Mostrando entradas con la etiqueta crianza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crianza. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de agosto de 2016

Verano y reflexiones


















Verano de luz, de sol. Verano de alegrías, de calma, de paz.

Tardes oscuras, persianas bajadas y ventiladores girando. La hora de la tele y de la siesta. Y del parchís a veces.

Tardes de piscina, de saltos, de giros, de hacerse anchos. De juegos.

Tardes de playa. De amigos.

Tardes de pueblo, de bicis, de perros, gallinas, de familia y de rosquillas. De regar el huerto y de pantano.

Tardes y noches de amor.

Este verano registramos una bajada al hoyo. Sólo una, sola, perdida... Quizá me equivoqué y el 2016 no va a ser lo que yo creía que sería.

Y en medio de todo esto, peleas, gritos, hastío, enfados... Porque la crianza se hace complicada según crecen. Porque Leo tiene casi 6 años y Nora 3 años y medio y se hacen complejos, independientes, ya no basta con brazos y teta y contacto. Hace tanto de eso ya...

Hablo con amigas en la misma situación que yo. La crianza agota, la paciencia se acaba, y surgen frases como “ya no me apetece jugar con ellos”, “quiero tiempo para mí”, “ese enamoramiento parece que ha desaparecido”, “ya no siento que soy respetuosa con ellos”...

Me alivia ver que no soy la única. Me da fuerzas y me hace sentir acompañada. Rodeada, protegida, siendo parte de algo, perteneciendo a una realidad común. Ver que sigue teniendo sentido todo, que las cosas son así, o pueden serlo al menos, y que hay que buscar soluciones y estrategias desde la tranquilidad de saber que es normal, habitual, que no nos pasa nada raro u horrible...

Durante los dos primeros años de mi maternidad estuve volcada en mi hijo, absolutamente feliz porque hacía lo que quería en cada momento, que en mi caso era estar con él, vivir a su ritmo, acompañarle. Luego llegó Nora y poco antes de que naciera yo había empezado a sentir la necesidad de hacer otras cosas, quedar, salir, leer, estar a solas conmigo misma, simplemente pensar o hablar de otros temas... Era el fin de mi primer puerperio pero llegaba otro achuchando por detrás, y nació Nora y me encontré viviendo ese enamoramiento, esa dedicación y entrega maravillosas junto a un niño de 2 años que me descolocaba en numerosos momentos y por el que sufría muchísimo, y además notando esa nueva necesidad de mí misma que quedó latente... Y eso chocaba frontalmente con los sentimientos cargados de oxitocina de mi segunda maternidad.

Ahora son ya dos niños, ya no hay bebés y yo he dejado salir a esa mujer nueva, esa que lee novelas, que sale, que busca su propio espacio.

Y a la vez empiezo un momento muy complicado en mi maternidad. Educar, convivir, guiar a un niño de 6 años ¡6 años! Con las ideas muy claras, con capaciadad para discutir, razonar (a su manera), tirándose de cabeza al mundo exterior.

Y sin poder evitarlo, siento que no le acompaño correctamente. La culpa de nuevo acecha y te sientes mal por tener ganas de estar a solas con tu pareja, por estar cansada ya de jugar con él, por desear que sea menos dependiente de ti. Y ves cómo arrastras a la pequeña en todo esto, y sabes que si ella estuviera sola las cosas serían muy distintas, nuestros ritmos más lentos. Pero la hacemos correr.

Sé que esto forma parte de su crecimiento y de nuestra evolución como familia. Sé que no es malo. Pero hay que coger fuerzas para lo que viene y a veces parece que al no estar metida tan de lleno en el “mundo de la maternidad” a todas horas, cuesta más (que se lo digan al blog...). Tengo que aprender a soltar cuerda sin miedo y a estrechar el espacio cuando hace falta sin pereza. Sobretodo tengo que aprender a disfrutarlo como disfrutaba de las noches de teta y los días de brazos sin parar. Sin resistencia.

Empieza un curso interesante, Leo entra en primaria, Nora entra en el cole, el invierno acecha sin remedio y habrá que hacer frente a nuevos retos. Cogeré mucha energía del sol, de los días sin horas y de la felicidad del verano. Todavía queda ;-)


¡Feliz maternidad y a disfrutar!

jueves, 7 de enero de 2016

Vuelta

 

 Cuatro meses y casi dos semanas. Parece más tiempo.

Reviso las entradas de 2015. Y sí, puedo verlo.

No sé si este blog continuará, se transformará o se cerrará para siempre. No sé ni lo que voy a escribir mientras escribo estas líneas.

Leo tiene ya 5 años. Nora cumple 3 en una semana. 

Él ya es mayor, un niño pequeño mayor. Ya está almacenando sus primeros recuerdos, los que perdurarán en su cerebro toda su vida y adornarán la visión de su infancia. Da miedo. Ya recuerda, ya lee, ya entiende... Ya todo. Sus emociones se siguen agolpando dentro de él luchando por salir violentas y veloces, y nos llenan de gritos y de ira y de llantos y de caos. Aprender a aislar lo que eso nos provoca a nosotros como padres no es fácil. Mantener la calma y no dejarnos llevar, reconocernos delante del terremoto de cada día es duro. 

Ha habido momentos de duda y de miedo que hemos solventado de momento. Creo que sé lo que mi hijo necesita. Nuestro tiempo, nuestra atención, sentirse importante, felicidad a su alrededor, libertad y poder. Mucha atención, mucha libertad y mucho poder. Mucho espacio para soltar ese vendaval emocional que lleva consigo. Es un niño movido, sí. Movido e introvertido, nervioso e inseguro. Necesita correr y tiene todo el rato miedo de caerse. Supongo que no es fácil ser Leo. 

Está aprendiendo a frustrarse, poco a poco, poco a poco... Algunos tardan toda una vida. Él tiene tiempo aún de coger carrerilla y ponerse el primero. Y de dejar esas rabietas que nos vuelven locos a todos. Hay tiempo. 

Nora es Nora sin Leo y Nora con Leo. A su lado es otro terremoto, pelea, lucha por ser como él. Sin él juega con sus clics y sus muñecas durante largos ratos de tranquilidad. Nora chilla y quiere imponer su voluntad a cada momento, sus rabietas desesperan y siente la misma adicción por mamá que su hermano. Ella es bastante más sociable y calmada, aunque aún existe muy en base a Leo. Ella habla y se ríe con más... cómo decirlo... espontaneidad, ella es más clara, más sencilla, más transparente. Tiene menos sombras y matices.

Y entre luces y sombras (muchas, muchas sombras) hemos llegado al final del 2015, mi sexto año como madre, el más difícil. Creo que desde el 2010 cada año ha ido siendo más convulso, precipitado, complejo. 

Y no, no es por ellos. No. Es sobretodo por nosotros, por la senda que hemos escogido, por nuestra incapacidad de avanzar. Por resistirnos a disfrutar del paisaje. Por la culpa, la puta culpa y las falsas expectativas.

El 2016 no pinta bien. Es lo que hay.

Yo guardo la fé, tú encuentra el milagro. 


lunes, 24 de agosto de 2015

De bebé a niño de alta demanda



Leo el último post de Marujismo y el de Mamá sin Complejos. Éste último fue uno de los primeros que descubrí al empezar en la blogosfera maternal, el de Diana uno de los últimos grandes descubrimientos.

Los dos me llevan a Leo. A su esencia, a su forma de ser, a su crecimiento y su evolución.

Siempre he tenido muy presente el término “Bebé de Alta Demanda”. En su momento consulté webs, analizaba comportamientos y casi todo me cuadraba. Después, simplemente, empecé a aceptar a mi hijo (o al menos a intentarlo). Ahora sé que en gran parte (en casi toda la parte) todo depende de mí. Que mi hijo es como es, no tiene ningún “fallo”, no hay que cambiarle, somos los demás los que tenemos que mejorar para aceptarle y respetarle. Él sólo es desgarradoramente sincero y auténtico. ¿Alta demanda? Quizá sí, quizá sea simplemente que su personalidad no encaja, que es diferente, quizá tenga algún trastorno o de mayor será “el rarito”. Estamos en ello, porque queremos averiguar todo lo posible sobre nuestro hijo, para ayudarle en todo lo que podamos, para que sea todo lo feliz que pueda. Yo utilizo el término porque en su momento me ayudó a entender y porque es una manera de ayudarme a ayudarle.

Es muy difícil.

Ahora que va a cumplir pronto 5 años, me adueño de la reflexión de Belén y siguiendo la lista que encuentro en el post de Diana os cuento cómo ha evolucionado mi bebé de alta demanda hasta lo que es hoy, un niño de alta demanda (esto lo tengo clarinete):

Son intensos en todo lo que hacen

De bebé no siempre. Era intenso en lo “negativo”; al llorar, en las rabietas, en su necesidad de contacto con mamá... Pero era un bebé serio, sus demostraciones de alegría no eran intensas. Esto ha ido cambiando con el tiempo. A partir sobretodo de los dos años y medio esa parte de su personalidad despertó y ahora sí puedo decir que es intenso en todo, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad... :-D Hasta límites insospechados donde todos perdemos la paciencia, él el control sobre su propio cuerpo y el final es una tragedia. Es intenso al hablar, al razonar, al discutir, al jugar... Todo lo lleva al límite. Pero eso no quiere decir que sea un valiente aventurero. Es un niño muy prudente, con muchos miedos y sus momentos de calma. Y no sé cómo explicarlo, pero esos momentos son también intensos.

Absorbentes

¡Cuántas veces habré pronunciado esa palabra desde que soy madre! Sí, me absorbe toda la energía, me come mi espacio vital, me descoloca tanto a veces que saca lo peor de mí... No hay tregua con él, no juega solo, todo el rato te demanda atención, “mamá”, “mira mamá”, “oye mamá”... A veces, cuando se le une su hermanita, creo que me voy a volver loca.

Desde el mismo día en que nació fue absorbente... y yo no pude hacer otra cosas que dejarme absorber, y no me arrepiento de nada. :-)

Maman frecuentemente

Él siempre fue rápido al alimentarse. No se tiraba horas en la teta, en 10 minutos me despachaba... Pero pedía mil millones de veces al día. Al año tuvo un pico muy grande, cuando nació su hermana; a los dos, otro... Leo ha pedido siempre mucha teta, mucha. Muchísima. Y la utilizaba para todo. Consuelo, entretenimiento, refugio, escondite...

Son muy demandantes

Es lo que más he usado para definir a mi hijo. Más que bebé de alta demanda, bebé muy demandante. Y ahora sigue siendo así. Mucho. No le gusta estar solo, nos demanda para jugar, para dormir, nos pide ayuda constantemente, sigue necesitando mucho contacto físico...

Tienen frecuentes despertares

Eso acabó, ¡menos mal! Leo se despertaba innumerables veces. Cuatro, cinco, séis, siete... hasta los dos años y medio o más. Hacia los 3 años ya sólo se despertaba una vez (aunque ahí llegó la época de los terrores nocturnos). Y sobre los 4 empezó a dormir del tirón. Eso sí, lo de dormir solo es muy reciente, hasta hace DÍAS, su padre dormía con él en la misma habitación. Lo que sí sigue necesitando es que nos quedemos con él hasta que se duerme.

Suelen estar insatisfechos

He sufrido mucho pensando que mi hijo no era feliz. Ahora ya no, sé que lo es porque sus momentos de alegría son ¡TAN alegres! La intensidad nos salva. ;-) Pero lloraba por todo, se quejaba por todo... Demandas y más demandas, continuamente... Lo hemos pasado mal, al verle sufrir tanto a él en sus rabietas, al verle sin jugar, alejándose de los otros niños... Ahora es distinto, SÉ que es feliz, se ríe a carcajadas, sus ojos me lo dicen, disfruta con mil cosas, pero esa insatisfacción sigue ahí; quizá sea algo de perfeccionismo, pero el caso es que no se conforma con cualquier cosa. Aquí me da por pensar otra vez que esto es muy propio de él y sólo de él, que es su personalidad, que cada bebé y sobretodo niño de alta demanda es diferente y no hay que caer en las generalizaciones.

Son impredecibles

Bueno, nunca fue un bebé de rutinas pero a la vez las cosas tenían que ser de una determinada manera. Sí hay algo de “nunca sabes por dónde va a salir”, y ahora que es mayor, va madurando y nos sorprende con grandes avances que no nos esperamos. Y sí, “se le cruza el cable” de repente en muchas ocasiones. Y suele acabar en berrinche o rabieta.

Hipersensibles

Hipersensibilidad sensorial manifiesta. Y de la que no es sensorial también, tanto que a mí se me escapa, estoy en periodo de aprendizaje. Su padre lo capta mejor, son tal para cual en eso. ;-)

Son muy activos

De bebé no. Rotundamente no. Otra cosa que me hacía dudar sobre si mi hijo sería un “BAD”. No era de esos bebés que se te escapan de la manita y echan a correr. En el fular o en la bandolera era feliz (contacto físico), empezó a caminar a los 14 meses y a correr y saltar mucho después... Creo que en parte era porque le daba miedo.

Pero ahora... ahora no para. No se está quierto. Ni en el sofá viendo la tele. Da saltitos para expresar alegría o mientras está esperando algo. Corre, se te tira encima, se frota contigo (hipersensibilidad sensorial). NO SE ESTÁ QUIETO.

Eso sí, en el cole no. En el cole... es otro niño (o era, porque a finales del curso pasado ya empezó a despuntar el auténtico Leo, por lo que nos contó su profe).

Necesitan contacto físico día y noche

Pues eso. Era así y lo sigue siendo. Evidentemente hay avances, ahora duerme solo en su camita. Pero por el día nos busca. Busca tocarnos, abrazarnos...

No se calman solos

Pero, ¿qué bebé o niño pequeño se calma solo? El mío no, desde luego. Pero Nora tampoco, y aunque Nora es muy demandante, no es tan “de libro” como Leo... O al menos no tan heavy.

Son sensibles a la separación

De bebé, una exageración. Ir al baño en casa de alguna amiga era un drama. Nadie podía cogerle. Tuvo una ansiedad por separación brutal. El cole fue chungo también, mucho. Muchísimo.

Pero ahora lo lleva muy muy bien. En esto es en lo que más ha cambiado. Este verano ha estado con los abuelos en el pueblo dos semanas. Tenía muchas ganas de vernos ya al final, ¡¡pero allí se lo ha pasado genial!!

¿Conclusión? Mi hijo es casi más de alta demanda ahora que de bebé. Ups. ;-) No, lo que ocurre es que su personalidad va aflorando, se hace más rica, más compleja, más completa, Leo va madurando y lógicamente nos encontramos con más situaciones que solventar, con más características de él que descubrimos, con más “primeras veces”... Experimenta, juega más, ¡vive más! Y todo esto da pie a que su carácter se muestre. Además cada vez es menos reacio a mostrarlo, va venciendo su timidez, sus miedos, ¡se hace mayor! Es más auténtico y más Leo. Y eso hace que veamos en él más aspectos de su personalidad: ese perfeccionismo, esa frustración que es nuestro caballo de batalla también, como decía Belén; sus enfados, sus grandes rabietas (que sigue teniendo...).

Pero también vemos su madurez, su aprendizaje en el control de las emociones, sus razonamientos de niño mayor. Le vemos ceder a veces en algo, le vemos intentar no estallar. Conversamos con él y él se abre a nosotros cada vez más.

Es único y maravilloso. Y sí, es diferente. Lo va a ser toda la vida. Y nosotros... pues sólo nos queda eso, seguir aprendiendo de él y gracias a él. :-)

lunes, 1 de junio de 2015

La lactancia es feminista




Dar el pecho es muy sacrificado. No puedes seguir con la teta si vas a reincorporarte al trabajo. El pecho es muy esclavo. La maternidad devuelve a las mujeres al hogar. Los que dicen que el pecho es lo mejor no piensan en las mujeres, sólo en los bebés”.

Hay quien piensa que determinados “modelos de crianza” no le hacen ningún bien a las mujeres. Que criar “con apego”, dar el pecho, cogerte una excedencia para ocuparte tú misma de tu hijo... son acciones que perjudican al feminismo, que perpetúan roles sexistas.

Creo que una mujer (y un hombre) debe tener derecho a criar a su hijo como mejor le plazca. Por desgracia, esto no es posible en esta sociedad. Como no podía ser de otra forma, el peso del patriarcado cae sobre nuestras cabezas, pero en este caso de un modo especialmente perverso, porque además de las dificultades que nos encontramos de por sí, vemos que son las mismas mujeres que luchan por la igualdad de derechos y oportunidades las que a veces nos perjudican, nos limitan y nos reducen con su discurso.

Mis tetas, mi útero, mi aparato reproductor enterito, es mío y sólo mío. Yo decido si doy el pecho, cómo, cuánto tiempo y por qué lo hago. Es algo muy personal; tanto como la decisión de tener hijos o no tenerlos; tanto como un aborto.

Yo debería tener todas las facilidades a mi alcance para ejercer mi matenidad como mejor me pareciera. Eso, por supuesto, incluye dar el pecho sin tapujos, sin salas de lactancia, sin horarios, y sin el miedo (infundado) de que poco menos que me voy a convertir en “supermaruja al ataque con rulos” (con perdón de Marujismo) y que jamás de los jamases encontraré un trabajo digno.

Primero: como mujer, y sobretodo como persona, el trabajo me la pela muchísimo. Y me hace mucha gracia que la mayor aspiración de algunas sea encontrar un super trabajo con el que poder competir con los super hombres que trabajan 12 horas al día en super oficinas. Siempre me ha parecido muy triste y muy indignante ver a esos hombres que apenas llegan para dar el beso de buenas noches a sus hijos. Que viven para trabajar. Que no saben hacer otra cosa. Que ni a tomar una triste caña salen. Que no desconectan. Ese nunca será mi modelo a seguir, y ójala no fuera el de nadie. El mundo va como va porque la ambición nos ciega.

Segundo: a un hombre nadie le pone entre la espada y la pared de esa forma tan rastrera. Bastante tenemos con ser el sexo discriminado desde el principio de los tiempos, bastante tenemos con las dificultades añadidas que tenemos en el mundo laboral, bastante tenemos con aguantar al gilipollas de turno que nos pregunta en las entrevistas de trabajo si tenemos hijos o pensamos tenerlos, como para encima ponernos piedras en nuestro propio tejado feminista y directamente recurrir a la autodiscriminación. Resulta que no puedo dar el pecho más allá de los 5 ó 6 meses, aunque quiera hacerlo; resulta que no puedo cogerme un año de excedencia, aunque quiera hacerlo... porque tiraré años de lucha feminista por la borda, porque las mujeres no nos podemos permitir ese lujo, porque es que los hombres no se cogen excedencias y es que no cuidan de sus hijos y claro daré una mala imagen feminista y el patriarcado ganará un punto en su partido y yo al entrar cada día en la cocina haré que una mujer en un lugar del mundo pierda un derecho... Debe ser que aunque no trabaje, no puedo cocinar y comer en mi casa, igual me tengo que poner un tacón, alisarme el pelo y maquillarme (muy feminista esto, claaaro. Será que tiene más glamour que hacer una tortilla de patatas...) y bajarme al bar de abajo a comerme el menú del día por 10 euros. Mejor a las 16 semanas me reincorporo a mi puesto de MIERDA donde gano un sueldo de MIERDA en pro del feminismo y la igualdad (¡JA!), aunque yo esté jodida como una perra y echando de menos a mi bebé. ¿Se puede echar de menos a un bebé siendo feminista, o no vale esto? Ah claro espera, si los hombres echan de menos a sus bebés sí, si no, no.

Pues no, esto NO ES FEMINISMO. Esto es estupidez.

Yo soy feminista, y por eso elijo. Elijo hacer lo que me sale del coño, que casualmente es mi hijo. Y elijo quedarme a cuidarlo. Y no creo que eso sea echar nada por la borda, en todo caso es dar algo de luz a una sociedad podrida por el consumismo, la productividad y el dinero, donde los cuidados no se respetan, donde vale más un traje de chaqueta que una mano en la frente de un niño con fiebre. Muy triste.

Yo soy feminista y lucho por un mundo más humano, porque mientras este mundo sea como es, mientras el capitalismo campe a sus anchas y sólo exista lo que se puede vender o comprar con dinero, no existirá igualdad para las mujeres, y eso lo sabe la feminista más básica. O debería. De hecho, en un mundo como el que sufrimos cada día, ni cabe el feminismo ni cabe nada que merezca la pena.

Así que basta ya de decirme a mí, como mujer, hasta cuándo debo dar el pecho sin poner en peligro todo el camino andado. Porque precisamente lo que estás haciendo tú con eso es desandarlo. Como mujer elijo, elijo cuidar a mi hijo, elijo salir a mi hora del trabajo, elijo no hacer horas extra, elijo una reducción de jornada, que en realidad deberíamos tener todos y todas porque los horarios de trabajo no son compatibles con una vida digna, y si los hombres no lo eligen... ellos se lo pierden. Mientras tanto yo seguiré luchando por lo que creo que ayuda al feminismo: la sensibilización en las empresas, los gobiernos progresistas que inciden en las políticas sociales, los horarios racionales, la implicación de los hombres en los cuidados, la conciliación (que no pasa por hacer millones de guarderías desde los 0 años, NO. Pasa por entender que antes de trabajadores somos seres humanos. Que no es cuestión de subir 44 €. la pensión a las mujeres con dos hijos y ya, efectivamente, pero tampoco de equiparar la baja de paternidad a la de maternidad para que los dos tengamos 16 semanas de mierda, yo tenga que separarme de mi hijo antes de que cumpla los 5 meses, se nos complique la logística de su alimentación, se quede sin la compañía de sus padres, sin sus brazos y sin su teta, y encima no podamos repartirnos nuestras bajas como mejor nos venga a nosotros como familia)... y por supuesto la promoción de la lactancia materna:

-porque ahorra dinero, mucho dinero, a las arcas del estado.

-porque es gratis.

-porque implica que grandes multinacionales pierdan parte del poder que tienen.

-porque no quiero que se rían de mí creándome necesidades inexistentes asociadas a la lactancia artificial.

-porque una mujer debe tener acceso a toda la información sobre su propio cuerpo, su propio hijo y la mejor forma de alimentarle para ella. Y eso hoy en día no se da. Y digo mujer y no hombre porque la decisión de alimentar a un bebé con lactancia materna debe ser única y exclusivamente de la mujer, porque hablamos de su cuerpo.

-porque favorece que las tetas dejen de ser consideradas únicamente un objeto de deseo sexual. Y eso ayuda a que dejemos de ser consideradas sólo imagen, sólo sexo, sólo estética.

-porque tenemos que acabar con la represión que sufren muchísimas mujeres por el simple hecho de enseñar un poco el pecho al alimentar a su hijo en un sitio público.

-porque es el mejor alimento que puede recibir un bebé, lo producimos nosotras y nos da autonomía, libertad y poder.

-porque me gusta dar el pecho a mis hijos.

-porque tengo derecho a hacerlo.

-porque quiero.


La maternidad es una de las cosas más reivindicativas que existen. El amor también. No habrá igualdad sin cuidados, no habrá igualdad sin amor. ¿Por qué no miramos más allá?

Dejadnos elegir. Y ayudadnos, no nos pongáis piedras en el camino. Las madres lo tenemos muy difícil hoy en día (y también los padres que quieren ejercer como tales, aunque menos). No digáis que pasemos por el aro. Ese no es el camino.

El camino es cambiar la sociedad, las mentes. Cambiemos las leyes, protejámonos.

Aumentemos el permiso de maternidad. A 1 año.

Consigamos que nos reserven el puesto de trabajo más tiempo.

Que el segundo año podamos coger otra baja con la mitad de sueldo.

Que el padre pueda tener la misma baja con los mismos derechos si la mujer quiere reincorporarse a su puesto.

Dejemos que la familia elija cómo quiere organizarse.

Promovamos una baja de paternidad de 1 mes. Penalicemos a las empresas con padres trabajadores que no se acogen a ella. Luchar por una baja de paternidad más larga es, con todos mis respetos a los padres, una lucha que no es la mía. Que me demuestren que la quieren. Entonces lucharemos juntos. Pero es que yo, mujer, tengo muchas cosas por las que luchar y muy poco tiempo. Y si los puntos anteriores se cumplieran, ni siquiera sería necesario.

Acabemos con el mobbing.

Tenemos ejemplos que funcionan en otros países, pero aquí unos no quieren porque son unos machistas y otros tampoco porque no quieren que se les acuse de serlo. Y los perjudicados somos todos. Y mientras tanto este mundo sigue ignorando a los niños, sigue ninguneándolos, faltándoles al respeto sin siquiera ser consciente de que lo hace. En las leyes, en las escuelas, en los bares, en los aviones, en las calles. Y así nos va.

Las mujeres tenemos la capacidad de gestar, parir y amamantar, y los hombres no. No pasa nada, no es malo ni bueno, simplemente es así y debemos adaptar nuestra sociedad y nuestras normas a esta realidad. No podemos permitir que una mujer se quede fuera del mercado laboral sólo porque quiere ser madre. ¡No podemos permitirlo! No podemos permitir que nuestros hijos se críen en guarderías desde las pocas semanas de vida mientras nosotros, sus padres y madres, no hacemos otra cosa que trabajar para la rueda del capitalismo, para tener dinero a final de mes para pagar el recibo de las 10 horas diarias de escuela infantil y la gasolina para nuestros dos coches con los que vamos a trabajar. Es tan absurdo... Racionalicemos horarios. Revaloricemos los cuidados. Pongamos por delante lo que nos hace humanos, nuestro amor, nuestra capacidad de cuidar, nuestras ganas de darnos a los demás.

Creo firmemente que un modelo de crianza respetuoso, con apego, sin prisas, nos conduce a una sociedad mucho más evolucionada, generosa, solidaria e igualitaria.

Por todo esto quiero luchar.

Soy madre, doy el pecho, cogí una excedencia y soy feminista. Siempre lo seré y siempre reivindicaré esa palabra... Aunque algunas me lo pongan un poco difícil.

Feliz maternidad.

miércoles, 20 de mayo de 2015

La espada de la discordia (o La espada es lo de menos)



(Hace unas tres semanas, después del cole)

Tarde en el parque. A la sombra, en un banco, fuera del vallado donde están los columpios. Estoy con una madre de la clase de Leo, su hija y él corretean cerca, meriendan, remeriendan, se aburren un rato, se entretienen otro... Mientras, Nora muy cerquita de mamá, casi no pide ni columpios. Le da por comerse un poco de tierra, juega un poco con Leo, merienda (más bien picotea...).

Leo viene desde los columpios: -Mamá, quiero una espada.

Yo pienso: “¿una espada? A saber a qué viene esto ahora”. Se vuelve a los columpios y al poco rato Nora me pide ir al tobogán. Allí está Leo y su nuevo objeto de deseo: una espada de juguete que lleva un niño de su edad.

-Mamá, ¿me compras una espada?
-No, hijo, no puede ser.
-Jooooo mamá, ¿por qué?
-Porque no podemos comprar juguetes todo el rato.

Empieza el berrinche, el llanto, los gritos. El drama. El niño portador de la espada se acerca y le dice: “no te la voy a dejar. Cuando sea tu cumpleaños te pides una”.

En ese momento se oye un grito: “¿¿cómo?? ¡Muy mal, muy mal! ¡No le digas eso, encima de que no le dejas la espada!”.

Y aquí empieza el acoso y derribo hacia esa madre por parte de mi hijo, y esa madre se alía con mi hijo y contra el suyo propio, llegando incluso a quitarle la espada por la fuerza provocando una rabieta del pequeño, que lleno de furia ante tanta injusticia se la quita ipso facto de las manos a su madre. Leo lo observa todo impertérrito, él va a lo suyo, a su objetivo: la espada. Alucinada observo cómo esa madre y mi hijo se pasean por todo el parque detrás de ese niño, cómo hablan, confabulan, se hacen cómplices... No me meto, ellos sabrán. Pero la mujer empieza a discutir con un hombre con el que está y Leo está allí pegado a ella, apoyado en su bolso, y yo le llamo. No quiero que esté tan cerca en ese momento.

-Nos vamos a ir.
-¡No!
-Sí, Leo, es tarde ya y me quiero ir a casa. En cuanto Nora baje del tobogán.
-Yo quiero la espada.
-Leo, no te la va a dejar
-¡¿Por qué?!
-Porque no quiere, y nosotros nos vamos.
-Vaaale.

Para nada me creo ese vale. En todo este rato me ha soltado varios gritos, cada vez que yo le negaba la compra de una espada o le decía que nos íbamos a ir. 

Respiro. -Nora, nos vamos a ir. 
-¡No!

Llevo desde las 4 en el parque con ellos, son las 7 casi y veo que empieza la “happy hour” por partida doble. Que me pille en casa, al menos. Después de varios avisos a Nora le digo a Leo (que sigue con la señora esa) que nos vamos ya y cojo a Nora del tobogán. Ella llora (muy fuerte) mientras Leo llora también porque nos vamos (muy fuerte). Una gran salida, por la puerta grande. A nosotros nos gusta así.

De camino a casa le convenzo para hacer una espada con cartón y palos de polo de madera. Aún tiene dos o tres mini berrinches porque cuando está así todo le parece mal y todo se le hace un mundo, pero le gusta la idea. Voy pensando cómo la vamos a hacer por el camino. Cuando llegamos la hacemos mientras Nora me ronda. Le doy a ella unas tijeras para que corte papel y se entretiene en su trona, hasta que veo que se está comiendo el papel. La bajo. Minutos después la subo para darle colores para que dibuje. De vez en cuando se va al estudio donde el papá la entretiene con los instrumentos musicales intentando que no los rompa. La espada está casi.

A Leo le encanta. Se pone a jugar con ella y a tocar con papá y Nora. Yo recojo.

Llega el baño. A regañadientes acceden, porque les dejamos jugar un poco con los cubitos. El momento de lavar el pelo es el peor. Nora está ya en las últimas. Según sale del baño en brazos de papá me empieza a llamar medio llorosa. Lleva así todo el día (¿o toda su vida?). La cojo. Se pone a jugar desnuda en mi regazo. Llega el momento. Hay que ponerle el pañal y el pijama. Da igual cómo lo hagamos, acaba cada noche en berrinche. Y así es hoy también. Llora desesperada, la visto a la fuerza, me cuesta, y ella hipa, diciendo “pishama no, quita el pishama”. Me duelen los oídos. Llora muy fuerte, berrea. Chilla. Está congestionada, alteradísima. Yo también, y el papá. Cansa convivir con una pequeña de dos años que llora y llora y además demanda 800 cosas diferentes en un intervalo de 15 minutos.

Llega la cena. Nora apenas come. Muchas veces es así. Bueno, no lo lucho, eso me da bastante igual. La bajo de la trona. A lavarse los dientes. Leo también. Y otra vez a llorar. Los dos. No quieren. Leo siempre se resiste, llora, protesta, hace huelga. Nora empieza con su “mamá, mamá” llorando y pidiendo brazos, sólo porque me he alejado dos pasos de ella. Yo me enfado, no puedo más, “¡¿pero qué pasa aquí?!, digo. ¡¡Basta ya de llorar!! Voy hacia el baño, el papá se cabrea porque Nora empieza a llamarme como si me hubiera volatilizado de repente, ya no puede con tanto mamá mamá y la coge, la lleva al baño también y empieza él a lavarle los dientes, mientras ella llora y llora reclamándome. Quiere que lo haga yo. Leo ha venido llorando también, se los lavo yo a él. Qué caos y qué dolor de oídos.

El papá dice que no hay cuento, que a la cama ya mismo. Me llevo a Nora a la cama llorando, Leo se va a la suya llorando, no hay besos, no hay buenas noches, no hay nada. Llantos. Los dos se duermen rapidísimo.

De todas formas es habitual que haya llantos al despedirnos de noche. Leo siempre quiere abrazarse con Nora y besarse para darse las buenas noches y ella siempre se niega, sólo le dice adiós y le tira un beso desde la puerta. Leo no lo soporta. Siempre llora.

Madre mía, y ni siquiera ha sido una mala tarde, ha habido ratos en los que han estado entretenidos, sobretodo Leo, que cada vez juega más a su bola y es más sociable.

Pero es que es llorar, y llorar, y llorar...y pedir, y pedir, y pedir... y reclamar a mamá, todo el rato... Y no, no todos los niños son iguales. PARA NADA. Y te pilla un día malo (que tú ni sabías que era malo) con una doble rabieta al cuadrado multiplicada por dos, y...

Que no, que yo no me creo que la gente tenga el tercer hijo después de tener dos como los míos. No me lo trago.

Feliz maternidad... ¿no? ;-)

PD.: Dos días después la espada no le interesaba lo más mínimo, es más, se niega a jugar con ella, dice que ya no le gusta. Esto le pasa muchísimo últimamente, se encapricha con algo hasta la extenuación y en cuanto lo consigue pierde todo su interés. Le estoy empezando a explicar que esto es así; cuando veo que sólo le interesa obtener algo y no ese algo se lo digo. Pero no creáis que se deja convencer... Supongo que aún es difícil de entender para él.

jueves, 30 de abril de 2015

Sin tregua


Leo ha cumplido 4 años y medio y a veces me parece que tiene 15. Puede que esto lo haya dicho en algún otro post. A las rabietas estoy acostumbrada (lo que no significa que las lleve bien), pero los insultos, malas contestaciones, muestras de desprecio, chulería... son algo relativamente nuevo (relativamente, tampoco os creáis...).

Hace unos días fui a bucarle al colegio. Él salió y se puso a jugar en el patio. Le llamé porque tenía que entrar a hablar con unas profesoras y mi hijo se hacía el sueco descaradamente, miraba impasible cómo su profe y yo le llamábamos: ¡LEEEEOO, VEEEN!

Miré a su profe y dije: “estamos en un plan... buf”. Su respuesta fue: “¿me lo dices o me lo cuentas? ¡Aquí también! Hace lo que quiere, cuando quiere...”

Leo siempre ha sido el niño perfecto en el cole. Bueno, tranquilo, obediente. Que no cambie, me decía su profe. Que menuda panda tengo.

Pues sí. Ha cambiado. En casa el cambio no es tan drástico, él siempre ha sido cañero. En el cole, su profe debe estar flipando. Al menos se lo toma bien. “En algún momento tenía que madurar”, dice. Sí, por desgracia madurar parece que es aprender a decir: “no quiero” con voz desafiante, aprender a pegar, querer ganar en todo, ser el más fuerte, enfadarse por todo, gruñir como un perro encerrado, negar por sistema, hacer de rabiar a su hermana constantemente... Qué bonito es crecer.

Y cuando la empatía aún está en pañales, ¿qué hacemos? Porque yo le digo una y mil veces que no hay que hacer daño a los demás, que hay que respetar a las personas, que me molesta que me conteste así, que si su hermana no quiere un abrazo en ese momento no hay que darlo a la fuerza...

Y creo que no hago nada más que sea productivo. Porque gritar y enfadarse creo que no vale... ¿no?

Se me ocurre también trabajar las emociones, con los cuentos por ejemplo, y con actividades a partir de ellos. Tengo ganas de leerle El monstruo de colores. Ha hecho un taller en el cole sobre ese cuento, lo conoce y trajo a casa la rueda de colores con las emociones escritas. Nuestro reto es verlo todo de color verde. ;-) Pero algunas veces él evita los cuentos donde se habla de rabia y enfado... El otro día en la biblioteca no quiso coger uno que se llama Cuando estoy enfadado y en cambio aceptó Cuando tengo miedo, de la misma colección.

Descrubrí un post de Madre primeriza que se llama ¿Quieres que tu hijo sea un cabrón? Es muy bueno y en los comentarios hay ideas, aunque como siempre, cada niño es un mundo y lo que hace mi hijo no es exactamente lo mismo que lo que hace la hija de Gessamí. Leo lo que hace es hablarnos de forma muy borde, con desprecio, con gritos, y además nos reta mucho. No me lavo los dientes, no recojo, si me dices que no tire más esto yo lo tiro mientras te miro y me río... Me apunto, eso sí, lo de las ideas de bombero y el libro de Cómo hablar para que los niños escuchen. Y cómo escuchar para que los niños hablen.

Una vez más, paciencia. A veces creo que podría no escribir nada más en el blog. Entrada 28: paciencia. Entrada 213: paciencia. Entrada 8.217: paciencia. 


Porque drogas no tenéis, ¿no? :-D

Pues eso, paciencia. ¡Feliz maternidad!

viernes, 27 de marzo de 2015

Autocorrección y reseteo



Resulta que llevo unos días currando. Por eso no escribo. Pero ya. Ya voy. Me queda una hora y media por delante antes de recoger a los niños, que están con los abuelos.

El tema estrella siguen siendo las rabietas. Para mí es evidente que Leo está en una racha mala. Llevamos semanas de rabietas muy fuertes, de mucho cansancio, de no saber qué hacer ante situaciones que nos superan a todos. Hemos caído en las amenazas, los castigos y los gritos, pa que no falte de na, y no, no funcionan, y hay que pararlo. Hay que parar y respirar.

Ayer sentí realmente ansiedad y un agujero en el estómago cuando Leo se puso a chillar y llorar en medio de una tienda. Y luego en la calle, cuando me lo llevé en volandas. Y luego en el coche. Pero al menos no le grité. Sólo le expliqué (al principio) por qué no podía permitir que hiciera lo que él quería hacer.

Antes de ayer tampoco grité, aunque sí lloré, de puritita impotencia al ver que tooooda esa paciencia que había puesto en práctica durante un buen rato no había servido de nada y Leo había acabado desobedeciéndome a mis espaldas, para venir a regodearse luego. Menos mal que salimos a la calle y se me pasó, y él hizo un rato de niño bueno para darme el gusto. ¡Y se lo agradecí, vaya si se lo agradecí! Y tan orgulloso que estaba él.

Así que tenemos:

-gritar no.
-amenazar no.
-castigar no (en nuestro caso al menos no sirve de nada a no ser que sean consecuencias muy muy lógicas y “facilitas”... y muchas veces ni con esas).

-mantener la calma sí.
-relativizar sí.
-no tomarse como algo personal sus malas contestaciones.
-dejar las normas claras desde el principio (anticiparse al conflicto).
-ceder a veces y no exigir tanto (creo que a veces se nos pira la pinza un poquito. Hay que repetir: “tiene sólo 4 años tiene sólo 4 años tiene sólo 4 años”).
-no entrar al trapo en las discusiones y no soltar “chapas”. Frases cortas, claras y amables.
-ser neutro. Estar calmado. No dejarse llevar emocionalmente.

Leo es duro, es de los muy duros... Y Nora... tiene dos años y el record mundial de “mamás” y “yo solita” dichos por hora. Además de un carácter y un genio dignos de su hermano (y no sé si de alguien más... ejem).

Y mi punto débil es pensar que esto no se le va a pasar, que seguirá así a los 15 años y será el típico niñato... gilipollas, para qué andarnos con rodeos. Mi mente vuela y convierto a mi hijo en un adolescente egoísta, nada empático, violento... Y me da miedo. Veo tanta ira en él, tanto que soltar... Al menos lo suelta, pero lleva ya tanto soltado y sigue teniendo tanto... Y es a la vez tan cariñoso, tan feliz...

A veces creo que no le damos suficiente poder, toma de decisiones, independencia.

Tiene sólo 4 años tiene sólo cuatro años tiene sólo 4 años.

¡Nosotros podemos!

¡Feliz maternidad!

sábado, 28 de febrero de 2015

Rabietas


Ya he contado en más de una ocasión que durante la primera rabieta de Leo acabé llorando. Estaba tan desconcertada, asustada, preocupada al ver a mi hijo en ese estado... Me sentía absolutamente impotente por no poder ayudarle. Estuvo llorando mucho rato; muy fuerte, muy desesperado. Para mí estaba claro que sufría, y mucho. No quería que le habláramos, ni que le cogiéramos, pero tampoco que nos fuéramos. Al final conseguí calmarle con la teta.

El origen de la rabieta fue que se despertó de la siesta llorando, como casi siempre, y quiso que le volviéramos a dormir, paseándole en el carrito (siempre se echaba la siesta en el carro, igual que ahora su hermana). Al ver que no, que le cogíamos y le sacábamos de allí, se desencadenó todo. ¡Leo siempre ha tenido muy mala leche al despertar de la siesta!

Dicen que las rabietas van más o menos de los 2 a los 4 años. Si esto es verdad, con Leo nos queda poco ya. Tiene 4 años y 4 meses y sigue teniendo algunas, aunque ni tan fuertes ni tan largas como antes. Él empezó antes de los dos años. Revisando entradas antiguas he encontrado esto (aquí el enlace):

El domingo tuvo una fortísima de unos 40 minutos. Qué mal lo pasa él y qué mal nosotros. Pierde totalmente el control, entra en bucle, no sabe ni lo que quiere, te mira y te llama como pidiendo ayuda pero no soporta que le toques... Grita, tose, se ahoga, es como quisiera expulsar algo que tuviera muy dentro y muy pegado en el interior de su cuerpo... El desencadenante es lo de menos, a los 10 minutos ya ni se acuerda; pide algo, tú se lo das pero él reacciona como si le quemaran vivo... Y así una y otra vez... Hasta que de repente pide otra cosa (brazos, teta, que le pongas dibujos...). Lo haces, y... milagro, la rabieta termina de repente tal como empezó.

Quiero escribir un post sobre ellas porque realmente creo que vivirlas es muy duro, al menos lo está siendo para mí. Y creo que hay algo de confusión entre rabietas y "simples" berrinches. Leo es cabezón como él solo, y berrinches, enfados, o como lo llame cada una, tiene mil y más cada día... Pero las rabietas son otra cosa. De lo que yo hablo es de algo que desde luego no tiene nada que ver con llorar para conseguir algo que quiere.

Efectivamente, en el caso de Leo las rabietas son una auténtica pérdida de control, una especie de crisis de histeria o ansiedad. Hoy en día, cuando tiene una, incluso te dice: ¡¡¡es que no puedo, mamá, no puedo calmarme, no puedo dejar de llorar!!! Y da saltos y agita los brazos mientras dice (sin dejar de llorar): ¡¡¡ayyyy ayayayay...ay!!!, con la cara desencajada.

Hace mucho encontré un articulito en un blog que guardé como un tesoro. Es éste, leed porque merece la pena. Cita a Aletha Soler para diferenciar tipos de rabietas:

1. El niño tiene una necesidad básica (hambre, sueño...).

2. El niño tiene información insuficiente o equivocada de la situación en la que nos encontramos: no entiende que tenemos que ir al médico y quiere jugar más en el parque, para él eso es lo importante (los niños son egocéntricos por naturaleza hasta los 3-4 años al menos, es una fase normal), no comprende por qué cogemos una caja de cereales en vez de otra...

3. El niño necesita descargar tensiones, miedos o frustraciones presentes o pasadas.

La autora del artículo dice que no encuentra situaciones recriminables en ninguno de los tres casos. Yo estoy de acuerdo. De hecho de cada una de las situaciones se puede aprender mucho.

Cuando Leo tenía dos años sus rabietas eran casi siempre del tipo 1 y algunas veces del tipo 2. Dos años después, las rabietas del tipo 1 y 2 han disminuído (que no desaparecido) y las del 3 han aumentado.

Leo podía estar una hora llorando porque no podía coger 5 cuentos a la vez para trasladarlos a otro sitio. No entendía por qué no podía. Sólo sabía que quería hacer eso. Era imposible explicárselo, esa explicación estaba fuera de su alcance, de su comprensión. Además sólo gritaba y gritaba, con lo cual no te podía oir.

Cuando empezó el colegio, descargaba tensiones por la tarde de mil maneras distintas, ¡se inventaba los berrinches y las rabietas, los sacaba de la nada! Siempre había una razón para liarla... Esto es más normal de lo que parece, muchos niños son "muy buenos” en el cole y por las tardes los padres alucinan recordando lo que les cuenta la profesora mientras ven cómo su hijo se tira al suelo poseído por el demonio.

Este artículo de Rosa Jové, Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite, es muy bueno también. Al principio todo este tema puede provocarte frustración, porque lees que realmente no hay nada que hacer para que tu hijo no tenga rabietas, lo único que puedes hacer es trabajar contigo misma para comprenderle a él y tomártelas tú de la mejor manera posible. Las rabietas son sanas, son expresiones de emociones, y si permitimos que un niño pequeño exprese sus emociones y no las perciba como algo negativo, aprenderá a ser empático, a ser asertivo, a ser sincero, a ser comunicativo. Podemos pensar que no es bueno ni sano expresar de esta forma las emociones, con gritos, pataletas, con rabia y llantos... pero esto lo sabemos los adultos, y lo sabemos simplemente porque hemos aprendido que hay otras formas de expresarse. Poco a poco los niños también iran aprendiendo a expresar las cosas de otra forma, pero es que en las primeras rabietas a veces no saben ni hablar, tenemos que tener paciencia. Con todo y con eso, muchos adultos parece que no han superado la etapa de las rabietas, habría que ver si les dejaron de pequeños expresarse con libertad y sin coacciones. ¡Sería interesantísimo poder hacer un estudio así!

Naomi Aldor habla también de esto en su libro Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos, ed. Medici. Un libro que te hace pensar mucho, altamente recomendable. Utiliza el concepto de validar las emociones. ¿Y qué es validar? Pues es magia. Sí, magia.

Validar es lo contrario a negar o minimizar los sentimientos del niño. Validar es decir “¿te has hecho daño, por eso lloras?” en vez de “no ha pasado nada, ¿a que no?”, cuando un niño se cae. La validación es escuchar al niño, ayudarle a verbalizar sus sentimientos aunque sea a través de tu voz. Permitir que se exprese y hacerle notar que le comprendes y que no está mal que se sienta como se siente.

Cuando Leo lloraba porque quería algo, o cuando llora Nora ahora, es increíble cómo se rompe la dinámica de la rabieta al decir “tú quieres ir al salón, ¿verdad? No quieres dormir y quieres ir a jugar al salón. Ya.” (por poneros en situación, 2 de la mañana, tercer despertar.... por ejemplo). Y esa frase la dices de verdad, con calma y mirando a tu hijo a los ojos. Sin dramas, sin elevar la voz.

Y el niño para de llorar. Abre mucho los ojos, te mira... y asiente. En su idioma te está diciendo: "¡¡¡Sí!!! ¡Me comprendes! ¡Me siento comprendido, sabes lo que me pasa!". Es la caña, de verdad, probadlo. No os saltéis ese paso, no vayáis directamente al “no podemos quedarnos aquí porque tenemos que...”. Decid primero “tú quieres quedarte aquí, ¿verdad? Ya, es que te lo estás pasando bien y te pone triste irte. Yo también quisiera quedarme”.

Una frase de Naomi Aldor sobre la validación es “cuando los niños perciben que pueden mostrarse como son, que pueden sentir lo que sienten y cuando se dan cuenta de que nos importa su punto de vista, suelen crear la solución a su propio problema, o hacer las paces con la realidad”.

La cuestión es que lo que importa es lo que siente el niño, no cómo lo expresa. 



Ahora sí, no esperéis milagros. A mí, después de validar, me salía el: “...pero nos tenemos que ir porque...” ¡Y ese “pero” lo jodía todo, jajaja! Pero como dice Naomi, la validación es su propio resultado. No es un método para controlar el comportamiento del niño. El resultado es que el niño se siente seguro sintiendo y expresando plenamente sus sentimientos. Y esto es, en todo caso, una inversión a futuro.

Al final, los truquitos son lo único a lo que podemos agarrarnos para pasar esta etapa sin perder toda nuestra dignidad. Algunos que a nosotros nos han servido (o que pienso que son acciones muy positivas) son:

-Evitar la rabieta. Éste lo dice mucho Rosa Jové, y es el más efectivo... Y el más difícil. La maniobra de distracción suele funcionar cuando son pequeños. No llevarles a sitios que les estresan o les excitan, no pasar por delante de una tienda de chuches si sabemos que van a pedir y que no les vamos a dar. En fin, este recurso yo creo que lo utilizamos todos a veces. Yo personalmente intento explotarlo al máximo, aunque hay que ser previsora y a mí no se me da muy bien.

-Darle poder y libertad en su vida. Sí, aunque sea un bebé. No mantenerle “atado” con normas y normas y normas... no imponer prohibiciones absurdas, dejarle elegir todo lo elegible. Puede parecer que así favorecemos las rabietas y no al contrario, pero si un niño se siente libre, se siente con poder... ¿para qué va a montar rabietas para conseguir las cosas? No tendrá necesidad de expresarse así. Esto no quiere decir que si crias así a tu hijo no tenga rabietas. Para mí la personalidad del niño es lo que más influye. Pero creo que criar hijos reprimidos no nos lleva a nada bueno, y en la medida de lo posible yo intento que no lo estén demasiado, teniendo en cuenta que tienen que cumplir a lo largo del día infinidad de normas.

-Permanecer a su lado sin agobiarle y respetar en la medida de lo posible sus necesidades. Algunos niños reclamarán brazos, pero en muchas ocasiones no quieren ni que les toques. Leo concretamente no quería que le tocáramos ni que le habláramos, pero sí que le miráramos, que le prestáramos atención. Él solía mirarnos fijamente mientras lloraba, como pidiéndonos ayuda o como si fuéramos su tabla de salvación en el océano, y si apartábamos la vista se ponía más histérico aún. Habrá gente que diga que hay que retirarles la atención, hacer como si no estuvieras fijándote... Bueno, yo pienso que hay que hacer lo que al niño le ayude, y no veo ningún problema en eso. Cuando Leo se ha hecho más mayor sí he probado a veces lo de “mira, Leo, yo estoy aquí, cuando dejes de llorar y gritar te ayudo, así no puedo hacer nada”, y me siento a leer una revista y ya. Pero es que de verdad que no puedo hacer nada más, no es teatro. Y él ya entiende lo que le digo, estoy hablando de los 3 años para adelante. En cualquier caso, si él reclama que yo esté a su lado, que le hable, yo lo intento, y digo intento porque a veces no se le entiende nada o con cada cosa que digo se cabrea más y tengo que retirarme un poco aunque le moleste. Como véis, depende mucho también de la situación concreta.

-Validar emociones. Como he explicado antes, es pura magia.

-No hablar demasiado. No es el momento de soltarle una chapa, y menos con tono enfadado. En todo caso después, aunque cuando son muy pequeños, dos añitos, por mi experiencia tampoco sirve de mucho pero bueno, no está de más hacerlo. Eso sí, no esperes que te haga caso. Parece una tontería pero no, no puedes pretender eso, quizá cuando lleves 800 millones de veces repitiendo lo mismo, lo asimilará, coincidiendo con el momento exacto en el que se supone que lo asimilan todos, para dejarte con la duda de por vida de si gastaste toda esa saliva en vano. Cuando ya son más mayores, como Leo ahora, pues ya sí se pueden explicar más cosas, claro. E incluso yo “me meto” en medio de la rabieta para intentar cortarla, hablándole, pidiéndole que se calme...

-Ofrecerle alternativas si es posible. Aquí de nuevo habrá mucha gente que diga que eso es malcriar, dejar que él gane... Pero cuando te liberas de toda esa carga heredada te das cuenta de que aquí no hay ganadores y perdedores, y de que el miedo no nos lleva a ningún sitio. No veo peligro en decirle a mi hijo que no se preocupe o que no se enfade porque no podemos sacar las témperas ahora, que si quiere podemos hacer otra cosa que yo sepa que le gusta y que es más factible en ese momento. Aunque él esté berreando y chillando. Si no penalizamos automáticamente esta expresión de sentimientos, veremos que como padres podemos hacer muchas más cosas por nuestros hijos y que podemos ser un poco más felices todos. Eso no quita para que poco a poco le vayamos inculcando que también nos podemos expresar sin gritos y llantos, incluso aunque estemos enfadados. Y digo también, no “en vez de”. A veces no es malo gritar, y mucho menos llorar. Yo suelo decir que me molestan los gritos, que me hacen pupa en los oidos y que por eso todos tenemos que intentar no gritar, para no hacernos daño los unos a los otros.

-Cuentos sobre emociones y hablar sobre emociones. Si un niño sabe lo que es estar enfadado, triste, nervioso, con miedo... aprenderá a reconocer esas emociones, las comprenderá y tendrá más recursos ante sus propias frustraciones y enfados. Además, cuando controle el lenguaje podrá decir cómo se siente.

-Relativizar. Desde que soy madre, este verbo es un mantra. Sobre todo desde que soy madre de dos. Nada es tan grave, no hay consecuencias fatales, todo pasa.

-Sentarse y no hacer nada mientras no pierdes la calma. ¡Éste es el mejor, jajaja! El estado zen es el objetivo final. ;-) No perder tú la calma, no explotar porque, con perdón, entonces la has cagado (yo la cago continuamente, ejem...). Además los niños perciben nuestras tensiones y las reproducen en sus propias acciones. En otras palabras, cuando peor estás tú, más cabrón estará él! ;-) Hay que hacer borrón y cuenta nueva, poner el contador a cero, y vuelta a empezar.


En definitiva, de todo se aprende, y de las rabietas también, y mucho. Para mí la clave somos nosotros, los padres; cómo nos las tomemos. Sin miedos, sin sentimientos de culpa, sin rechazar la expresión de sentimientos de nuestro hijo y con infinita paciencia. Intentando cada día comprenderle mejor y ayudándole en su aprendizaje emocional. Ese aprendizaje emocional es uno de nuestros mayores retos ahora con Leo, creo que entramos en una nueva etapa que durará mucho... ¡y que promete ser apasionante! :-D

¡Feliz maternidad!

jueves, 11 de diciembre de 2014

Los bebés sí sienten la separación



¿Tiene séis meses y aún no te has separado de él? Le vas a volver loco, eso no es bueno ni para él ni para ti.

¿No va a la guarde? Yo creo que a esta edad les viene bien estar sin mamá a ratos.

No pasa nada por que duerma fuera una noche. Que los disfruten los abuelos que también tienen derecho.

Lo pasan peor ellos que tú.

Ellos no se dan cuenta.

Si luego no te echan de menos.


Frases que juzgan, que tergiversan.

La cultura de la separación nos arrolla, nos envuelve. Nacer es empezar a separarse de la madre... y cuanto antes mejor. Dependencia, esa palabra nos horroriza. Aunque hablemos de un bebé de meses. Aunque hablemos de un niño de 4 años.

Y parece que admitir que nuestros hijos sí dependen de nosotras es un fracaso, es menospreciarles. “Mira, éste se va con cualquiera, será golfo”. Y la madre lo dice con orgullo. “Es que le cuesta habituarse a la gente nueva...”. Y la madre lo dice avergonzada.

Los bebés sí sienten la separación. ¿Cómo podrían no sentirla? ¡Están conectados a nosotras! Y sí, nos echan de menos. Si nos quieren y somos lo más importante para ellos, ¿cómo no van a echarnos de menos? Y tan respetable es que duerman con los abuelos desde los 5 meses como que no lo hagan nunca.

Yo nunca me fui por la noche cuando estaba sólo Leo. Sentía que él me necesitaba. Y yo necesitaba darle lo que él necesitaba. Negar esas dos necesidades, la suya y la mía, hubiera sido estúpido y doloroso para los dos. Luego nació Nora y unos meses después Leo empezó a quedarse a dormir alguna noche con los abuelos. ¡Incluso se fue a pasar 10 días de vacaciones con ellos al pueblo! Yo quería que él pudiera, que él quisiera, y cuando pudo y quiso lo hizo. Mientras tanto, Nora estaba conmigo. Y sigue estándolo. De nuevo, como con Leo, siento que no está preparada. Toma pecho varias veces por la noche, no duerme del tirón, cuando se despierta llama a mamá. Y nada de eso es malo. Yo podría elegir intentar cambiarlo. O podría seguir su ritmo. De momento estoy siguiendo su ritmo. Y eso no es malo. Tampoco sería malo intentar que se acostumbrara a dormir sin mí, sin su teta. Pero simplemente no quiero hacerlo. He elegido no hacerlo. Y eso no es malo.

Me gustaría vivir en un mundo donde los niños tuvieran más cabida y protagonismo. Donde la sociedad fuera consciente de que son seres humanos con derechos. Donde no se les relegara, ni se relegara, minimizara e incluso negara su dolor y sus emociones. Donde una madre no tuviera que salir de cena casi recién parida, con los pechos a punto de explotar y su bebé en casa con la abuela y un bibe, sólo porque se supone que es lo que tiene que hacer. Porque no ir a esa cena con tus compañeras de trabajo significa que “tu hijo te ha cambiado la vida” y eso es lo último que debes permitir (por detrás de que “te use de chupete”, otra gran frase de la maternidad).

Me gustaría vivir en un mundo, en una sociedad, en la que no se machacara a una madre por no querer irse de “viaje romántico” con su pareja. Abuelos, amigos, la susodicha pareja... Todos presionando de una forma u otra para que se separe un poco de sus hijos, preguntando qué es lo que pasa, qué problema hay, si estás bien, si no crees que ya es hora... Otra vez frases, preguntas, que encierran trampa. ¿Problema? ¿Hora?

Me gustaría que una madre se pudiera ir de finde con sus amigas y sin sus hijos sin necesidad de escuchar de cien bocas distintas, con tono condescendiente y aires de superioridad: claro, si es que esto hay que hacerlo de vez en cuando. ¡Hombre, ya era hora! Esto viene bien, es necesario para ti y para ellos. Buá, si luego con los abuelos están genial.

Que no. Que no es una terapia. Que no estamos remediando un error o solucionando un problema. Sólo me voy de finde, coño. Y no necesito tampoco que nadie me diga que mis hijos van a estar genial con sus abuelos como si yo no lo supiera, y no necesito que nadie “me consuele” o me anime como si hubiera dado un gran paso (“hola, soy una madre loca y después de X tiempo me voy de finde”. Suenan aplausos). Y sí, soy consciente de que mis hijos sí me echarán de menos, y me voy siendo conciente de eso, y ser consciente de eso es bueno para mí y para ellos. Y lo que no es bueno es que me intenten hacer creer que esto no es así. Los niños son ellos, no yo. Y yo sé lo que hago y merezco respeto hacia mi forma de criar.

Todo esto afecta más cuando es otra madre la que lo hace, la que lo dice. Y si es la propia puede resultar dolorosísimo. Es cuanto menos curioso comprobar cómo el sentimiento de culpa atraviesa generaciones.

Me encantaría que nos tuvieran en cuenta, a las madres (¡y a los padres!). Porque sabemos lo que hacemos. Y me encantaría que todo el mundo dejara de actuar como si los bebés no existieran. Existen, son el futuro, y si no fuera por ellos este mundo no tendría sentido. Así que vivamos acorde con sus necesidades y no al revés. Todos. Madres, padres, gobiernos, empresas. Si esto sucediera quizá seríamos, las madres (y los padres), todos, un poco más libres a la hora de hacer o no hacer ciertas cosas e iríamos un poco más a la par... O eso quiero creer.

Es que parecemos tontos, a veces. O inhumanos, no sé.

Feliz maternidad.

miércoles, 9 de julio de 2014

Marte

Hoy quiero escribir desde el corazón, sin ser políticamente correcta, sin pensar en lo que digo, sacándolo todo fuera y liberándome. Llevo unos días con todo esto dentro y no me gusta.

Quiero decir que me siento orgullosa de cómo estoy criando a mis hijos. Sé que hago muchas cosas mal, en muchas ocasiones no soy la madre que quisiera ser pero no me culpo, sé que es difícil, sobretodo seguir sus ritmos, tener paciencia, entender sus actitudes... Y a veces nuestra estúpida mente de adulto se pone delante y lo tapa todo. A veces también, simplemente, exploto y grito y luego me arrepiento. 

Me molesta, o me duele, o me afecta de alguna manera, vez qué diferentes son las cosas en mi entorno. Comprobar que de lo que se quejan los demás es lo normal para mí y de lo que me quejo yo ellos no tienen ni idea porque jamás lo han experimentado ni vivido con sus hijos. No me gusta ver cómo a mi alrededor los bebés no toman teta "porque están todo el día enganchados y eso no puede ser", cómo a otras madres les resulta tan fácil dejar a su bebé recién nacido con otras personas y alejarse de él. Cómo "se aburren" con él cuando apenas acaban de parir. Cómo casi todo el mundo habla de lo bueno que es dejar a sus bebés un fin de semana y hacer una escapada, cómo casi nadie habla de lo bueno que es estar con ellos el mayor tiempo posible y cogerles mucho en brazos.

Cada madre es la mejor madre para sus hijos, eso ya lo aprendí hace tiempo, y también que juzgar es estúpido e injusto. Lo que a mí me pasa realmente es que no me gusta ir a contracorriente. No me gusta nada. Y me da envidia ver que la inmensa mayoría de madres a mi alrededor tienen como 100 cosas en común... y yo tengo 10. Y me siento diferente. A lo mejor soy imbécil por sentirme así, no sé. Yo sólo sé que quiero ser "normal", quiero hablar de mis hijos con otras madres sin tener que acabar diciendo "ya", "sí", "claro"... porque me hablan sobre Estivill, sobre que dar teta es una esclavitud, sobre que si les metes en tu cama estás perdida, sobre que se te suben a la chepa, sobre que tal finde me voy con mi marido a la playa... Y si yo hablo, a los pocos minutos son ellas las que me están mirando raro y diciendo "sí", ah sí?" "ah pues yo no...".

Y lo que pasa con la crianza es que no somos capaces de ver estas posturas a veces tan opuestas sin que nos toque en lo personal. ¡Normal, estamos hablando de nuestros hijos y a veces son realmente opuestas! No es tan fácil como decir:

-uf, a mí es que dar teta más allá del año me da repelús, además es que se hacen más dependientes y claro, no saben estar sin mamá... un coñazo y es que es peor para ellos yo creo.

-claro, es verdad, qué interesante. Yo es que pienso que la lactancia es algo tan bueno para ellos... y a mí me encanta dárselo, les alimenta, les consuela, pero si incluso potencia el desarrollo cerebral, previene enfermedades...

-yo es que cuando se pone tonto, al rincón a pensar. Y lo mejor ignorarle. Luego se le pasa y ya.

-ah sí? Yo pienso que así le estás causando un daño bastante importante a tu hijo, que no es que le vayas a traumatizar de por vida, pero hacerle sufrir sólo porque tiene 2 años y se está reafirmando, pues no lo veo. Me parece cruel, yo intento entenderle, he leído sobre por qué actúan así y es un síntoma saludable, hay que tener paciencia y acompañarles en su rabieta, sin ceder a lo que piden si crees que no debes hacerlo, pero nada más.

¿Creéis que una conversación como cualquiera de las dos anteriores puede fluir de manera cómoda, interesante, relajada, con risas incluso... a no ser que las dos personas sean amigas íntimas? (y ni con esas, diría yo). Vamos, ni el mayor experto en diplomacia del mundo sale vivo y coleando (feliz como una perdiz) de algo así. Lo mejor que puede pasar (que es lo que suele pasar en mi caso) es que la conversación dura un suspiro. Sin que llegue la sangre al río ni mucho menos, pero desde luego no se acerca ni de lejos a una conversación mínimamente interesante, sincera, estimulante o al menos un poco entretenida.

Para mí es una necesidad no satisfecha del todo. Creo que compartir con otras madres sobre crianza es valiosísimo, pero a veces me gustaría poder compartir algo más de lo mío, no únicamente esas 10 cosas en común, que están muy bien, pero se me quedan cortas.

Cuando estoy positiva esas 10 cosas me parecen 100 y entonces creo que estamos todas bastante cerca. En momentos como éste esas 10 se me hacen 2 y me siento de Marte. ¡¡Y no quiero ser de Marte!! (Por suerte algunas marcianas hay cerca de mí, y algunas medio marcianas, que también me sirven, jajaja).

Este mundo de adultos, que desprecia a los bebés y a los niños, a veces me da asco. Aquí lo dejo, expulsado está, y a otra cosa. :-)

Feliz maternidad. 


miércoles, 18 de junio de 2014

Mis bebés de alta demanda

Estaba leyendo la última entrada de Un papá en prácticas. Tema estrella en mi maternidad: la alta demanda (en el post anterior hablo también de esto). Hoy mismo me he levantado para ir al baño y mi hijo de tres años y medio se ha pillado un berrinche increíble porque no le he dejado entrar, a la vez que mi hija de dieciséis meses comenzaba a llorar también porque me había ido. Él tirado en la puerta del baño llorando a pleno pulmón; ella haciendo lo mismo en brazos de su padre, al que le agradezco enormemente que no se haya ido a cortar las venas.

En su momento descubrí y leí la web de bebés de alta demanda, pero había cosas que no me cuadraban. Supongo que dentro de la alta demanda hay muchos matices, y por supuesto otros muchos factores influyen, desde la propia personalidad o carácter del bebé hasta los diferentes ritmos de desarrollo.

En mi caso, lo que no veía en mi hijo era lo de la hiperactividad y lo de la intensidad en algunos aspectos.

Mi hijo no era especialmente activo, nunca ha sido el típico bebé explorador. Casi no se atrevía a gatear lejos de mí, estuvo pidiéndonos la manita para andar (después de haber aprendido) durante mucho tiempo, incluso ahora lo hace. Nunca se me ha ido a la carretera corriendo. Anduvo a los 15 meses, es decir que no fue muy precoz. Tampoco ha sido un bebé escalador. Si yo estaba a su lado él estaba bien. Si yo me separaba de él no.

Intenso... Intenso era para llorar, para expresar su desacuerdo con algo, para pedir su teta. Intenso fue después con sus rabietas, con sus terrores nocturnos, con sus berrinches, con su enfado con el mundo... Con el comienzo de su adolescencia de los dos años. Pero no sonreía ni se reía con inensidad, era un bebé serio. No era intenso en sus juegos... era un bebé tranquilo, más o menos... Siempre que estuviera pegado a mí, ya digo. Miraba muy intensamente, eso sí. El vecino le hacía el típico “gugu tata” sonriendo y Leo le miraba cual esfinge, con cara de poker, sin apartar la vista, jajajaja. Esto sí ha ido evolucionando y ahora es un niño muy alegre, que ríe como loco y que sí, puedo decir que es intenso también en su alegría. Intenso, desbocado, a veces incoherente, qué se yo... Está muy loco, jajaja.

El resto de las cosas sí las clavaba: hipersensible, muy demandante, absorbente, con muchos despertares, no se calmaba solo, por supuesto (¿¿qué bebé hace esto??); mucha angustia de la separación, sensación de que estaba insatisfecho, más adelante de que no era feliz...

No sé si mi hijo era un bebé de alta demanda. Pero era un bebé así, que no te dejaba ni un minuto, que lloraba desconsolado si le dejabas en brazos de alguien, que no aceptaba dormirse nada más que conmigo, que necesitaba contacto físico constante, un bebé al que le encantaba el fular y los brazos, claro. Y no especialmente mirar hacia delante. Esto lo he comprabado con su hermana, que cuando llegó a la edad de 4 ó 5 meses parecía la niña del exorcista girándose en el fular. Leo, si le ponía en la espalda, iba bien. Pero si le ponía delante también, e incluso se acurrucaba... :-)

A Leo no le ha cogido ninguna amiga en brazos. Nunca. A veces lloraba sólo si le miraba alguien o se dirigían a él. Su necesidad de mamá era brutal. Aún hoy es brutal si lo comparas con otros niños. Por supuesto eso de que empiezan a preferir al papá y quieren hacerlo todo con él no ha llegado a nuestro hogar... Sigue siendo hipersensible, muy demandante, se frustra muy fácilmente...

Guiándome un poco por lo que apunta un papá en prácticas, tengo que decir que al principio va a peor, pero luego ya no. De bebé de alta demanda pasas a niño de alta demanda, sí. Pero inevitablemente se van haciendo más autónomos. Eso sí, poco a poco. Muy poco a poco. En nuestro caso la época de las rabietas ha sido muuuuy dura (no sé por qué hablo en pasado, ejem...).

Lo de estar muy en forma... Yo diría que necesitas aguantar. Aguantar y aguantar más. Desde luego yo no estoy en forma, ¡ójala! Al final da lo mismo, te agotarás igual y te dejará k.o...

Te lleva al límite, claro. Cada día y cada noche. En nuestro caso, pasamos muchas horas con él, yo no trabajo desde que nació. Y efectivamente no hay paz para las madres, y para las de dos “lapas” en vez de una ya ni te cuento.

El punto 5 es crucial y por aquí andamos en ello. Nunca hemos discutido tanto pero lo que no te mata te hace más fuerte, ¿no? ;-) De todas formas en nuestro caso ha influído y mucho el hecho de que el punto 7 nos lo saltamos muy pronto... Leo no ha sido un niño-cuco. ¿Por qué? Porque el muy perro esperó a que yo estuviera ya embarazaba para inaugurar la temporada de las rabietas (un año y medio apasionante) y porque yo estoy loca también, sí.

Lo de la casa ordenada, bueno, como ya he dicho Leo no es especialmente “terremoto” excepto para correr, saltar y lanzarse en plan pressing catch sobre ti. Y eso no desordena, en todo caso magulla... Además mi chico es un as en eso de limpiar y ordenar y organizar...

Por supuesto Leo es maravilloso y especial. Pero sí, es duro. A veces piensas que eres tú, que al criarle así le has hecho así. Pero no. Es una necesidad tan pura y genuína la que demandan que para mí no hay lugar a dudas. Lo que yo he hecho (o intento hacer) es respetar y responder a esa necesidad.

Mi hija es diferente en algunas cosas, pero en otras igualita que su hermano. La mamitis hiperdesarrollada también la padece (o mejor dicho la padezco yo, jajaja). Ella es más sociable y eso facilita un poco las cosas. Pero los despertares múltiples están ahí también, la demanda casi constante de mamá... Es más alegre y a veces va a su bola. Es genial ver eso en un bebé tuyo. Cómo juega a tu lado sin mirarte, entretenida ella solita; cómo de repente se levanta y ¡se va a otra habitación! Aunque sean unos pocos minutos y sólo a veces, eso era impensable con Leo hasta hace muy poco. Ella al menos se recorre la casa a veces, va para un lado y para otro... ¡yo creo que Leo ni eso hacía si no iba yo a su lado!

Y sí, no son como todos los bebés.

Ánimo, es apasionante... ¡Y no tengáis prisa por el segundo, jajaja!