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lunes, 29 de febrero de 2016

Sombras

 

Cada vez leo más frases (por ahí, por las redes sociales, por blogs, por los wassaps de amigas...) que relacionan la maternidad con la pérdida de la cordura. Hay algo en ser madre, en nadar en las aguas más profundas de la maternidad, que te hace volverte loca, perder el control, explotar en mil emociones encontradas (en realidad en tres o cuatro). 

No todas las madres sienten esto... creo yo. Me da la impresión de que esto sólo pasa cuando te has dejado llevar, cuando no has hecho caso a esa manida frase que dice que no permitas que un hijo te cambie la vida...

El amor que siento es muchas veces parecido a ese amor de adolescente arrebatada, es de ese que duele, del que te hace llorar... y del que te hace sentir que ahora sí, tu vida tiene sentido. 

Ese amor realmente es un poco mentira, pero cuando lo experimentas por un hijo es diferente. Porque los niños son mágicos, sinceros, extraordinarios y siempre perdonan, y siempre olvidan, y aman de manera incondicional... como ningún adulto sabe hacer.

Últimamente mi hijo me duele demasiado. Me hace perder demasiado la cordura. Temo tanto por él... Tengo miedo a que no sea lo que yo quiero que sea, y quiero que sea eso que yo creo que es lo mejor para que nadie le haga daño y para que pueda ser feliz. 

Ahora tiene más recursos para desobedecer, contestar... Ahora se enfada mejor, tiene más frases lapidarias... Ahora se rebela más y a mí se me remueven todos mis cimientos... 

¿Qué hacer? 

Es puro impulso, pura pasión, ¿y cómo enseñarle que a veces es mejor contenerse, que a veces hay que respirar hondo tres veces? ¿Que no es tan importante? ¿Que esas emociones desatadas, libres, son dañinas para los demás porque provocan acciones dañinas? ¿Qué hago cuando pegue a su hermana, cuando nos conteste sin ningún respeto? Todo mi ser me empuja a "enseñarle", a "educarle", a repetirle que eso está mal. 

Pero eso no sirve. Al menos no en él. Al menos no todavía.

Me enfado, me enfado mucho, le pido que obedezca, pero no lo hace... no lo hace nunca.

Así no le ayudo. 

Intuyo lo que necesita.

Más amor. Más atención. Más exclusividad. 

Más libertad. Más entretenimiento, más motivación.

¿Pero cómo dárselo cuando yo estoy bajo mínimos, sin reservas?

Más calma. Más paciencia. Más respeto.

Tengo que recordarme a mí misma: no gritar, no perder los nervios, no trasladar mis miedos, no reflejar en él mis inseguridades... No devolverle eso que me remueve por dentro con sus actos, porque sus actos son suyos, son presente y son inocentes. Eso me repito.

Es pequeño y no quiero enseñarle ya a tragar, a esconderse, pero me gustaría tener la certeza de que aprenderá a sentir empatía, de que respetará a los demás en el futuro.

A veces veo muy claro que no es capaz, y que le presionamos y hacemos que se frustre. A veces pienso "¡pobre!", y me compadezco realmente de él. 

Sólo quiero darle amor... pero a veces me siento vacía y sólo quiero huir, que nadie me necesite. 

Sólo me pasa con él, con ella no. Sé que él es especial. Él despierta mis sombras y ella mi luz... 

Mi niño. Mi niño intenso, mi niño insondable, mi niño-opuesto... Te quiero tanto.


viernes, 15 de enero de 2016

Cosas que dicen, que hacen... y que me hacen seguir a mí (IV)

 

En estos meses sin escribir mis hijos han evolucionado mucho. Leo ha cumplido 5 años y hace muchas cosas “de mayores”. Gestos, ironías, registros de voz... Comparte mucho más lo que le pasa, sobretodo en el colegio, y también lo que piensa, lo que se le viene a la cabeza de repente. Además está avanzando mucho en lo social, ahora juega mucho con sus compañeros en el cole y tiene preferencias por ciertos niños, con los que está casi siempre en el recreo. Si vamos al parque por la tarde y se encuentra con algún niño o niña de su clase se pone muy contento y enseguida se va a jugar con él o ella. Y con los hijos de mis amigas está más suelto, más resolutivo, con mucha más iniciativa. El otro día estuvimos con una amiga mía y su hijo, y esta amiga había quedado con otras tres que tienen hijos también, a los que Leo apenas conoce. Pues estuvo jugando tan feliz toda la tarde, sin miedos ni vergüenzas. Yo sonreía cuando le oía llamar feliz a uno de esos niños a los que ha visto tres veces en su vida, gritando para que fuera a continuar el juego con los demás.

Me pasó también con otra amiga que tiene dos niñas de la edad de mis hijos. Su hija mayor y Leo son tímidos, reservados... y jamás habían jugado juntos cuando habíamos quedado. Estas navidades alucinábamos las dos al verles partiéndose de risa en casa, interactuando, hablando entre ellos y jugando también con las hermanas pequeñas. ¡Es maravilloso verles así!

Nora ha crecido también mucho. Habla y conversa como una abuelilla a veces, tiene mucha picardía e intenta conseguir todo lo que quiere utilizando la palabra. Si no quiere ir a la ducha se inventa cualquier historia absurda mientras te dice: espeeera mamá, que aún no he terminado de hablar. Te quiero contar una cosa, ¿no te das cuenta? Es queeee.... el cielo es azul, y entoooonceeesss.... yo estaba en el salón, y entooonceees... tú venías, y entooooncesss... Leo cogió un muñeco mañana y entonceees... y así hasta el infinito o hasta que la pobre acaba llorando porque la tengo que cortar y llevarla en volandas, ains.

Sigue imitando en todo a Leo, en gestos, en frases y en acciones. ¡Y se llevan como el perro y el gato! Casi no juegan juntos, y cuando lo hacen es durante muy poco tiempo y a cosas muy brutas que suelen acabar con alguno de los dos llorando. A veces voy de un lado a otro del salón porque los dos me reclaman continuamente en sus juegos.

Nora me dice mucho que me quiere, y si me voy un rato, cuando vuelvo salta de alegría y se abraza a mis piernas y dice sonriendo: "¡mamá, creía que no ibas a volver nunca!" o "mamá, me alegro de que estés aquí" (bueno, también lo hace cuando he ido al baño). Es un poco desesperante porque su necesidad de mí parece que es cada vez más grande. Me dice que me quiere porque soy muy guapa, ¡y me coge la cara con sus manitas y me lo dice mirándome a los ojos! Para comérsela... :-)

Para muestra, una conversación hoy en el coche, yo con ellos volviendo de casa de los abuelos:

Leo: ¡¡mamá, mañana es viernes, tenemos que hacer la corona para el cumpleaños de Nora!! (el sábado cumple tres años).
Yo: sí, mañana lo hacemos, pero Leo, recuerda que es una sorpresa para Nora (Nora está en la silla a su lado y no hace ningún comentario, a saber si nos está prestando atención o está en su mundo de fantasía lleno de mamás y bebés en el que vive 16 horas al día).
Leo: pero mamá, ¿¿cómo vamos a hacerla sin que se entere, si Nora quiere estar todo el rato con mamá??
Yo: ya encontraremos la manera hijo, no te preocupes... (glups, ¡jajaja!).

Ahora podemos charlar mucho con él, mola mucho tener conversaciones con tu hijo en las que él te explica algo que siente, algo que se le ha ocurrido, algo que le pasa... Y pregunta mucho, quiere una explicación sobre todo.

Y me hace mucha gracia comprobar que esto existe, y su forma de expresarse tan adulta, junto a los tiempos verbales mal utilizados o las palabras mal dichas aún, como por ejemplo “amelojor” en vez de “a lo mejor”.

De este verano tengo un par de mini conversaciones que merecen la pena:

-Leo, por qué no quieres darle un beso a Nora?
-Porque no.
-Eso no es una razón, será por algo por lo que no quieres.
-Porque no.
-¿Pero por qué no quieres decírnoslo? A ver, danos una razón.
-¡Que no es que no quiera decírtelo, es que no sé lo que son las razones!

El monstruo de colores, leyéndoselo a Leo:

-y tú, ¿cuándo estás contento?
-cuando Nora me da un beso, cuando Nora me da un abrazo... y ya no se me ocurre más.

-y cuándo estás triste, ¿qué te pone triste?
-cuando Nora no me da un beso ni me abraza.

-¿y cuándo estás muy enfadado? ¿Qué te hace enfadarte?
-cuando Nora me pega.

-¿y cuándo estás en calma?
-cuando juego.

-¿y cuándo sientes amor?
-¡cuando te quiero! :-)

En el metro:

-mamá, ¿qué pone ahí? (ahora ya no me lo preguntaría, ¡lo leería él!)
-dirección Paco de Lucía. Es que Paco de Lucía era... bla bla bla... muy famoso y tocaba muy muy bien la guitarra y por eso pusieron su nombre a una estación.
-¿y no le dieron una copa?

Nora (jugando con una cuerda a punto de rasgarse): la cuerda está triste.
Yo: ¿Por qué?
Nora: porque se ha convertido en dos...

Y así miles de ocurrencias, razonamientos fantásticos, originales, sinceros y lógicos como ellos solos y llenos de magia. Ahora los hay continuamente, por parte de los dos, como cuando este verano me dijo Leo: “sí, voy dejar que se gaste el tiempo”, porque no quería ir a ver a los bisabuelos y yo le había dicho que teníamos que irnos ya y le dije a mi madre “ahí está, perdiendo el tiempo”.


Y ¿sabéis otra cosa que me dice mucho Nora? Que ella quiere un hermanito pequeño, así de pequeñito (juntando mucho sus manitas) para cuidarlo mucho. Y yo la pregunto si es que no le gusta tener un hermano mayor, y me dice que no, que uno muy pequeñito muy pequeñito, que los mayores no le gustan...

Y a mí me entra una nostalgia... ;-)

Feliz maternidad, encantada de estar de vuelta. 


viernes, 31 de julio de 2015

Cosas que hacemos este verano

Las vacaciones y el verano son lo mejor del año. Siempre lo han sido para mí. Este año las olas de calor están intentando a toda costa hacerme cambiar de opinión, pero el verano, con 40 grados o con 30, tiene muchas cosas especiales y maravillosas: tiene más luz, tiene menos rutinas. Tiene tiempo, aunque a veces con niños no sepas cómo llenarlo en las horas de más calor. Tiene olor, a crema solar. Tiene brisa nocturna que alimenta (¡o tenía!) y cañitas en las terrazas. Tiene playa y menos obligaciones. Tiene vestidos de tirantes y helados.

Y hay más tiempo para hacer cosas con los niños, y aunque vean muchos dibujos (muchos, sí...) sigue sobrando tiempo. Y están las mañanas, las tardes y las noches enteritas, de cada día... Sí, tenemos mucha suerte de poder disfrutar de todo este tiempo juntos, de poder vivir sin prisas.

Este verano, con tanto calor, vamos mucho a la piscina, casi todos los días. Y disfrutan chapoteando y flotando en el agua. Leo está empezando a nadar, con cinturón de corcho, y está emocionado. Se le da muy bien. Salta desde el bordillo una y otra vez y cuando sale por fin se pone su poncho y se acurruca unos minutos en nuestra toalla. ¡Y se lanza también sin cinturón! Mientras tanto, Nora flota, gira, da grititos, juega en el agua...


Hemos ido al río y han tirado piedras, un super pasatiempo para cualquier niño. Y hemos visitado un castillo que a Leo le encantó. Es genial cuando compruebas que se conforman con tan poco.


Hemos estado en el pueblo, con eso estrenamos el verano, y han ido a dar de comer a las gallinas, y se han traído huevos. Hemos ido al campo y Leo ha jugado con los perros y los gatos y han dado un paseo con un palo en la mano :-). Leo ayuda también al abuelo a regar el huerto y las plantas, le gusta mucho.


Hemos ido al Aquópolis y Leo ha disfrutado muchísimo tirándose por los toboganes y en los chorros de agua con sus amiguitos. Y también ha visto un par de conciertos de rock cerca de casa y ha vencido su miedo a los sonidos fuertes hasta acabar en la primera fila. Estaba concentradísimo escuchando y observando. Mientras, Nora correteaba de un lado a otro (y yo detrás de ella, por supuesto, donde va ella tiene que ir mamá, jaja).


La música es protagonista este verano. A Leo le gusta tocar la batería y toca con dos palos y la tapa de una caja de cartón. ¡Lo vive! Se estrenó con un tambor que le hicimos su padre y yo con un bote de Nesquik y una cuerda en la fiesta de fin de curso. Nora le imita y se montan los dos unos conciertos con baile incluído que son para grabarlos. Además, su padre ha rescatado un viejo Casio y se lo lleva a todas partes, y toca sobre los diferentes ritmos y cambia los sonidos y lo maneja que da gusto. Y lo mejor es que tocan juntos padre e hijo, cada uno con su teclado. "Ahora tú la batería y yo la guitarra". :-) ¡Y se está aprendiendo canciones!

 Nora ya construye torres sui generis con el lego. Y Leo últimamente hace la Puerta de Alcalá. ;-)

Cantan mucho. Y se pelean mucho. Y se quieren mucho.

Seguimos jugando mucho al parchís durante la siesta de Nora.

Hemos jugado también con las emociones del Monstruo de Colores y tenemos los botes hechos en la estantería, incluído el que hizo Nora, una mezcla a la que Leo bautizó "colores". Leemos bastante ese cuento. Seguimos necesitando todos mucho verde. :-)


Les he hecho últimamente algunos juguetes, un armario para los cacharritos que Leo me ayudó a pintar con témpera, unos puzzles con palos de polo y fotos, un memory... Ya os los enseñaré.

Hemos ido al teleférico y a merendar al Templo de Debod. Un buen plan para pasar la tarde o incluso el día entero. En la estación de Casa de Campo hay un restaurante con terraza-mirador, y por supuesto la propia casa de campo. En el Templo de Debod sombra, columpios, agua, vistas preciosas...


Juegan juntos, normalmente haciendo el bruto, pero se divierten mucho. Les gusta tirarse por el suelo, revolcarse, correr, imitarse, hacer el payaso a la par.


Hace 5 días llevé a Leo al pueblo con los abuelos. Esta vez para quedarse él solo, 15 días. El verano pasado lo hicimos por primera vez y fue bien. Este año lo estaba deseando. Se lo está pasando en grande, no para. Eso sí, se acuerda mucho de Nora. Hoy miraba una foto de ella en el móvil de la abuela y decía: "qué guapa es... ¡es que la quiero mucho!". Y curiosamente, yo le estoy echando más de menos que el año pasado. Aquí nos hemos quedado solos los papis con Nora, pero por poco tiempo porque en un par de días yo me voy una semana solita a la playa con amigas. Me he lanzado y no sé si serán demasiados días para Nora, pero confío en que esté preparada. Se queda con su papá y con la ayuda de los abuelos. ¡Qué suerte tenemos con los abuelos, con los cuatro!

A la vuelta tocarán vacaciones familiares, los cuatro juntitos a la playa. Otra cosa que Leo está deseando ansiosamente. ¡Qué ganas de verles disfrutar en el mar!



Os lo contaré todo a la vuelta. ¡Felices vacaciones!

miércoles, 20 de mayo de 2015

La espada de la discordia (o La espada es lo de menos)



(Hace unas tres semanas, después del cole)

Tarde en el parque. A la sombra, en un banco, fuera del vallado donde están los columpios. Estoy con una madre de la clase de Leo, su hija y él corretean cerca, meriendan, remeriendan, se aburren un rato, se entretienen otro... Mientras, Nora muy cerquita de mamá, casi no pide ni columpios. Le da por comerse un poco de tierra, juega un poco con Leo, merienda (más bien picotea...).

Leo viene desde los columpios: -Mamá, quiero una espada.

Yo pienso: “¿una espada? A saber a qué viene esto ahora”. Se vuelve a los columpios y al poco rato Nora me pide ir al tobogán. Allí está Leo y su nuevo objeto de deseo: una espada de juguete que lleva un niño de su edad.

-Mamá, ¿me compras una espada?
-No, hijo, no puede ser.
-Jooooo mamá, ¿por qué?
-Porque no podemos comprar juguetes todo el rato.

Empieza el berrinche, el llanto, los gritos. El drama. El niño portador de la espada se acerca y le dice: “no te la voy a dejar. Cuando sea tu cumpleaños te pides una”.

En ese momento se oye un grito: “¿¿cómo?? ¡Muy mal, muy mal! ¡No le digas eso, encima de que no le dejas la espada!”.

Y aquí empieza el acoso y derribo hacia esa madre por parte de mi hijo, y esa madre se alía con mi hijo y contra el suyo propio, llegando incluso a quitarle la espada por la fuerza provocando una rabieta del pequeño, que lleno de furia ante tanta injusticia se la quita ipso facto de las manos a su madre. Leo lo observa todo impertérrito, él va a lo suyo, a su objetivo: la espada. Alucinada observo cómo esa madre y mi hijo se pasean por todo el parque detrás de ese niño, cómo hablan, confabulan, se hacen cómplices... No me meto, ellos sabrán. Pero la mujer empieza a discutir con un hombre con el que está y Leo está allí pegado a ella, apoyado en su bolso, y yo le llamo. No quiero que esté tan cerca en ese momento.

-Nos vamos a ir.
-¡No!
-Sí, Leo, es tarde ya y me quiero ir a casa. En cuanto Nora baje del tobogán.
-Yo quiero la espada.
-Leo, no te la va a dejar
-¡¿Por qué?!
-Porque no quiere, y nosotros nos vamos.
-Vaaale.

Para nada me creo ese vale. En todo este rato me ha soltado varios gritos, cada vez que yo le negaba la compra de una espada o le decía que nos íbamos a ir. 

Respiro. -Nora, nos vamos a ir. 
-¡No!

Llevo desde las 4 en el parque con ellos, son las 7 casi y veo que empieza la “happy hour” por partida doble. Que me pille en casa, al menos. Después de varios avisos a Nora le digo a Leo (que sigue con la señora esa) que nos vamos ya y cojo a Nora del tobogán. Ella llora (muy fuerte) mientras Leo llora también porque nos vamos (muy fuerte). Una gran salida, por la puerta grande. A nosotros nos gusta así.

De camino a casa le convenzo para hacer una espada con cartón y palos de polo de madera. Aún tiene dos o tres mini berrinches porque cuando está así todo le parece mal y todo se le hace un mundo, pero le gusta la idea. Voy pensando cómo la vamos a hacer por el camino. Cuando llegamos la hacemos mientras Nora me ronda. Le doy a ella unas tijeras para que corte papel y se entretiene en su trona, hasta que veo que se está comiendo el papel. La bajo. Minutos después la subo para darle colores para que dibuje. De vez en cuando se va al estudio donde el papá la entretiene con los instrumentos musicales intentando que no los rompa. La espada está casi.

A Leo le encanta. Se pone a jugar con ella y a tocar con papá y Nora. Yo recojo.

Llega el baño. A regañadientes acceden, porque les dejamos jugar un poco con los cubitos. El momento de lavar el pelo es el peor. Nora está ya en las últimas. Según sale del baño en brazos de papá me empieza a llamar medio llorosa. Lleva así todo el día (¿o toda su vida?). La cojo. Se pone a jugar desnuda en mi regazo. Llega el momento. Hay que ponerle el pañal y el pijama. Da igual cómo lo hagamos, acaba cada noche en berrinche. Y así es hoy también. Llora desesperada, la visto a la fuerza, me cuesta, y ella hipa, diciendo “pishama no, quita el pishama”. Me duelen los oídos. Llora muy fuerte, berrea. Chilla. Está congestionada, alteradísima. Yo también, y el papá. Cansa convivir con una pequeña de dos años que llora y llora y además demanda 800 cosas diferentes en un intervalo de 15 minutos.

Llega la cena. Nora apenas come. Muchas veces es así. Bueno, no lo lucho, eso me da bastante igual. La bajo de la trona. A lavarse los dientes. Leo también. Y otra vez a llorar. Los dos. No quieren. Leo siempre se resiste, llora, protesta, hace huelga. Nora empieza con su “mamá, mamá” llorando y pidiendo brazos, sólo porque me he alejado dos pasos de ella. Yo me enfado, no puedo más, “¡¿pero qué pasa aquí?!, digo. ¡¡Basta ya de llorar!! Voy hacia el baño, el papá se cabrea porque Nora empieza a llamarme como si me hubiera volatilizado de repente, ya no puede con tanto mamá mamá y la coge, la lleva al baño también y empieza él a lavarle los dientes, mientras ella llora y llora reclamándome. Quiere que lo haga yo. Leo ha venido llorando también, se los lavo yo a él. Qué caos y qué dolor de oídos.

El papá dice que no hay cuento, que a la cama ya mismo. Me llevo a Nora a la cama llorando, Leo se va a la suya llorando, no hay besos, no hay buenas noches, no hay nada. Llantos. Los dos se duermen rapidísimo.

De todas formas es habitual que haya llantos al despedirnos de noche. Leo siempre quiere abrazarse con Nora y besarse para darse las buenas noches y ella siempre se niega, sólo le dice adiós y le tira un beso desde la puerta. Leo no lo soporta. Siempre llora.

Madre mía, y ni siquiera ha sido una mala tarde, ha habido ratos en los que han estado entretenidos, sobretodo Leo, que cada vez juega más a su bola y es más sociable.

Pero es que es llorar, y llorar, y llorar...y pedir, y pedir, y pedir... y reclamar a mamá, todo el rato... Y no, no todos los niños son iguales. PARA NADA. Y te pilla un día malo (que tú ni sabías que era malo) con una doble rabieta al cuadrado multiplicada por dos, y...

Que no, que yo no me creo que la gente tenga el tercer hijo después de tener dos como los míos. No me lo trago.

Feliz maternidad... ¿no? ;-)

PD.: Dos días después la espada no le interesaba lo más mínimo, es más, se niega a jugar con ella, dice que ya no le gusta. Esto le pasa muchísimo últimamente, se encapricha con algo hasta la extenuación y en cuanto lo consigue pierde todo su interés. Le estoy empezando a explicar que esto es así; cuando veo que sólo le interesa obtener algo y no ese algo se lo digo. Pero no creáis que se deja convencer... Supongo que aún es difícil de entender para él.

sábado, 16 de mayo de 2015

Un poquito de los dos

Seguimos en la montaña rusa. Ahora bajando, bajando mucho. Hace una semana éramos felices. Hace un día que hemos explotado de nuevo.

No sé hasta qué punto tiene que ver esto con la paternidad. No sé si quiero analizarlo aquí.

Pero sí quiero seguir hablando de ellos, de sus sonrisas, de sus locuras, de sus enfados. De Leo con su seguridad aplastante, con su orgullo, con su “yo quiero ganar el primero”, “yo corro más”, de Nora con su “yo también”, con su “como Leo” y su “yo solita”.

Me parto de risa con ella, me quedo alucinada con él. Hoy no quiero hablar mucho, sólo quiero que respire un poquito el amor de esta familia en el blog.


Amor como éste. Cuando se ponen así, en modo “nos queremos mucho, mirad”, no sabes si reir o llorar de la emoción. :-D 


Miradas como ésta. Nora está más pilla, gamberra, pícara, traviesa... que nunca. Nos trae de cabeza pero es tan, tan graciosa...  Habla por los codos, no suelta el "por qué" de la boca, y por supuesto sigue intensa, intensa hasta querer morirte...


Y de repente tiene momentos como éste. Saca todos los juguetes que están a su alcance y hace composiciones por toda la casa. Se entretiene un ratillo y al menos yo puedo simplemente sentarme a observarla (porque muchas veces tienes que estar ahí, no acepta estar sola). La última vez estábamos en la habitación, quise tumbarme en la cama pero no me dejó; "mamá sentada", decía. Así que sentada, mirando el móvil a escondidas, jaja.


Y aquí el loco de la casa. Su risa es lo mejor, lo mejor del mundo. Bueno, menos cuando le da el ataque en la ducha y su padre no puede seguir lavándole y hay que respirar hondo mucho. ;-)


Está tan mayor... Todo el rato intentando superar retos, todo el rato frustrándose si no lo consigue. Llora mucho, muy fuerte, desobedece mucho, se rebela, le sobra energía por los cuatro costados, no para quieto. Pero a la vez es un niño muy inocente, comparándole con otros de su clase. Es como un niño de 4 años, como lo que es. Hay niños a esa edad que parece que tienen 8, que ya no ven dibujos si no son de superhéroes, que ya no juegan con niñas, que sólo quieren ser futbolistas y se saben los equipos de primera división... Recuerdo una vez que le preguntaron a Leo: ¿y tú de qué equipo eres? Y él me miró diciendo: ¿¿eh??

Leo se pasa el día queriendo ser más fuerte, y dice "mira mamá, mira como tengo la bola" e intenta sacar biceps. Eso lo ha sacado de su abuelo y de Popeye. Bueno, al menos así come espinacas. Eso sí, sólo con los abuelos, misterios de la vida. Después ves a Nora haciendo el gesto y diciendo "mira la bola mamá" y te meas. 

Leo dice que no tiene miedo a nada, pero luego oye una sirena de bomberos muy muy cerca y no se acerca porque le da miedo, y te lo dice sin pudor. Leo hace sólo 3 meses fue a un cumpleaños de un amiguito suyo vestido de princesa rosa. Y cuando se le mete algo en la cabeza le da igual todo lo demás.

Le gustan mucho los juegos de mesa, no se cansa del parchís y la oca. Y jugar a la pelota. Al fútbol, porque ya lo llama así.

Y bailar. Y saltar. Y correr. Le encanta correr. 

Es genial, Leo. Único e indestructible. :-D

Otro día hablo más de Nora, que hoy cumple 28 meses y llenaría hojas y hojas con sus anécdotas...

Feliz maternidad.

jueves, 30 de abril de 2015

Sin tregua


Leo ha cumplido 4 años y medio y a veces me parece que tiene 15. Puede que esto lo haya dicho en algún otro post. A las rabietas estoy acostumbrada (lo que no significa que las lleve bien), pero los insultos, malas contestaciones, muestras de desprecio, chulería... son algo relativamente nuevo (relativamente, tampoco os creáis...).

Hace unos días fui a bucarle al colegio. Él salió y se puso a jugar en el patio. Le llamé porque tenía que entrar a hablar con unas profesoras y mi hijo se hacía el sueco descaradamente, miraba impasible cómo su profe y yo le llamábamos: ¡LEEEEOO, VEEEN!

Miré a su profe y dije: “estamos en un plan... buf”. Su respuesta fue: “¿me lo dices o me lo cuentas? ¡Aquí también! Hace lo que quiere, cuando quiere...”

Leo siempre ha sido el niño perfecto en el cole. Bueno, tranquilo, obediente. Que no cambie, me decía su profe. Que menuda panda tengo.

Pues sí. Ha cambiado. En casa el cambio no es tan drástico, él siempre ha sido cañero. En el cole, su profe debe estar flipando. Al menos se lo toma bien. “En algún momento tenía que madurar”, dice. Sí, por desgracia madurar parece que es aprender a decir: “no quiero” con voz desafiante, aprender a pegar, querer ganar en todo, ser el más fuerte, enfadarse por todo, gruñir como un perro encerrado, negar por sistema, hacer de rabiar a su hermana constantemente... Qué bonito es crecer.

Y cuando la empatía aún está en pañales, ¿qué hacemos? Porque yo le digo una y mil veces que no hay que hacer daño a los demás, que hay que respetar a las personas, que me molesta que me conteste así, que si su hermana no quiere un abrazo en ese momento no hay que darlo a la fuerza...

Y creo que no hago nada más que sea productivo. Porque gritar y enfadarse creo que no vale... ¿no?

Se me ocurre también trabajar las emociones, con los cuentos por ejemplo, y con actividades a partir de ellos. Tengo ganas de leerle El monstruo de colores. Ha hecho un taller en el cole sobre ese cuento, lo conoce y trajo a casa la rueda de colores con las emociones escritas. Nuestro reto es verlo todo de color verde. ;-) Pero algunas veces él evita los cuentos donde se habla de rabia y enfado... El otro día en la biblioteca no quiso coger uno que se llama Cuando estoy enfadado y en cambio aceptó Cuando tengo miedo, de la misma colección.

Descrubrí un post de Madre primeriza que se llama ¿Quieres que tu hijo sea un cabrón? Es muy bueno y en los comentarios hay ideas, aunque como siempre, cada niño es un mundo y lo que hace mi hijo no es exactamente lo mismo que lo que hace la hija de Gessamí. Leo lo que hace es hablarnos de forma muy borde, con desprecio, con gritos, y además nos reta mucho. No me lavo los dientes, no recojo, si me dices que no tire más esto yo lo tiro mientras te miro y me río... Me apunto, eso sí, lo de las ideas de bombero y el libro de Cómo hablar para que los niños escuchen. Y cómo escuchar para que los niños hablen.

Una vez más, paciencia. A veces creo que podría no escribir nada más en el blog. Entrada 28: paciencia. Entrada 213: paciencia. Entrada 8.217: paciencia. 


Porque drogas no tenéis, ¿no? :-D

Pues eso, paciencia. ¡Feliz maternidad!

viernes, 10 de abril de 2015

Cosas que dicen... ¡y que hacen! (III)


Sentada en el sofa, de noche, con los niños acostados y rodeada de silencio, abro las notas del móvil. Quiero mirar la de entradas pendientes para el blog, y además mañana vamos a la biblioteca y tengo otra con varios títulos y sus signaturas.

El móvil me dice: “Sin notas. Puntee el icono para crear una”.

Cagüentodo. Eso me pasa por dejárselo a Nora cada mañana para que mire fotos y vídeos mientras yo intento desesperadamente abandonar la posición horizontal.


Hace un par de meses, caminando con Leo después del cole, camino del parque, me dice:

-Mamá, ¿por qué los pájaros vuelan?
-Porque tienen alas.
-¿Y por qué las alas de los pájaros vuelan? ¿Son mágicas?
-No, es que las alas sirven para eso, para volar.
-¿Y nosotros por qué no volamos? Si los brazos parecen alas, ¡mira! Y agita muy fuerte y rápido sus brazos, arriba y abajo, arriba y abajo...

Más de una vez nos ha dicho que a él le gustaría muchísimo volar. Y en el columpio quiere subir hasta el cielo. :-)


Llego a casa de los abuelos, donde han pasado la tarde mis hijos. Le pregunto a Leo qué tal se lo ha pasado; me dice que bien. “¿Y a qué has jugado?”. “Ehhh... ¡a las cartas!”.

La abuela dice: “¿a las cartas? ¡Anda ya, si a las cartas no hemos jugado!”

Pregunto a Nora: “¿a qué habéis jugado, Nora?” Nora piensa, sonríe y dice: “ehhh... ¡¡a las cartas!!” Y se descojona.

Y entonces aparece en escena lo que actualmente es para mis hijos el comodín, el valeparatodo, la palabra mágica, el mejor chiste...

-No, mamá, hemos jugado a... ¡¡¡popopo!!

Sí; popopo. Popopo es el cachondeo padre, una juerga máxima, un éxito seguro. Dices popopo y mis hijos se parten el culo. A veces Leo dice: ¡popopo! Y Nora entonces añade: ¡popopa! Y ya es la repera.

Un ejemplo:

Mamá: Leo, ¿me alcanzas el cuaderno?
Leo: No, mejor... ¡te alcanzo el popopo! (Fuertes risas del propio Leo).

Otro ejemplo:

Mamá: Nora, acábate el yogur, anda.
Leo: Nora, acábate... ¡el popopo! (fuertes risas de Leo y de Nora).

Por supuesto Nora ya controla a la perfección las múltiples acepciones y usos de la palabra. Y se lo pasa pipa con ella y con su hermano. Todo lo que sea hacer el payaso de forma conjunta, en equipo, les va bien.


Es difícil elegir entre estos momentos “popopo” y los de “disco light-cantajuegos nuevos”. Los cantajuegos nuevos son el volúmen 5, no os creáis. Y el momento baile desenfrenado a la par, con cara de concentración los dos y Nora imitando los movimientos y giros de Leo, es para grabarlo (y lo está, claro. Varias veces).


Pequeñas cosas, momentos únicos, situaciones que te hacen sonreir y pensar en lo maravillosos que son tus hijos y en la suerte que tienes de ser testigo de sus vidas. Que hacen que puedas conocerles cada vez mejor y descubrir su esencia.

¡Verles crecer!

Feliz maternidad.

jueves, 26 de febrero de 2015

Hablando sobre el espacio, la gravedad y las farolas



A mi hijo le gusta darme besos muy apretados, de esos que hacen daño (¡y mucho, a veces!). Le gusta que yo se los dé también así.

Me pide muchos besos y me da muchos besos. También abrazos. Me amenaza cuando se enfada diciéndome: ¡no voy a estar nunca más contigo! Me quiere, me necesita, le gusto. Dice que quiere dormir siempre conmigo. Hoy me ha dicho que estoy muy guapa.

Llora si le grito, si le hablo con desprecio o dureza, si le pilla de sorpresa mi hastío. Es tan inocente... No hay atisbo de mala intención en nada de lo que hace. Sí hay ganas de jugar, de desfogar, de liberar todo eso que guarda dentro de sí mismo, demasiado adentro para mi gusto.

Es muy sensible y si estamos mal él está mal, es decir, se porta mal. Llama nuestra atención y nos avisa a su manera: estoy aquí, ni se os ocurra dejar de ser como sois siempre, no me gusta lo que percibo, voy a ver si reaccionáis... 

Me cuenta cada vez más cosas, lo que aprende en el colegio, lo que piensa. Pregunta, corre, ríe, quiere volar. Es feliz. Creo que lo es. 

Llora muy fuerte cuando llora. Y muy de repente. Y con mucho sentimiento. Igual que su hermana; los dos exprimen el llanto a conciencia.

A su hermana la quiere de una forma especial y única. No duda en quitarle un juguete o en hacerla de rabiar, pero hace muchas concesiones con ella y la busca para jugar. Y cada noche llora porque ella no quiere darle un beso y un abrazo al irse a dormir (cosas de la reafirmación de los dos años, y también que a ella le gustan suaves, los besos).

Se enfada, se frustra, se pone rebelde y hay un momento de no retorno en el que la rabia le domina. A veces le pasa lo mismo pero en una especie de subidón de adrenalina y risas locas.

Se expresa con el lenguaje de forma muy correcta, a sus cuatro años ya habla muy bien. Razona, deduce, bromea, pregunta... Ahora usa mucho el "ójala...", pero el pretérito imperfecto de subjuntivo se le resiste aún. Hablamos, conversamos, sobre inquietudes y reflexiones de lo más variopintas.

Se sorprende y se excita con las cosas más cotidianas, salta de alegría (literalmente y muchas veces seguidas). ¿A qué edad dejan de saltar de alegría los niños? Espero que muy tarde.

Se divierte tanto, de forma tan fácil... con las cosas más sencillas. Y se aburre tanto a la vez... cuando lo único que quiere es estar con su papá y con su mamá, que juguemos con él, que tomemos la iniciativa, que le llevemos y le traigamos...

Es tan niño, y tan mayor a la vez... Avanza tan rápido... Siempre he dicho que es un niño de ritmo lento, pero de repente pienso en todas las cosas que han cambiado en el último año, en todo lo que ha evolucionado, y es sorprendente.

Su amor es tan, tan incondicional que me siento en deuda con él todo el rato. Sólo quiero cuidarte, sólo quiero que seas feliz.

Gracias por darme tanto. Por enseñarme tanto, cada día.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La otra historia o El nacimiento de Leo (y IV)

Leo estuvo encima de mí apenas unos minutos, quizá 5 o 10. Estaba tranquilo, despierto, aún no mamaba. La pediatra volvió y le auscultó por segunda vez. Entonces se lo llevó, seguía oyendo ruido en su respiración y había que vigilarle porque había echado el meconio dentro de mí. -¿Es necesario?, pregunté. Tenía la esperanza de que al volver ella ya no oyera nada. No sé qué me respondió, algo así como con suficiencia, y me miró con cara de “¿eres tonta?” Ahí empezó mi historia de amor con esa tipa.

O. se fue con Leo y yo me quedé allí con la ginecóloga. Me cosió la episiotomía; yo le pregunté cuántos puntos me había dado. También expulsé la placenta, con mucha facilidad, y pedí que me la enseñaran. ¡Era grandísima! Estaba contenta, no sé si por efecto de las hormonas. Muchas veces he pensado si sería oxitocina lo que me pusieron por vía en el último momento, cuando usaron la ventosa, y si ese “extra” hizo que me quedara tan feliz, felizmente drogada... Pero quizá fue simplemente suero y el subidón era el propio del parto natural. El caso es que yo estaba bien, recuerdo que O. me subió de la cafetería una porción de tarta de chocolate que yo le pedí y que me supo a gloria (¿y cuándo narices me la subió? Supongo que después de salir con Leo, no sé).

Allí me quedé, sola, con mi tarta, medio a oscuras porque las persianas seguían bajadas... Esos momentos los recuerdo como extraños, me encontraba tan bien... Creo que yo misma estaba sorprendida de lo bien que estaba. Llegaron dos enfermeras y me dijeron que me bajaban a planta ya. Una de ellas me empezó a subir el respaldo de la cama y como estaban hablando no se dio cuanta de que eso avanzaba y no paraba... ¡y yo me estaba doblando! Fue un poco surrealista, yo no sabía qué hacer, no sé por qué no dije nada, y de repente ella se dio cuenta y lo paró y nos echamos a reir las tres... Todo muy raro.

Al bajar a planta ya vi a padres y suegros. Le pedí a mi padre un bocata de jamón de la cafetería, antes de que la cerraran porque era ya tarde. Y al poco rato llegó O.

Leo estaba bien, lo del ruido al respirar estaba ya controlado. Pero no me lo podían traer porque tenían que controlar el quiste.

“El quiste” es un quiste que le vieron a Leo en la ecografía de la semana 38, ecografía que entra dentro del protocolo de la diabetes gestacional. En aquel momento nos dijeron que no sabían exactamente dónde estaba, si más hacia el abdomen, en el hígado... Pero que habría que esperar a que naciera y que no nos preocupáramos. Y así ignorantes y felices nos quedamos, sin imaginarnos que esa mierda de quiste iba a provocar una separación tan larga.

Aún intento entender por qué y no lo consigo. Sé que antes o después pediré el historial de mi parto y de todo lo que pasó después para tener más datos, porque quiero saber. Lo curioso es que fuimos nosotros los que le dijimos a la pediatra, justo después de nacer, cuando le estaban examinando en la habitación, que Leo tenía un quiste visto en ecografía y que nos habían dicho que después del parto se lo mirarían. Quizá si nos hubiéramos quedado calladitos ni se hubieran dado cuenta, pero claro, ¿cómo no íbamos a decirlo? Si yo hubiera sabido lo que iba a pasar después...

A O. le dijeron en neonatos que yo no podía dar el pecho a mi hijo, que no se podía alimentar por vía oral hasta que no vieran dónde estaba ese quiste. Le pusieron una sonda nasogástrica. No sé con qué le alimentaron pero a mí no me dijeron nada, ni se me ocurrió preguntar, qué cosas... No sé si le darián leche de fórmula por vía, no sé si eso se puede hacer, y de verdad os digo que prefiero no saberlo de momento porque si la respuesta es que sí, me van a dar ganas de quemar el hospital. ¿Pero qué comió entonces durante todas esas horas? No sé qué prefiero pensar, mejor no pienso nada...

Era ya de noche así que mi hijo iba a pasar su primera noche de vida en neonatos. Cojonudo. Cuando O. me lo dijo me eché a llorar. Yo sólo quería ir a verle. Después de un buen rato esperando una silla de ruedas que no llegaba decidí ir aunque fuera a rastras.

Y allí estaba, con esa sonda tan fea... en una cunita, solo. Por supuesto empecé a llorar según le vi. Una enfermera me preguntó si quería cogerle. ¡Claro! Me lo dio y el pobre empezó a llorar, buscando la teta... Con tanto cable no podía sostenerlo bien... Se le desenganchó la pinza del pie... Se liaba con la sonda... Suavemente la enfermera me sugirió dejarle en la cuna de nuevo. Y le dejé. Y me fui.

Y supongo que debería haberme quedado a su lado, toda la noche. O que debería haber preguntado qué le estaban metiendo por vía. O algo. Pero yo estaba destrozada y sólo lloraba. Nos acostamos y comenzó la noche más horrible de mi vida. Ni siquiera la recuerdo bien. No sé si dormí, sé que lloraba y lloraba cada rato, no sé, fue una pesadilla, yo sólo quería estar con mi niño, me sentía rota.

Se supone que en ese hospital la unidad de neonatos es abierta 24 horas para los padres. Y ciertamente nadie me prohibió el paso. Pero tampoco nadie me invitó a entrar, nadie me explicó que podía entrar en cualquier momento aunque fueran las 4 de la madrugada, nadie me dijo: intenta cogerle de nuevo más tarde, quizá se quede dormidito en tus brazos.

Nadie me ayudó ni me hizo sentir mejor de lo que estaba. Nadie en ese hospital se preocupó por lo que estaba viviendo yo en ese momento.

Sé que debería haber actuado de otra manera. No me culpo, pero sé que podría haber estado más tiempo con él, a su lado. Pero mi hijo pasó su primera noche, una noche entera, muchas horas, solo en una cuna, llorando. Porque lloró, eso le dijeron las enfermeras a O. Que tenía buenos pulmones, o algo así. Pobrecito. Y yo llorando en la habitación. El uno llorando por el otro separados por la ignorancia y los protocolos. Qué absurdo todo.

A la mañana siguiente estaba deseando verle. Le pedí a O. que se adelantara mientras yo desayunaba, no sé si le pedí que me trajera algo de la cafetería, no recuerdo. El caso es que al volver me dijo que se lo llevaban a otro hospital. ¿¿Qué?? Sí, se lo llevaban para hacerle... ¡Una ecografía! Esta es otra de las cosas que nunca entenderé, por lo visto la pediatra (que ahora tengo claro que era un poco acojonada) llamó al Gregorio Marañón (uno de los mejores hospitales de Madrid en cuanto a cuidados intensivos neonatales, uno de “los grandes”, vaya) y desde allí un cirujano pediátrico, creo, le dijo que quería ver al niño. Supongo que la ecografía podrían habérsela hecho en mi hospital de referencia pero le trasladaron para que le evaluaran allí. Una vez más, quiero pensar que lo hicieron todo por razones de peso y no por el capricho de unos pocos médicos, porque trasladar a un recién nacido tiene sus riesgos.

Fui corriendo a verle (y a firmar el consentimiento) y al entrar... La nave espacial estaba allí dentro ya (la supermegacuna en la que le acoplaron para meterle después en la UVI móvil). ¡Qué impresión! Parecía que se lo llevaban al espacio... Otra vez empecé a llorar (¿había parado en algún momento?) y una de las chicas de la ambulancia me empezó a explicar todas las precauciones que tomaban, lo seguro que iba a estar... Yo vi un chupete en su cuna: -no le déis chupete, por favor, es que prefiero que no lleve. -Bueno... no es tan fácil, dijo ella, y torció el gesto. Me sentó como un tiro. Ahora pensándolo, veo que mi niño no tenía su teta y entiendo que ellas quisieran calmarle con chupete. Ahora agradezco que se lo dieran, supongo. Mejor eso que dejar que llorara. Ahora que sé que la lactancia fue bien. Pero en aquél momento mi mayor miedo era que el chupete nos lo pusiera todo más difícil aún. Da igual, supongo que durante la noche en neonatos también se lo ofrecieron. (Después nosotros no se lo volvimos a ofrecer, hasta los 4 meses que decidimos probar porque empezó a quejarse más por todo. Cosas de la edad, algo totalmente normal. Nunca lo quiso).

Y se fue, y le vi irse, alejarse por el pasillo, sin saber cuándo volvería. Me habían dicho que lo antes posible. O. se fue en el coche a la vez que la ambulancia, con su padre y con el mío. Y yo me quedé con mi madre y con mi suegra, en la habitación, deseando estar sola, sintiéndome como una mierda, absolutamente destrozada, incompleta, echando muchísimos de menos también a mi pareja.

Por supuesto les dije a todos mis amigos lo que había pasado, no quería visitas. Mi madre se encargó de la familia.

En algún momento pedí un sacaleches. Nadie me hizo caso y al final, harta, me estimulé un poco a mano. Gotas de calostro iban cayendo en un pañuelo de papel. Desperdiciadas.

Recibí una llamada. Era el padre de O. Lloraba y me decía que lo había visto y que era precioso (era la primera vez, claro, hasta entonces sólo el padre y yo le conocíamos). Yo no quería hablar con él, no quería oírle llorar, era como si sólo yo tuviera derecho a llorar, no me conmovía, me sentía incomprendida, pensaba: ¿y para eso me llamas? Le pasé el teléfono a mi suegra y luego yo hablé con O. Leo estaba en neonatos y habían pasado a verle los abuelos. Creo que O. vivió su aventura particular en el Marañón recorriendo pasillos detrás de Leo. Para él fue todo un caos, todo iba muy rápido, se pasó 24 horas detrás de las personas que se llevaban a su hijo de un lado a otro intentando entender qué pasaba, atendiendo a las explicaciones supongo que nada aclaratorias para él, también herido por supuesto. Sólo que él no tenía tiempo de llorar.

Leo estuvo unas 4 horas fuera. Por suerte todo fue muy rápido y a la hora de comer estaba de vuelta. Cuando se fue cayó una buena tormenta, situación ideal para trasladar en ambulancia a un recién nacido por la autopista... Y os prometo que cuando recibí un mensaje de O. diciendo que ya volvían, cesó la tormenta y salió el sol. Fue mágico.

Le llevaron directamente a neonatos de nuevo, ya en el hospital donde estaba yo, y O. fue con él. Me trajo el parte: tenía que ir yo a darle el pecho allí, y luego esperar un poco. Si no le sentaba mal, me lo podía llevar. Órdenes de la pediatra “meacojonoportodo”. Allí me fui sin dudarlo, le cogí, me senté en una silla, me lo puse lo pecho... y mamó.

Y ya. Tan fácil, tan sencillo, tan natural. Mamó y luego se durmió en mis brazos. Y allí me quedé esperando órdenes, sin prisa, hasta que una enfermera casi que me echó de allí. Perfecto.

Serían casi las 18 horas del 31 de octubre. Mi hijo había nacido a las 19:30 horas del día 30. Había que recuperar un día entero, su primer día, el más importante... Y Leo se aplicó. Desde entonces la teta, los brazos y el fular eran su refugio. Siempre pegado a mamá. Despierto y dormido. Por suerte para los dos.

El puto quiste resultó ser un quiste hepático que se reabsorbió solito. A los dos años no quedaba ni rastro de él. Por lo visto podría haber sido un quiste en otro sitio más chungo que habría que haber operado, pero con una resonancia se terminó de aclarar todo.

Esta historia está llena de “y sis”. Si yo no hubiera tenido que hacerme una eco en la semana 38, lo más seguro es que el quiste hubiera pasado desapercibido. Nunca jamás nos habríamos enterado de su existencia. La diabetes gestacional me hizo la puñeta.

Si la pediatra de mi hospital no hubiera sido tan acojonada, si hubieran pensado un poquito en mí y en el bebé y en lo importante que era no separarnos... Si hubieran accedido a hacer una ecografía en mi hospital... Si ese médico del Marañón se hubiera metido la lengua en el culo... Que digo yo que una ecografía se puede enviar por e-mail, ¿no? ¡O por mensajero si hace falta!

Sé que mi hijo sufrió mucho, sé que lloró, se que debió experimentar mucho estrés, solo una noche entera, su primera noche fuera del útero, sin apenas haber “catado” a su madre... Solo en un ambulancia, solo entre médicos que le hacían pruebas y le tocaban sin amor...

Mi único consuelo es que antes de que todo esto pasara tuvimos tiempo de abrazarnos y sobretodo de establecer contacto visual, un contacto visual arrollador, brutal, intenso, que no olvidaré jamás. Antes de que nos separaran, como dije en el relato de mi parto, tuvimos tiempo de enamorarnos.

Y así seguimos. :-)

Feliz maternidad.


(Nacimiento de Leo I, II y III pinchando en los números correspondientes).

domingo, 1 de febrero de 2015

Cosas que dicen (II)

Con los 4 años de Leo ha llegado una etapa divertidísima, que es la de hablar con tu hijo dejando que la conversación alcance cotas hipersurrealistas, o simplemente descojonarte con sus ocurrencias o abrir la boca o dejar que se te caiga la baba... Leo se expresa bastante bien y eso unido a su inocencia de niño da como resultado muy buenos momentos.

El otro día le voy a buscar al colegio. Llevaba una falda que no uso demasiado, de colores claros y con mucho vuelo. Mi hijo, con una voz llena de admiración, sorpresa y alegría me dice:
-¡Mamá, pero qué guapa estás con esa falda! ¡Me gusta muchísimo! ¿Por qué no te la pones más?

 En el centro comercial este fin de semana; se ha subido ya dos veces en los coches y ve los animales peludos ésos en los que te montas y que van con batería, supongo. 2 € unos minutos. Le digo que no puede montarse porque no tenemos dinero. -¿Pero cuánto vale, mamá? -Dos euros, Leo. -¿Y no tienes dos euros? -No, Leo, para esto no. Entonces ve a un niño delante de él montado en uno y exclama: -¡mira mamá, ese niño tiene dos euros!

Leyendo el cuento Algún día ("me gusta mucho este cuento mamá, ¡es que me gusta muchísimo!"), me dice que él quiere ser una mamá también y tener una hija.

-Pero Leo, en todo caso serás un papá, no?
-Ah claro, es verdad, porque yo soy un niño, que no me daba cuenta -me dice risueño. Muchas veces utiliza la frase "no me daba cuenta" o "me he equivocado". Me encanta porque lo dice siempre riéndose o al menos sin avergonzarse de ello.
-Pero es que -continúa- yo quiero ser una mamá como ésta. Y señala la del cuento. -Bueno... no, yo quiero ser una mamá... ¡como tú!

Ahora está muy maternal, coge a sus bebés y los abraza, los acuna, les lleva en brazos de un sitio a otro... Hoy me ha dicho que yo era la mamá y él el papá. Primero lo cogía uno y luego otro, yo le daba teta, él lo dormía... Luego me ha dicho que él era la mamá y yo el papá. Lo tenía yo en brazos y me lo ha pedido. Mientras lo cogía decía en voz baja: -prefiere estar con mamá. 

Hace poco, jugando a lo mismo, él era la mamá y yo la abuela. -Y tú vienes a verle, ¿vale? -Vale, decía yo. Iba, saludaba, preguntaba si podía coger al bebé (a veces me lo daba Leo directamente), y cuando lo tenía unos segundos en brazos me decía: -Ya. ¿Me lo das? Lo siento, es que quiere estar con su mamá. Y lo cogía y le susurraba: -ya ya ya...

¡Os prometo que yo no he hecho eso con Nora! Con él sí lo hacía, ¡jajaja!

Y es que Leo se ha convertido en un niño muy cariñoso, nos da besos y abrazos muy a menudo y se le ve muy muy feliz. Estoy muy contenta con su evolución, las rabietas siguen pero son menos y y un poco menos intensas. Sigue llorando y enfadándose mucho pero es consciente de ello y creo que no le gusta. Intenta superarse aunque su intensidad, su ira y su hipersensibilidad se lo ponen difícil. Y sus padres a veces también, porque nos estresamos y potenciamos todo lo malo. El gran círculo vicioso. Pero él madura, a su ritmo, poco a poco pero madura y se le nota; cada vez es más comprensivo, ahora ya cuenta algunas cosas del colegio (el año pasado nada en absoluto). Hemos superado ese primer año de escolarización tan difícil, con tanta presión y ansiedad, que se reflejaba incluso en terrores nocturnos. Ahora sale del colegio dando saltos de alegría y diciendo que se lo ha pasado muy bien, y esa alegría le dura, no como en primero de infantil, que antes de llegar a casa ya había tenido su primer berrinche. Y hace poco me acordaba de que hace ahora un año no era capaz de andar sin protestar más de 15 metros. Lloraba y lloraba pidiendo brazos, decía constantemente que estaba cansado, la silla había desaparecido de su vida a la fuerza porque si no no daba ni un paso... Y ahora corre y anda y vuelve a correr sin decir nada... En todo caso algo como: 

-Mamá, ¿a que he andado mucho y no me he cansado nada? No he dicho ni una vez "mamá, estoy cansado", porque no me he cansado porque yo soy mayor, y por eso no me canso.

Sus razonamientos son así, muy "circulares", muy reiterativos y muy explicados con mucho detalle, jajaja.


Pero lo mejor, con diferencia, que me ha dicho últimamente es esto:

-Mamá, ¿sabes qué? Que yo quiero mucho a Nora. La quiero hasta el infinito. Y, ¿sabes? El infinito está muy lejos, en el cielo. A ti también te quiero mucho, ¿eh? Pero a Nora más, porque la quiero hasta el infinito.



jueves, 4 de diciembre de 2014

Conversaciones en el coche

Hace poco me perdí con el coche volviendo de un curso. Soy novata conduciendo, me saqué el carnet embarazada de Nora, y creo que nunca lograré ya hacerme con las carreteras de Madrid, con las “emes” y el tráfico. Llevo demasiado tiempo de copiloto, mirando el cielo por la ventanilla del coche o del tren o del autobús, sin preocuparme de por dónde me llevan.

Así que me perdí por la M-30, tragué saliva y vi cómo me alejaba más y más de mi destino sin atreverme a salirme porque más miedo aún me da entrar en el centro... Acabé en la M-40 y desde allí conseguí salir a mi autovía.

Cuando llegué a casa de los abuelos de Leo, para recogerle a él y a Nora, lo conté. Que si qué lío, que si no hay quien entienda las señales, que si con tanto coche y encima de noche es más difícil... Leo me preguntó que si me había perdido y al decirle yo que sí lo primero que dijo fue: ¿y te ha dado miedo? Y poco más.

Hoy, en coche conduciendo con los dos (con Leo y con Nora), volviendo a casa, empieza la siguiente conversación, que intento reproducir lo mejor posible, aunque es muy difícil retener tanta información, sobretodo en el lenguaje de un niño que aún se inventa tiempos verbales:

-Mamá, ¿te acuerdas de un día que volvías de un sitio y te perdí y ibas a un sitio que estaba yo?

-¿¿Qué??

-Sí, que yo estaba en un sitio y tú te perdiste y te fuiste a otro sitio... Una vez, ¿te acuerdas?

-Aaaah sí, el otro día, que me perdí con el coche volviendo de un curso.

-¡Eeeso decía!

-Sí, iba a casa de los abuelos, ¿te acuerdas? Tú estabas allí con ellos, ¿verdad?

-Sí. ¿Y estaba muy oscuro?

-Nooo. Había luz en la carretera, mucha luz.

-¿Y si había mucha luz por qué te perdiste? (ahí, dando ánimos).

-Pues hijo, porque había muchos coches y no me fijé en la señal.

-¿Qué, mamá? ¿En la señal?

-Sí, un cartel que había y que yo no vi.

-¿Era muy pequeño y por eso no lo viste?

-Que va hijo, era muy grande, así en lo alto de la carretera, pero no me fijé, es que había muchos coches (ya catarás tú la M-30 y lo entenderás...).

-¿Y te fuiste muy lejos?

-Un poco... No mucho.

-¿Y te dio mucho miedo?

-No no, no me dio miedo, sólo que tuve que encontrar el camino para llegar a casa.

-¿Y qué ponía en el cartel?

-Pues ponía “por aquí se va a casa”, y una flecha. Pero no lo vi y me pasé.

-¿Y cuando te paseste fuiste a otro lado que no era casa?

-Sí.

-¡Y entonces ya no podías volver!

-Sí, lo que pasa es que tuve que ir por otro camino.

-¿Otro camino que no era el camino que vías en el cartel que ponía “por aquí a casa”?

-Sí, otro camino.

-Mamá, y tú estabas sola.

-Sí, cariño.

-Pero mamá, perderse por otro camino y si no hay luz... ¡eso da mucho miedo!

-Qué va, yo no tenía miedo Leo, además así la próxima vez me sabré mejor el camino (ni de coña).

-Pero si yo voy solo por un camino y me pierdo, ¡tengo mucho miedo!

-Claro cariño, porque eres un niño, pero no pasa nada porque los niños siempre van con un mayor a los sitios, así que no te preocupes que no te vas a perder. Siempre vas a ir con papá y mamá.

-Mamá, pues puedes ir tú con un mayor, que sea más mayor que tú, y así no te pierdes, él te enseña el camino.

-Pues sí hijo, tienes toda la razón.

-Mamá, si yo fuera contigo no te ibas a perder porque yo sé, hay que fijarse en el cartel. Tienes que fijarte mucho en el cartel. El cartel de “por aquí se va a casa”. Mamá, a mí no me da miedo, si yo fuiba por allí yo no me perdería porque yo sé.

A todo esto llegamos a casa y empieza a contárselo al padre, que lógicamente no se entera de nada. Le pongo en antecedentes y sigue:

-Mamá, yo sé ir por el camino del cartel.

-¿Ah sí?

-Sí. Está a la derecha. A-la-de-re-cha. Fíjate bien.

-¿¿Ah sí??

-Sí. ¡Creo! Creo que es a la derecha. No, o a la izquierda... Mamá, hay un cartel de “fíjate bien”. Fíjate bien mamá, un cartel de “fí-ja-te bien” para el cartel de “por aquí se va a casa" (aquí ya me aguanto la risa).

-Mamá, acuérdate, el cartel grande que está arriba hasta el cielo...

En fin, toda esta matraca mientras yo conducía, así, sin parar. Los niños son increíbles. Me alucinan sus razonamientos y su lógica. Su mente.

Y para terminar, le dice a su padre:

-Oye papá, y cuando mamá estaba sola perdida, y yo en casa de los abuelos, ¿tú dónde estabas? :-DD