y tranquila, después de ese viaje loco e indomable que fue el
parto de mi hija.